La antigua guía de correos postales
En 1975 se lanzó una guía de correos postales con la intención de que cada lugar, pueblo o ciudad contara con un número que lo identificara. Hasta el momento, mucha correspondencia se perdía en el camino.
Liliana Fredes *
Walter Cazenave **
En 1975 la Empresa Nacional de Correos y Telecomunicaciones dio a conocer una novedad singular en su actividad: el lanzamiento de una guía de correos y/o estafetas postales. En ella se adjudicaba un número a cada lugar, según regiones o provincias a las que pertenecían. La novedad pretendía dar un orden más seguro a la correspondencia, en la que no eran infrecuentes destinos mal escritos o inexistentes. En la presentación del impreso se indicaba que la codificación consistía en “adjudicar un número a cada localidad del país para reconocerla con facilidad”, como una solución práctica a algunos de los problemas de correspondencia. La experiencia, destacaba, “fue realizada con éxito en varios países del mundo”.
Lo controvertible del párrafo es la palabra “localidad”; “lugar o pueblo”, dice el diccionario de la Academia, en la acepción que más se adaptaría a la publicación, pero va de suyo que esa condición abarcaría muchísimos lugares, más porque no discrimina si se trata de poblados, establecimientos rurales, accidentes geográficos o simples topónimos.
Las guías impresas eran en aquellos años de casi inexistente virtualidad en las comunicaciones, elementos de mucha utilidad para la ubicación de lugares o personas, reemplazadas posteriormente por las computadoras; vaya como ejemplo de lo dicho la falta de presencia en la actualidad, especialmente en lo que hace a las telefónicas que, obligan a acudir a Internet, sin seguridad de que figuren allí la persona o entidad buscados.
No ha sido posible conocer la fuente en que se basó la nómina de estafetas (el libro no las consigna) pero es presumible que, en cuanto nombres, no sería raro que junto a la desinformación en cuanto a la vigencia de algunos, estuvieran también otros que respondían a intereses políticos del momento.
Nuestra provincia, aparece ubicada en las regiones 6 y 8 según la codificación regional de la obra (o sea parte en Patagonia y parte en la Región Central). La edición sorprende y permite algunas inferencias a la mención de lugares casi olvidados o ya inexistentes en sus nombres que figuran, en el mejor de los casos como topónimos –a veces con deturpaciones en su denominación– o vigentes solamente en la memoria de pobladores.
Nombres peculiares.
Abundan los casos peculiares, como podría ser la larga lista de nombres extraídos del santoral y –suponemos– aplicados a los lugares según las tradiciones y cultura de sus ocupantes, caso frecuente en lo relativo a las colonias. Otras denominaciones, la mayoría, hacen a las peculiaridades del lugar, ya sean estas topográficas, legendarias, idiomáticas, paisajísticas… Asimismo resulta peculiar que en un tiempo de cultura particularmente machista, como lo fue aquel en el que surgió la mayoría de la toponimia cristiana, abunden los nombres femeninos para la designación de lugares, especialmente establecimientos rurales.
Los autores de esta nota admiten que muchos de los topónimos fueron inubicables dentro del nivel cartográfico que se maneja habitualmente. Algunos ejemplos: Oficial Enrique Segura; Nienke; Nahuel Mapú; Marí Marí; Lomas Ombú; Los Turcos; Sabinas; Tres Botones; El Boquerón; El Escabel; El Rubí; Juzgado Viejo; Labal; La Chirlandia; La France; La Limpia; La Olla; La Puñalada; La Reforma Vieja; La sin Nombre; La Sota; La Suerte; La Torera; Lindo Ver; Los Pirineos; Pichi Coná Lauquén; Ruca Hue; Sol de Mayo; Pueblo Aiassa, Apeadero km 619; Trubulussi…
Vale la pena consignar que es muy posible que algunos de estos nombres existan todavía como lugares activos, por más que escapen a nuestra ubicación y conocimiento, pero resulta muy difícil que mantengan su condición de localidad o estafeta, máxime cuando los vínculos entre sitios rurales y poblados, donde funcionan, sí, los correos, se han incrementado.
Llaman la atención tanto por el pintoresquismo que significan como por la significación que refieren más o menos claramente, caso de Guadalosa, Gervasio Ortiz de Rosas, Guaracó, Hipólito Irigoyen, Ipiña, Labal, Loma del Ombú…
Del pasado indígena.
También resultan sugerentes los nombres indígenas, algunos de ellos hoy convertidos en meros geónimos, a veces ni registrados por la toponimia. Algunos ejemplos de lo dicho podrían ser La Chirlandia, el significado de cuyo nombre no se ha podido determinar, aunque, curiosamente, figura en la referencia de Internet que expresa “La ciudad de La Chirlandia se encuentra en la provincia de La Pampa y tiene un código postal asignado por la oficina del Correo Argentino”. Obviamente el dato exagera mucho la condición del lugar. La web señala nada menos que siete lugares homónimos, que inicialmente sitúa en el Departamento Utracán.
Es curioso que en uno de los lugares cercanos a La Chirlandia se ubica Chanilao, actualmente Ojeda, lugar donde en muy lejanos años estuviera Jorge Luis Borges y que recuerda en uno de sus poemas. Cabe consignar que antes de esa denominación el lugar era reconocido como Chanilao, nombre del gaucho cordobés aquerenciado entre los indios y mencionado por Lucio Mansilla en su Excursión a los indios ranqueles…
Acaso con algo de audacia imaginativa inducida por esta sugestiva toponimia, a grandes rasgos podría esbozase el devenir histórico de la región. En primer lugar había que considerar los nombres en lengua mapuche Nahuel Mapú; Marí Marí; Manquel Huitrú; Pichi Coná Lauquén; Ruca Hue; Quethre Huitrú, Caleu Caleu, Chanilao y acaso algunos posiblemente tehuelches: Labal, Nienke, Puelén… que hablan a las claras de los primeros pobladores y área de distribución, junto con su percepción del paisaje.
La etapa de ocupación militar del territorio pampeano se ve reflejada en los nombres de Fortín Uno, El Centinela, China Muerta, La Cautiva, Potrillo Oscuro… y también las que se relacionan con grados y denominaciones militares, muchos de ellos nombrados de ocasión y no siempre acreedores al mérito que se les otorgaba. Así Ataliva Roca, General Pico, Coronel Hilario Lagos, General Acha, (general) Victorica … Lo mismo podría decirse de los civiles: algunos pioneros y adelantados pero otros meros comerciantes, o sus parientes, que hacían negocios trasformando en colonias –que consistían en chacras alquiladas y mejoradas por los inquilinos– las tierras que habían adquirido previas a la llamada Campaña del Desierto, o bien trasmitidas como herencia a sus descendientes: Bernasconi, Miguel Riglos, Santa Rosa, Inés y Carlota, Dorila, Cotita, Tomás de Achorena, Luis Castex…
Reflejo de la ocupación.
Profundizando algo más algunos nombres sugieren la etapa de ocupación de La Pampa y los diversos orígenes de los primeros inmigrantes, Los Turcos, La France, Los Pirineos, Euzkadi, La Torera, Dos Naciones, La Vizcaína, Ipiña, El Bélgico, La Vasconia, La Bilbaína a la par la condición de tierra brava, con numerosos hechos policiales, caso de La Puñalada... Al final el establecimiento afianzado de las generaciones más recientes: Chacu, Pueblo Alassa; Lomas Ombú; Sabinas; El Boquerón (nombre incomprensible éste, salvo que aludiera a un riego); El Escabel; El Rubí; La Chirlandia; La Limpia; La Olla; La Reforma Vieja; La sin Nombre; La Sota; La Suerte; Lindo Ver; Sol de Mayo; Trubulussi… Julian Mansilla, Oficial Enrique Segura, Juzgado Viejo, Tres Botones y hasta la insólita Pomona.
Se reitera que algunos de estos nombres tienen vigencia todavía a nivel local mientras que otros apenas si habitan las tradiciones y leyendas en la memoria de antiguos pobladores. Ejemplos de lo dicho podrían ser El Tordillo (cambiado después a Simpson) o el hermoso y elocuente topónimo Aguas Buenas, reemplazado por el poco representativo de Coronel Hilario Lagos.
Ausencia del agua.
También conviene destacar un rasgo netamente pampeano, que no deja de ser doloroso: la falta casi absoluta de números postales que correspondan a poblaciones y parajes que se relacionen con agua y pertenezcan íntegramente al territorio pampeano. Ríos y arroyos fundamentalmente (el Colorado es un curso interprovincial), esto aunque en la toponimia original ya aparecen claramente referidos en idioma indígena: a través de prefijos y sufijos como renan, leufú, co, lauquén…
Sí constan referencias y sus correspondientes topónimos que aluden claramente al agua fluvial pero que, ante su ausencia por apropiación de las provincias arribeñas, aparecen como incongruentes: Paso de los Puntanos, Paso de La Razón, Paso de la Balsa, Las Islas… todos localizados en la zona de los ríos Atuel-Chadileuvú. También son sugerentes Costa del Salado y Colón Leufú, nombre este último que pareciera aunar el accidente geográfico fluvial junto con el del cerro, tan poco conocido.
El eventual lector de esta nota no debe pensar que la misma agote el tema. Apunta a destacar una circunstancia curiosa (como curiosos son muchos de sus contenidos, que debe haber demandado un esfuerzo considerable pero con metas equivocadas en cuanto a la mayoría de sus objetivos. Desde luego que cualquier aporte o ejemplo a los conceptos que implica es bienvenida.
* Recopiladora
** Colaborador - redactor
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