Fe, cintas y promesas
Lejos de las multitudes de Corrientes, en la capital pampeana la devoción al santo popular Gauchito Gil se vive puertas adentro, entre santuarios hogareños, marcas en la piel y oraciones al costado de la ruta.
Luana Leonela Sotelo * / Andrea Marina D’Atri **
Cualquier viajero o vecino que recorra la Ruta Nacional Nº 35 o las avenidas perimetrales de Santa Rosa habrá notado las cintas rojas flameando al viento, atadas a las ramas de los caldenes o en pequeñas ermitas de lata. Es la marca inconfundible de Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito Gil. Sin embargo, más allá de los altares ruteros, ¿cómo se vive, se siente y se resignifica esta fe popular en el corazón de La Pampa?
La historia que viaja de boca en boca habla de un peón rural correntino del siglo XIX que desertó del ejército tras una revelación divina para no derramar sangre de sus hermanos, se transformó en un rebelde del campo protegiendo a los humillados y, al momento de ser ejecutado, obró su primer milagro salvando al hijo de su propio verdugo. De aquella muerte en Mercedes nació un mito que cruzó fronteras provinciales hasta asentarse firmemente en la capital pampeana.
En Santa Rosa, el primer contacto con el Gauchito Gil raras veces ocurre a través de una catequesis o una institución formal; nace en la calidez del hogar.
Es una creencia que se hereda de abuelos a nietos, de padres a hijos, o que irrumpe tras atravesar una situación límite de salud o trabajo. “Yo lo conocí desde muy chica por mi abuelo... él fue el que me hizo creer en el Gauchito”, relata una joven devota santarroseña. Así, la fe opera como una socialización afectiva donde la palabra empeñada y la memoria familiar valen más que cualquier dogma escrito.
Un santo sin sotana.
Aunque la Iglesia Católica no reconoce oficialmente al Gauchito Gil en su santoral, para sus seguidores en Santa Rosa este detalle resulta menor. Los creyentes no buscan la validación eclesiástica ni perciben una contradicción entre profesar el catolicismo y encenderle una vela roja a su “santo”. En los altares domésticos santarroseños es habitual ver la imagen del Gauchito compartiendo espacio en perfecta armonía con santitos o vírgenes del catolicismo tradicional.
Los devotos se relacionan con el Gauchito Gil desde una cercanía casi fraternal. Es decir, no se le percibe como una figura distante, sino como un amigo, un par energético o un protector frente a las adversidades de la vida.
“No es un santo, pero para mí es como si lo fuera”, afirma una vecina, sintetizando una lógica mediante la cual la santidad no la otorga un decreto, sino la eficacia simbólica del milagro concedido y la respuesta atenta ante el dolor humano.
¿Quién fue Antonio Gil?
Antonio Mamerto Gil Núñez nació a mediados del siglo XIX en la zona rural de Mercedes (Corrientes). La tradición oral lo recuerda como un peón de campo noble y diestro, cuya vida quedó marcada por los conflictos políticos provinciales. Tras luchar en la Guerra de la Triple Alianza, fue reclutado para las guerras civiles locales. Sin embargo, negándose a combatir entre hermanos, decidió desertar y refugiarse en el monte.
Perseguido por la justicia, pero querido por los peones, Gil actuó como un protector de los desamparados, repartiendo entre los necesitados lo que obtenía. El 8 de enero de 1878 fue capturado y degollado. Antes de ser ejecutado, advirtió a su verdugo que al llegar a su casa encontraría a su hijo agonizando, pero que, si rezaba por él en su nombre, el niño sanaría. Al confirmarse la profecía, el propio verdugo le dio sepultura y construyó la primera cruz en su honor, encendiendo la devoción popular que trascendería generaciones.
La devoción pampeana.
Existe un claro contraste entre la fiesta masiva, bailable y colectiva que cada 8 de enero paraliza a la localidad correntina de Mercedes y la forma en que el santarroseño expresa su devoción. Por eso, se puede decir que en La Pampa la fe adopta un tono íntimo, reservado y sobrio.
“Acá somos personas aisladas que creemos; la fe es más de entrecasa”, reflexiona una devota local. Sin embargo, esa tranquilidad no implica ausencia de fervor. Las rutas perimetrales de Santa Rosa -como la Ruta 35 o la Avenida Perón- actúan como verdaderos mapas sagrados. El toque de bocina al pasar frente a un santuario, la pequeña parada para dejar una vela o atar una cinta roja, así como dejar otros objetos tales como botellas, carteles, convierten al camino cotidiano en un espacio de contemplación espiritual.
Incluso cuando los santuarios ruteros se ven vacíos en apariencia, están habitados por las huellas de la fe: restos de cera derretida, juguetes depositados por niños curados, paquetes de cigarrillos o botellas que dan cuenta de un flujo constante de caminantes que han dejado allí sus agradecimientos.
Resistencia.
A pesar de su enorme arraigo popular, la devoción al Gauchito Gil arrastra en ciertos sectores prejuicios o estigmatizaciones que la vinculan erróneamente con la delincuencia o la marginalidad. “Lo ven como un bicho raro porque muchos presos lo tienen tatuado”, lamenta uno de los devotos entrevistados.
Frente a estos discursos, la comunidad de creyentes contrapone valores esenciales de la figura del Gaucho: la solidaridad con los desamparados, la búsqueda de justicia, la protección familiar y la cultura del trabajo. La fe funciona, así, como un refugio de dignidad y resistencia simbólica donde los sectores populares reafirman su identidad y encuentran contención emocional.
Tejer comunidad.
La riqueza de esta devoción reside en las biografías singulares que la alimentan. Desde el joven de 29 años que reafirmó su fe tras superar un problema de salud y lleva al gaucho en su piel, pasando por la abuela que mantiene encendido el altar que dejó su difunto marido como un legado afectivo intergeneracional, hasta familias enteras que colaboraron en la construcción de santuarios en la ciudad.
Se trata de una comunidad devocional “imaginada” y viva: no tiene carnets de afiliados, sedes formales ni jerarquías, pero une a los y las santarroseños bajo un mismo código de afecto, fe y gratitud compartida.
Un santo inscrito en el cuerpo
La devoción al Gauchito Gil se sostiene en una estricta y noble lógica de reciprocidad: el devoto pide amparo o salud y, a cambio, promete una ofrenda que debe cumplir rigurosamente al recibir el favor.
En los santuarios de Santa Rosa las ofrendas van desde cigarrillos encendidos, botellas de vino y estampitas, hasta objetos marcados por una profunda carga emotiva. Una entrevistada recuerda cómo su esposo, tras recuperarse de un grave cuadro de salud, llevó al santuario el reloj que le habían otorgado al cumplir 25 años de servicio en su trabajo.
En otros casos, la promesa se graba directamente en la propia piel. Los tatuajes con la figura del gaucho y la cruz roja representan marcas imborrables que sellan un antes y un después en la vida del creyente, transformando el cuerpo en un altar portátil de gratitud y, al mismo tiempo, de trasposición con quien señala el camino al creyente.
Lo sagrado y lo popular
La comprensión de las devociones populares -como la del Gauchito Gil en Santa Rosa- exige un abordaje desde la sociología y antropología de la religión que descentre la mirada de las instituciones eclesiásticas oficiales. En esta línea, autores pioneros como Hugo Ratier y analistas contemporáneos como María Julia Carozzi y Aldo Ameigeiras permiten encuadrar el culto a los santos no laicos no como una expresión supersticiosa o “degradada”, sino como una producción de sentido autónoma. Para Carozzi y Ameigeiras, la santidad popular se legitima mediante la eficacia simbólica del milagro y la contención afectiva ante la vulnerabilidad, conviviendo con el catolicismo tradicional sin subordinación dogmática.
Asimismo, la devoción se estructura sobre lo que Marcel Mauss definió en su clásico “Ensayo sobre el don” como la lógica de reciprocidad: el sistema de dar, recibir y devolver que rige las promesas, ofrendas y exvotos. Esta relación intersubjetiva se materializa, siguiendo a David Le Breton, en el propio cuerpo del creyente, donde marcas indelebles como los tatuajes funcionan como inscripciones biográficas que convierten la piel en un altar portátil de gratitud.
Por otra parte, la apropiación de los márgenes viales del Gauchito Gil en Santa Rosa (la Ruta 35 o la Avenida Perón) evoca la perspectiva de Mircea Eliade sobre la sacralización del espacio profano, donde la ermita rutera es una “hierofanía” cotidiana. Una hierofanía es, en palabras simples, la manifestación de lo sagrado en las cosas cotidianas. El término fue creado por el estudioso de las religiones Eliade para explicar cómo un objeto, un árbol o un rincón común del mundo puede transformarse de pronto en un punto de contacto con lo divino. Lo fascinante de este fenómeno es que el objeto no cambia por fuera -un árbol sigue siendo un árbol o una piedra sigue siendo una piedra-, pero para quien cree, ese lugar se vuelve especial y se carga de un sentido espiritual. Un ejemplo muy claro ocurre cuando alguien coloca una ermita o ata una cinta roja al costado de una ruta: en ese instante, un tramo cualquiera del camino deja de ser un simple pedazo de asfalto y se convierte en un espacio sagrado, donde la gente se detiene a rezar, agradecer o pedir protección.
Finalmente, frente a los procesos de estigmatización que analizó Howard Becker, la fe popular actúa como un refugio de dignidad y resistencia simbólica, a través de las cuales los creyentes reafirman sus valores frente a los discursos hegemónicos.
(Nota: Este artículo se basa en una investigación que incluyó entrevistas en profundidad a devotos residentes en Santa Rosa y observaciones en santuarios ruteros realizadas entre 2025 y enero de 2026. Es el resultado de la tesis de grado de la Licenciatura en Comunicación Social de Luana L. Sotelo, bajo la dirección de Andrea M. D’Atri)
*Licenciada en Comunicación (FCH-UNLPam)
** Doctora en Ciencias Sociales (FCH-UNLPam)
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