La creación, a la repetición

Redacción Avances 17/10/2021 - 16.12.hs

Una historia donde la licantropía exuda los miedos y las esperanzas del ser humano, lo enfrenta al Homo homini lupus y a las instituciones, por medio del arte, de la creación de belleza.

 

Sergio De Matteo *

 

Hay autores y autoras que construyen un universo literario donde las diferentes publicaciones conforman una única obra. En cambio otros y otras escritoras exploran diferentes posibilidades creativas para explicarse el mundo y la vida. Recurren, en muchos casos, a todos los géneros, y en cada texto dejan implícita su experiencia.
H. Manuel Tedín (h) pertenece a esa prosapia. Cada uno de los libros que ha ido publicando es distinto al otro y, a su vez, está presente su impronta, la de un escritor ácido e incisivo, que va al hueso en los temas que trata y, por sobre todo, con una biblioteca universal que respalda cada uno de sus ejercicios intelectuales.
Estas palabras de “Lobo” (7 sellos), su obra reciente, refuerzan la idea: “Les he dicho una y mil veces, prefiero la creación a la repetición. La creación y la destrucción a la repetición” (p. 143).

 

Otros lobos.
“Lobo”, por la temática ajena a la pampeanidad, a la cultura lugareña, ya resalta su excentricidad, más allá de que forma parte no sólo de mitos, leyendas y de la literatura universal, que bien lo infiere Tedín: “Las historias y mitologías sobre los hombres lobos, sobre los licántropos, sobre los andrólicos, pueden llenar incontables álbumes, libros de historietas y páginas de diarios” (p. 139); sino que, además, cruza por otros discursos, desde la comedia, la política y el psicoanálisis. Licaón se destaca como Epitrofos, es decir, alguien que cuida, guardián.
Lo interesante y esto destaca la particularidad de esta obra, acuñada a modo de aforismos, a la que nos acostumbraron los filósofos griegos pero que ha tenido resignificaciones valiosas en los libros de Friedrich Nietzsche (Humano, demasiado humano), Ludwig Wittgenstein (Tractatus Logico-Philosophicus) o Emil Cioran (Del inconveniente de haber nacido), por ejemplo; es que los latinos han dado asidero, primero por medio de dos comediógrafos, a los términos Dios y Lobo, que, a través de la historia, servirán para definir la relación político-jurídica.
La primera alusión le corresponde a Caecilius Statius (220-168 a.C.), que sentencia: “homo homini deus est, si suum officium sciat” (el hombre es un dios para el hombre si conoce su deber); y la segunda es la de Titus Martius Plauto (254-184 a.C.), que dice: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” (lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando no sabe qué tal sea), que cita Tedín como acápite del libro.
Estas enunciaciones primigenias decantarán en obras que han marcado el debate político, jurídico y psicoanalítico del mundo, entre ellos, Thomas Hobbes, que rescata los máximas latinas y los vuelca en Sobre el ciudadano (1642), donde resalta “Por cierto que con verdad se han dicho estas dos cosas: que el hombre es Dios para el hombre, y que el hombre es un evidente lobo para el hombre. El primer dicho se aplica a las conductas de los conciudadanos; el segundo a la de los Estados entre sí”. También queda refractada en la historia del paciente de Sigmund Freud, Serguéi Pankéyev, que aparece en sus textos con el seudónimo de “el hombre de los lobos” (der Wolfsmann).

 

Nuestro lobo.
El libro nos cuenta la historia del abogado Rancière Pascal. El mismo volumen dialoga con otros volúmenes que, página a página, construye una genealogía de autores y citas que enmarcan la trama de la obra. Lobo no sólo es polifónico, por las voces que hablan y la interpelación al relato humano: “mi hablar es cacofónico cuando no aúllo” (p. 81), sino que también conlleva un ejercicio de contaminación lingüística importante, donde dialogan y yuxtaponen diversas lenguas (griego, latín, alemán, ruso, italiano, francés, inglés). Se alude a la música, a la pintura e, inclusive, se sopesan los géneros discursivos, comparando la poesía ajena, vinculada al amor, y la poesía propia. En una disputatio con la ciencia literaria (el campo intelectual con su simbología propia –mathema, taxia, grafema–, y legitimación de los pares), puede leerse: “Me quedo, entonces, en esos casos, con la Poesía” (p. 80).
Uno de los planteos más demoledores en cuanto a la exégesis del poder y su funcionamiento quizá sea la carnavalización por medio de la ironía. Tanto el sarcasmo como la mordacidad de Tedín tienen la precisión del bisturí: “Se sabe, lo filoso de la filosofía no es la ciencia de la que se predica epistemología sino las graciosas respuestas de sus pendencieros pensadores” (p. 73) o “Resucitado el espíritu de Sigmund F. un día de una Natividad cualquiera, me dijo: ‘Ya no hace falta escudriñar tanto por entre el ‘super-yop’ y ni quiero yo tanto. Basta visitar un ‘free-shop’” (p. 104).
Este Canis lupus, “metamorfosis de hombre a lobo a hombre” (p. 107), no se subordina a las reglas del relato cuando trastoca tiempos y espacios, además se convierte el mismo en el protagonista que demuele la distancia entre lo real y la ficción: “Lo de ‘caperuza roja’ es una metonimia” (p. 63), dialoga con “El último romántico, Herr Gustav M. (Mahler), a quien el destino también tocaba a su puerta con da-daes, me dijo una vez: ‘Puedes decirme que escuchas canciones de tres minutos y medio o cuatro minutos veinte de duración. Yo te escupiré una sinfonía en la cara’” (p. 121).
Con todos estos ejemplos se podría recrear una paradoja epocal, a sabiendas de que transcurre el siglo XXI, pues los indicios del avance de la tecnología proveen la concreción de la ruptura de la cuarta discontinuidad, cuando el hombre se combina con la máquina (Neuromante, Matrix), pero como contrapartida en esta pampa-pampeanidad irrumpe un licántropo. En ese sentido, surgen reminiscencias de la pentalogía de Underworld (2003), la serie de películas creadas por Danny McBride, Kevin Grevioux y Len Wiseman, donde William Korvinus es el primer hombre lobo.
Sin dudas Jorge Luis Borges se entusiasmaría con muchos pasajes, acorde a la admiración que tuvo por las kenningar, esas figuras retóricas que generan asombro en la poética noruega e islandesa. Un pasaje de Tedín refiere: “la guillotina ‘debe ser’ de plata. Metal místico representado por la luna en los tiempos de la alquimia, porque si es la luna la que ha de dar vida y despertar, es la misma luna, su mismo brillo metálico el que quitará la vida” (p. 140).
En Lobo “se deja pensar el tiempo y el espacio, por donde el pensar es otra dimensión, una recta (infinita)” (p. 72), que es coincidente con lo que planteara William Blake en el Matrimonio del cielo y el infierno (1790-1793): “Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito” (Visor, 2009). Así como se trata el tiempo y el espacio, también el amor, el sueño, la violencia; y hay una mirada sobre los diferentes discursos: música, pintura, literatura, filosofía, historia, ciencias y política. Un mapeo que cruza por lo individual y lo colectivo, por los diferentes dispositivos que rigen las relaciones humanas. Sin embargo, se destaca la introspección del ser, la auscultación de los comportamientos del hombre, Homo homini, Canis lupus, pues el ser humano siempre procura el bien para sí y los suyos, pero, a su vez, en cuanto a la vinculación con la Otredad, con lo extraño, es conflictiva; prima en muchas circunstancias la violencia. Esta matriz se traslada a la relación entre la institución y los hombres, a los Estados.
El hombre sería una amenaza cuando aparece un Otro desconocido, es decir, Homo homini lupus (‘el hombre es el lobo del hombre’ o ‘el hombre es un lobo para el hombre’), y como consecuencia defensiva propia de la especie, entonces el hombre no actúa como tal sino como lobo. Por lo tanto, Tedín/Pascal nos avisan que “los licántropos no morimos, sino que debemos ser muertos/matados” (p. 101), que deviene en que “la Judicatura dictaminó la severa condena a muerte del primer licántropo diagnosticado de la Provincia de La Pampa” (p. 147).
No obstante, más allá de la decisión de la institución, la historia sigue en pie , que se contará por los siglos de los siglos: “Todo tiene su lado de mito y su lado de saga. Todo es Historia y toda Historia quiere ser continuada” (p. 50). Lobo trasuda la literatura pampeana y universal, porque como bien se confiesa en la obra: “he convertido mi vida en arte, mi vida inmortal (…) mi arte de vivir, mi arte de ser artista, mi arte de ser lobo artista” (p. 140).

 

  • Colaborador

Palabras Preliminares

 

Permítanme presentarme. Mi nombre es Rancière Pascal. Tengo setenta y dos años. Soy abogado. Lo fui activamente hasta hace un par de años, luego de haber ejercido la profesión en forma independiente y, por breve tiempo, como Fiscal de la provincia de La Pampa. Pueden pensar en mí como el Abogado Pascal o como el Doctor Pascal. Fiscal Pascal es cacofónico. Cualquiera de las otras dos maneras me sienta bien.
He decidido retomar un viejo hábito, la escritura. No ya en escritos y expedientes, sino porque mi memoria, entre impetuosa y taciturna, exige que algunas cosas que he presenciado, no mueran cuando yo lo haga. Y los recuerdos que se atesoran en el corazón, mueren como éste, pero mucho antes.
La escritura de estos textos es una suerte de confesión. Una última confesión de una última voluntad de un hombre, abogado y moribundo. Cada cosa importante en su tiempo. De joven, abogado, de viejo, moribundo.
Con el acto de hoy, sólo seré escritor. Dejo la literatura para los académicos, quienes se raspan rígida pero amorosamente entre ellos con la esperanza de que la chispa de la creación se inicie sin talento. Sólo seré escritor porque, al fin, éste es mi mayor triunfo: ser quien –en definitiva– fui.
Este libro que tienen entre sus manos, es producto de ello.
Muchas historias se esconden en los polvos de las bibliotecas. Historias esas, pasadas. Muchas historias se esconden en los polvos de la calle y estas historias, presentes, merecen ser contadas de alguna de las maneras en que la ficción lo hace.
Soy abogado y, difícilmente, pueda escribir ficción creíble, ya que los abogados tenemos fama de mentir, incluso cuando escribimos ficción. Nadie podrá negar que, esto sí es cierto, a lo largo de mi profesión y mi función judicial, he recabado suficientes hechos, historias y polvos de vereda que gozarían de la estima de un mejor narrador. Como soy abogado, les contaré una historia, no como ficción, sino como realidad.
Lo que ustedes leerán a continuación no está basado en hechos reales. Muy por el contrario, son los hechos reales.
Una historia que merece ser contada es una historia que responda preguntas, preguntas ajenas o preguntas del propio texto. Si las respuestas a esas preguntas son otras preguntas, aún mejor. Si esta historia, entonces, merece ser contada, sólo se me ocurre una pregunta, una que no quiero responder.

 

' '

¿Querés recibir notificaciones de alertas?