Viernes 09 de diciembre 2022

El amor por la celeste y blanca

Redaccion Avances 14/11/2022 - 15.00.hs

El respeto que se tuvo por la bandera argentina y que se veía reflejado en las costumbres al cantar el Himno Nacional o al izarla en las escuelas, es un recuerdo que en algunos casos quedó muy lejano.

 

Juan Aldo Umazano *

 

El pueblo no pasaba los trescientos habitantes. La escuela estaba frente a la estación del ferrocarril. Terminado el turno tarde, formábamos filas frente al mástil, y dos alumnos, arriaban la bandera mientras el resto cantábamos el Himno Nacional con el director.

 

En ese entonces, el cereal cosechado se ponía en bolsas de arpillera y se despachaba en trenes cargueros hasta el puerto más cercano. Como los galpones estaban llenos, se lo estibaba al aire libre y la intemperie pudría las bolsas. Había que reembolsarlo y volverlo a estibar para hacerle espacio a la nueva cosecha.

 

Recuerdo cuando esos obreros escuchaban el Himno, se quitaban el sombrero de trapo y se ponían firme. Al que lo sorprendía en la mitad del burro -aquella escalera por donde el hombre subía con la bolsa al hombro para dársela al estibador- se detenía, y la dejaba parada a su lado.

 

A nosotros, que estábamos en fila, la bandera nos pedía silencio. Ese silencio contrastaba con el bullicio de los recreos. Ese silencio venía también de exalumnos hasta la actualidad; incluso podríamos retroceder muchas generaciones hasta llegar a su creador, el General Manuel Belgrano. Todo eso actuaba en nosotros cuando el director nos pedía silencio para arriar la bandera -y pedirles silencio a los chicos es interrumpirle la alegría del juego-. Seguro que esos bolseros que cantaban con nosotros, vivieron momentos como estos cuando niños.

 

Mirar desde la Escuela era una postal lejana con distintos planos y desniveles. Las voces nuestras llegaban a esos trabajadores como un susurro. Desde ellos, venían hacia nosotros con la misma potencia.

 

Todo esto transcurría en el año 1950. En las patentes de los vehículos, decía: “Centenario del Libertador General don José de San Martín”.

 

Desde entonces pasaron muchos años: aquellos bolseros ya no están, los alumnos serán abuelos o bisabuelos, si es que alguno vive. En esos tiempos, las revistas y los diarios nombraban la bandera no sólo cuando las fechas patrias, sino cuándo algún argentino obtenía el Premios Nobel, como en el caso de Bernardo A. Houssay, César Milstein, Carlos Saavedra Lama, y otros que subieron al peldaño más alto en su disciplina. En lo deportivo, con recordar a Pascual Pérez, a Manuel Fangio, o al Diego, suficiente. En tan grandes deportistas, la bandera va con ellos; flamea sola y sin viento: -¡Salió campeón del mundo! ¡Enarboló la azul y blanca!- decíamos.

 

La Bandera es una pieza de tela desde lo visual, como lo es el himno desde la música y la poesía. La bandera y el himno nos representan ante las otras naciones.

 

Hoy el liberalismo, hizo que las grandes empresas tengan su bandera: una manera de publicitar su mercadería y atomizar nuestro símbolo. Lo despatrian. No puede haber tantas banderas. Si andamos por cualquier ciudad o pueblo, siempre en los negocios flamea una con los colores del producto que vende. Supongamos; si vende yerba, dice; “Verde que te quiero verde”, “la mejor yerba”. Y el que no ha leído a García Lorca, ni se da cuenta que es un verso del granadino.

 

Siento que al utilizar tantas banderas, atenta contra nuestra celeste y blanca. El sentimiento de ser argentino está sobre todos los sentimientos. Aquellos bolseros, aquellos trabajadores, que se quitaban la gorra y se ponían firme, aquellos niños que cantaban el himno mientras la arriaban en el patio de una escuela, son el ejemplo más grande de pureza patriótica que la sociedad de consumo, hoy, nos quiere opacar.

 

* Actor, titiritero, escritor.

 

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