¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Sabado 25 de abril 2026

El Mito de la Belleza

Redaccion Avances 10/07/2022 - 06.00.hs

A treinta y dos años de la publicación de “El Mito de la Belleza” de Naomi Wolf, las opresiones estéticas continúan cercenado las posibilidades de existencias femeninas plenas.

 

Victoria Santesteban *

 

Opresión. “Durante la última década, las mujeres han irrumpido en la estructura del poder, al mismo tiempo, los trastornos en la alimentación han ido aumentando en progresión geométrica y la cirugía plástica se ha convertido en la especialidad médica de más rápido desarrollo”, reflexiona Wolf en las primeras páginas del libro “El Mito de la Belleza”. Los derechos conquistados se encuentran con novedosas formas de opresión dadas por exigencias estéticas, por lo que las generaciones contemporáneas de mujeres padecen presiones inexistentes en sus antepasadas (oprimidas con otros mecanismos): “tenemos más dinero, más campo de acción y más derechos legales que nunca, pero en cuánto nos sentimos respecto a nuestro cuerpo físico es muy posible que estemos en realidad peor que nuestras abuelas no liberadas”. Frente a la fachada de autorrealización, se engendran recónditos miedos a envejecer, subir de peso, perder el autocontrol… un odio contra nosotras mismas comienza a gestarse para envenenar la libertad de estreno. Wolf indaga que no es casual que gran parte de las mujeres padezcan avergonzadas de esta opresión estética: “No es casual que tantas mujeres con posibilidades de poder se sientan así. Estamos en medio de una violenta reacción contra el feminismo, que utiliza imágenes de belleza femenina como arma política para frenar el progreso de la mujer: es el mito de la belleza”.

 

Mito.

 

Wolf explica el mito de la belleza como mecanismo de contralor social: la belleza pretendidamente universal y objetiva, personificada en la existencia de las mujeres, y como aspiración de varones de poseer mujeres que la personifiquen. Bajo este entendimiento, la belleza femenina aparece como necesaria, y natural porque es sexual, biológica y evolutiva: la belleza de la mujer debe correlacionarse con su fertilidad. La autora desmaraña el cuento, y advierte que la belleza es un sistema monetario semejante al del patrón oro y aparece como mecanismo eficaz para mantener la dominación masculina. “El hecho de asignar valor a la mujer dentro de una jerarquía vertical y según pautas físicas impuestas por la cultura es una expresión de las relaciones de poder, según la cual las mujeres deben competir de forma antinatural por los recursos que los hombres se han otorgado a sí mismos”. Entonces, el mito de la belleza no tiene nada que ver con las mujeres, sino con los varones y su ejercicio de poder.

 

Belleza.

 

Esa “belleza debida” no refiere a características físicas, sino a conductas. Nos mantenemos vulnerables a la opinión ajena, dejando a la intemperie el amor propio. Y si bien Wolf advierte que este mito opera desde la Revolución Industrial, es actualmente que integra el arsenal moderno de dominación, a partir de la diseminación de millones de imágenes del ideal de belleza de moda. El bombardeo de imágenes funciona de muro de contención contra el aluvión de cambios conquistados en la esfera pública y política por las mujeres. Además, la industria cosmética, de cirugía estética, pornográfica y dietética encuentra consumidoras esclavizadas a partir del mito tan funcional al capitalismo. Así, la aspiración al ideal de belleza impuesto introduce un nuevo imperativo consumista a la vez que se insiste en el arquetipo de la feminista como una mujer “fea”.

 

Belleza profesional.

 

Wolf explica cómo el mito de la belleza opera laboralmente, como técnica que actúa durante sus horas de trabajo, una carga material capaz de absorber el exceso de energía y de disminuir la confianza en sí mismas. “La supermujer debió añadir en su agenda profesional un elaborado trabajo de belleza (…) así, las mujeres asumieron a la vez los papeles de amas de casa profesionales, ambiciosas profesionales y bellezas profesionales”. Estas exigencias de belleza profesionales son exigidas de forma abrumadora sobre las mujeres, y llegan a erigirse como requisitos de contratación, ascensos, acosos y despidos. Wolf da cuenta que el ascenso profesional de mujeres va acompañado de una reagudización de las exigencias estéticas, en tanto la belleza se alinea como característica de la mujer poderosa: Cuanto más se aproxima la mujer al poder,  mayor conciencia de su propio físico se exige. El requisito de belleza profesional influye psicológicamente sobre las mujeres, para devolver las bases de la explotación que las leyes de cupos han intentado saldar. “Los estragos del mito de la belleza nos destruyen físicamente y nos provocan un debilitamiento psicológico” explica Wolf, y en específico en el ámbito del trabajo importa una serie de mensajes que dan la sensación a las mujeres de valer menos que los varones –y así tener que esforzarse el doble– , o valer solamente por su aspecto.

 

Cultura.

 

En la cultura patriarcal, el mito de la belleza reduce a las mujeres a simples “bellezas”. Cuando las mujeres de estas culturas demuestran carácter, ya no son deseables, pero sí lo son, en cambio, si se muestran ingenuas e inocentes. “La cultura estereotipa a las mujeres para adaptarlas al mito, aplastando lo femenino hasta lograr la belleza sin inteligencia o la inteligencia sin belleza”. De esta forma, el mito de la belleza se extiende y refuerza con los ciclos de odio hacia sí mismas provocados por la publicidad, las fotografías, el contenido de las revistas de moda. A través de todo el producto cultural, se enseña a las mujeres desde muy pequeñas que las mejores cosas les suceden a las mujeres hermosas y así, las modelos de revistas aparecen como las heroínas. “Hoy una heroína debe ser bella todo el tiempo”. En contraposición, la imagen de las feministas se construye en las antípodas de esta belleza, y se las caracteriza hasta nuestros días como mujeres “demasiado repelentes para encontrar marido, que carecen por completo de cualquier atractivo personal”.

 

Sexualidad.

 

En la época en que las mujeres dan un contenido político a la femineidad, la cultura popular decidió que la sexualidad intimista y tierna era aburrida: la pornografía se encargó de exaltar cuerpos femeninos “perfectos” para supeditar el disfrute a esa corporalidad inalcanzable. A su vez, las imágenes pornográficas no sólo cosificaron esos cuerpos sino que la violencia sexual se vendió como erótica: “el sadomasoquismo afirma que a las mujeres les gusta que las fuercen y las violen y que la violencia sexual y la violación están de actualidad, son elegantes y hermosas”, analiza Wolf. No es casual este estallido violento desde la sexualidad en pleno auge feminista: “las imágenes que convierten a las mujeres en objetos o erotizan su degradación contribuyen a contrarrestar el reciente movimiento femenino hacia la autoafirmación”. En esta reproducción de la violencia, advierte la autora el peligro social que significa el amor y así el por qué de la insistencia cultural en su derrocamiento: “El amor podría significar una conmoción política radical (…) sería la destrucción de la civilización tal y como la conocemos hoy, es decir, de dominación masculina”.

 

Bellas.

 

Wolf de esta forma analiza el mito de la belleza transversalmente –en el trabajo, la religión, la sexualidad, la cultura– hasta convertirse en uno de los textos clásicos del feminismo contemporáneo que, treinta años después de su publicación mantiene triste vigencia. El mito de la belleza se ha instalado para continuar la dominación masculina histórica, a través de mecanismos sofisticados y perversos que reducen la existencia femenina a su acercamiento al ideal de belleza hegemónica, como panacea para la autorrealización. En 2012, veintidós años después de la publicación de “El Mito de la Belleza”, la socióloga venezolana Esther Pineda desarrolla el concepto de violencia estética, como un tipo de violencia de género ejercido a partir de la presión social con consecuencias físicas y psicológicas en las mujeres, fundamentada en el sexismo, la gerontofobia, el racismo y la gordofobia. Como Wolf, Pineda también ha focalizado en la industria pornográfica y su responsabilidad en fomentar la cultura de la violación, con imágenes cada vez más violentas sobre el cuerpo de las mujeres. De igual modo, la comunicadora francesa Mona Chollet en “Belleza Fatal” refiere a las exigencias “de belleza” desmesuradas hacia las mujeres, que coartan el disfrute pleno de las libertades conquistadas. Lecturas que invitan a desentendernos del mandato de belleza opresor que nos posterga el goce y la felicidad, a la vez que ensayan nuevas formas de liberación y de existencias plenas, despreocupadas por los años y los kilos.

 

* Abogada, Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles

 

'
'