Martes 09 de agosto 2022

Pototo, un personaje de la calle

Redacción Avances 24/08/2021 - 10.15.hs

A veces, muchas veces, sucede que a uno le pasa la ciudad sin observarla. Sin advertir sus cambios, sus contornos diferentes. Es como si uno se viera arrastrado por su crecimiento tumultuoso de ciudad nueva, como si alguien inmersa en ella no llegara a percibir que todo está cambiando, que pocas cosas se parecen a sus recuerdos más antiguos, como si esos edificios que se alzan hacia el cielo hubieran estado desde siempre allí, donde ahora están.

 

Algo está cambiando.

 

Pero hay ocasiones en que por cosas simples, muy simples, uno se detiene a mirar en derredor. Y entonces se asombra… Se sorprende de la gente que viene y que va, presurosa en sus hábitos bancarios; febril en su actividad de todas las mañanas. Con un ritmo que se nos antoja para otra urbe, y no para la nuestra… Al menos no para aquella que sigue vigente en nuestro espíritu detenido en el tiempo en que esa palabra «ciudad» nos quedaba un poco grande.

 

En aquellos tiempos en que todos nos conocíamos, aunque más no sea por referencias, por mentas al menos… Tiempos que son otros, que perduran en la mente por esa sensiblería particular del ser humano para recordar como mejores los años que pasaron. Quizás porque eran tiempos de pantalones cortos, y de días largos para meterse con todo en el picado del potrero, o para vagabundear en las siestas con el barullo propio de los chiquilines que supimos ser.  Con esa irresponsabilidad que hoy el formalismo de personas mayores no nos permite.

 

Inolvidables tiempos.

 

Tal vez por todo eso tendemos a pensar que todo tiempo pasado fue mejor… porque las exigencias de la adultez no existían, porque las responsabilidades de los mayores que íbamos a ser ni siquiera se asomaban… Otros tiempos.

 

Tiempos de chicos que no se olvidan… «Pototo, Meneca, La Pancha y Yacoy» solíamos repetir,  como si se tratara de la delantera de un equipo de fútbol famoso de la época… ¿Y quiénes eran? Cuatro personajes de un barrio pobre como el nuestro; personas que ni siquiera sabían que eran protagonistas de esa letanía; y a algunos de los cuales al pasar estigmatizábamos con nuestros gritos hirientes, buscando de ofuscarlos para que nos corrieran e insultaran, ante nuestra algarabía y nuestras risas… Cosas de chicos…

 

Tiempos en que esos personajes se conocían como parte de la cotidianeidad pueblerina. Como Patricio en Toay, como Tito Ninfus aquí… como tantos.

 

Yacoy murió ya hace muchos años… Meneca ahora nos resulta alguien difícil de recordar, y hasta nos cabe la duda de saber si sólo era un aditamento de aquel juego de chiquillos, o si realmente existió. La Pancha… por ahí anda todavía La Pancha arrastrando su locura preguntando por Yacoy.

 

El querible Pototo.

 

¿Y Pototo? Claro que sí, muchos lo conocen. Es ese de la foto, el mismo que usted veía todas las mañanas en el centro de la ciudad con su cajoncito de lustrar a cuestas; a veces extendiendo su mano para recibir una moneda… Pototo Masante. Así se llama este testigo de la ciudad «vieja», de cuando todos nos conocíamos, de cuando estos personajes eran conocidos de todos… Pototo, vestigio de otra Santa Rosa… ¿Cuántos años tendrá?, ¿setenta, ochenta?… quién lo sabe. Ni siquiera él, seguro.

 

Algunos con más memoria, dan más precisiones sobre él: «Pototo vendía caramelos y productos que le daba en consignación don Francisco Fondoso», recuerda alguien. Y no había fiesta popular o ceremonia donde se juntara gente que no estuviera Pototo para ofrecer su mercancía: vendía diarios, lustraba, repartía los programas del cine en esos tiempos casa por casa, cuentan.

 

Personaje de la calle.

 

Quién no lo conocía en Santa Rosa… fueron con Tito Ninfus los primeros empleados que tuvo don Nazario Camarero, y dormía en el altillo del que era el cine-teatro Español. «Era un tipo bueno, pícaro…», lo definen.

 

«Era un personaje de la calle», define otro. «Muchos se deben acordar cuando en el montencito de la laguna cazaba gorriones vivos -se ríe con ganas el narrador-, los pintaba de amarillo y salía a venderlos casa pro casa como canarios… La pasó mal Pototo el día que andaba vendiendo «canarios» y se largó a llover. Los pajaritos empezaron a desteñir… lo corrieron hasta debajo de la cama …», exageran.

 

Ahí está Pototo…

 

Hoy podemos ver a Pototo extendiendo su mano pidiendo una limosna… lejos de cuando se ganaba la vida de mil formas diferentes… sus ropas raídas, su pelo escaso y blanco, su gorra visera o su boina; y la increíble endeblez de su cuerpo magro… sus ojos perdidos, quizás buscando en su interior aquellos tiempos en que todos lo conocían y saludaban, mientras él contestaba con su particular «¡chau, hermanito!», aún sin saber quiénes eran los que pasaban a su lado.

 

La ciudad cambió. Y uno tal vez inmerso en ella, en su vorágine de urbe que va creciendo, tal vez no se da cuenta que es distinta.

 

Mil rostros diferentes, espacios modificados y distintos, desconocidos ahora, nos dicen de una Santa Rosa lejos de aquella simpleza pueblerina que alguna vez disfrutamos. Pero quizás sea así, que no nos damos cuenta…

 

Si al cabo, ahí está Pototo… como antes. Como siempre Como un personaje de la calle de aquella Santa Rosa.

 

Mario Vega

 

(Publicado 28 enero 1986)

 

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