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Domingo 19 de abril 2026

La canción como un camino

Por Redacción 19/04/2026 - 06.00.hs

En estas páginas el autor reseña la canción escrita por Atahualpa Yupanqui a Eleuterio Galván, un fiel obrero de la zafra tucumana. Si existió realmente o no, no se sabe, aunque representa a todos esos zafreros de la caña de azúcar.

 

Ernesto del Viso *

 

La canción siempre nos invita a transitar un camino, hacia su conocimiento y entendimiento. Esa senda suele ser ripiada, profusa en metáforas inexpugnables. Otra, un camino mejorado, alisado por versos humildes y sencillos: diafanidad de amanecer azul, que nos la entrega clara y asequible.

 

Según la rima provenga del pueblo o de una intelectualidad exacerbada, la canción llegará más directa al corazón del hombre que la empezará a rumbear en trazo firme y seguro, a ese mensaje musicalizado.

 

Canción como luna clara y llena en el Valle o en la Pampa; extendida con esa plata segura de luz que llega al centro de todos nuestros sentidos; nos arrima sin laberíntica estructura un decir del campo, un guiño citadino o todas esas cosas que nos suceden y el poeta lo manifiesta por nosotros.

 

La canción interroga bajo la piel de la duda. Escarba en los desiertos, el mineral de los sueños, en socavones de oscuridad que merecen ser revelados: la canción cual rabdomante de coplas antiguas o nuevas en posibles manantiales cancioneros.

 

Si yo le pregunto al mundo…”

 

A mediados de los años 60’ del siglo pasado y cuando no Yupanqui y su esposa entre nosotros, inquirían, preguntaban sobre la vida, los hombres habitantes del planeta, a través de la canción, fiel herramienta para el poeta y el músico. Lo hacían tratando que la madrugada les entregara un “rayito de luz” a su existencia y derrotar la noche que a veces se presenta de sombras y ocultamiento.

 

 

y paso las madrugadas

 

buscando un rayo de luz,

 

¿por qué la noche es tan larga?

 

guitarra dímelo tu”

 

 

Con alto respeto dirigen el enigma al madero musical, creyendo que ella, la guitarra, en algún instante brindará la réplica y lo hará sin duda, en canción meditada y fortalecida en conocimiento y prudencia.

 

Mucha de la poesía yupanquiana, tiene alto contenido filosófico y entonces allí la canción, puede ser un brevísimo tratado de reflexión doctrinaria embellecido y atento con una melodía también dotada y forjada del alto raciocinio y pureza. Los ejemplos allí están: “Guitarra dímelo tú”, “La tarde”, “A qué le llaman distancia”, “Baguala del sembrador”, y aquella memorable “A la noche la hizo Dios”, esa noche donde el alma se desnuda en iniciática paridora de luz de albas, esa noche que no siempre es trance de soledad, oscuridad y miedos que como lobos aúllan futuros desgarradores, no siempre es así, y Yupanqui lo dice :

 

 

A la noche la hizo Dios,

 

para que el hombre la gane,

 

transitando por un mundo

 

como si fuera una calle”

 

 

Y lo que primero fue un poema de don Ata, llegó Oscar Valles y al musicalizarlo le acreditó su íntimo valor de canción, que solo ha cantado Carlos Lastra, de Los Quilla Huasi, pues Yupanqui solo lo recitó en uno de sus discos de 1966.

 

Hasta aquí, solo ejemplo de una literatura enancada a melopeas de tono popular, que consagran un camino extendido hacia la entraña de partículas cósmicas, bien de tierra adentro y sentido lírico del pueblo.

 

Allí lo misterioso no es reducto restricto a los grupos de élite que soborna autoridades y mandatos de poder exagerado; se desdibuja y desaparece para ser el sentimiento identitario del que transita por sendas claras, sin atisbos de reflejos espurios, insolentes y humillantes.

 

Eleuterio Galván.

 

Bien lo escribió el sacerdote Fernando Boasso, en su libro “Atahualpa Yupanqui. Hombre Misterio”, (Ed. Guadalupe - 1983) “Memoria henchida de austeras imágenes de hombres y mujeres, densos de tiempo antiguo y de sabor de tierra, amasado con historias y experiencias de siglo” (pág. 14). Así desplegó su creación Yupanqui, sin inventar nada, todo se lo dictaba a su paso la Pampa, el Litoral, la Montaña, la Selva y sus habitantes. Entre tantos y tantas humanidades, se le quedó prendido la tucumanía de sus pobladores y de aquel cañero: Eleuterio Galván y lo poetizó y cantó.

 

A esta altura del partido, diría mi madre, no sé si Eleuterio Galván existió o si es un arquetipo del peón del cañaveral. Tal vez sea un verdadero nombre y apellido o el que utilizó Yupanqui para retratar a esos fieles obreros de la zafra tucumana, que cierta vez el poeta, en sus largos años de andanzas por esa provincia, haya conocido.

 

Hay y han existido muchos Eleuterio, de pata en el suelo, trabajando en el surco sureño del trigo, en el blanco oro del algodonal por el Chaco o en la Tarefa de los yerbatales misioneros.

 

Otro Eleuterio, lleva el apellido de Sosa, de Corrientes que cruzó el Paraná para hachar en el monte chaqueño y peleó a la naturaleza y al mal pago, como tantos. Nombre de fantasía elegido por Luis Landriscina, para retratar a este jornalero que con dos manos por norte, construye día a día su destino, su camino. Aún existen muchos Eleuterio Sosa por aquellas comarcas.

 

Era una vida sencilla…”

 

Así parece que fue el andar por este mundo, la andada de Eleuterio Galván. Se asoma cada mañana al patio de su casa y relincha el sudor, que en el día desatará el machete que derriba el tallo que contiene dulzor futuro en la mesa del país.

 

Salobre siembra, ese instrumento, sobre los surcos de una piel ajada por los tiempos del laboro y a la intemperie, ante un solazo que ilumina el día tucumano. El otoño y el invierno lo acompaña todos los años. A veces lo “madruga” una lluvia un tanto intempestiva, que aparece y desaparece, sin darle tiempo al jornalero a guarecerse.

 

La humildad es toda su valía “…tan pobre como el que más…”. Su equipaje rico de necesidades, sellado a golpe de podadera y del poder de turno que lo mira de soslayo cuando no lo invisibiliza.

 

“Tenía un rancho chiquitito…” así era la guarida para él, su mujer, esa patrona hacendosa que inventa la jornada y la olla, la misma que el poeta olvidó su nombre o no le oyó. Acompañan la techumbre, dos hijos. Todo es lumbre de sencillez y abrigo paisano, hachero o cañero.

 

Cuántas ausencias de casa tendría ese “rancho chiquitito”, moldeado airadamente, con solo la luz de crear alguito para morar y existir cerca del área de trabajo de Eleuterio Galván: el cañaveral.

 

Poco indaga la milonga de Yupanqui en materia de sueños; uno se pregunta: ¿Qué sueños tendría Galván? ¿O el soñar era solo una estrella pequeña que infiere Atahualpa?

 

¿Tenía ganas de robarle alguno gustito a buen pasar, a ese viento que siempre va de paso y le ventea el dolor del vano sacrificio de ese trabajo que a su vez lo honra y glorifica? “Las cosas no se emparejan / cuando es duro el trajinar”…

 

 

¿Esta milonga lo rescata del olvido y su estrechez a don Galván? Seguramente que no, pero si deja de testimonio la indigencia decretada a fuerza de ilegalidad con que el capitalismo impone, cuando de intereses mayores se trata.

 

En fin, preguntas que derraman en uno, un horizonte de escasa estrella y lunitas de despojo sin fin.

 

 

Era una estrella pequeña…”

 

Acotada su esperanza -una estrella pequeña- dice Yupanqui, la de tener tan solo un caballo que lo paseara por el pago, por ese territorio de su vida o para trabajar. El caballo, esa vital prolongación del hombre de campo, capaz de inaugurarle infinitos senderos (propuesta de Eliana F. Abdala).

 

Esa concepción del caballero de un pampeano solar a campo abierto o del cañero, viene con él, en su esencia, en su código genético y en algún momento, de lo transitado. Surge como pequeño sueño, como necesidad, nunca como lujo para mostrar en galería, ni para tampoco ufanarse de poseer suntuosidades. Ese columbrar que puede aparecer como pequeño, ante la ocasional desmesura del citadino, en materia de ambiciones e intereses, es todo un reflejo de su condición humana.

 

Lo que, si da certeza el poema, es que al caballo: nunca lo pudo tener.

 

Galván debe haber marchado pal’silencio, mucho antes de 1973, en que Yupanqui graba esta milonga. Lo hizo en silencio, casi anónimo, imperceptible para los ciudadanos del mundo, salvo para esos “muchos que fueron al velorio cuando se murió Galván”.

 

El Silencio, inquietud permanente de don Ata, lo trae a la figuración de Eleuterio.

 

La parquedad distingue a nuestro paisano; el hombre de campo se reencuentra, se refleja para adentro y ofrece su comunicarse de esta manera, que para nada debe ser mirada como inhóspita, cuasi desértica. Es su signo, su representación, su sospecha sobre la realidad y su contexto.

 

El vino por más dudoso que fuera, no desataba sus sonidos internos, tampoco los aplacaba. Sin tanto ruido, casi imperceptiblemente, les platicaba, les entregaba un rumor cautivo de silencio; pero el cañero encendía fogones de muchos seres.

 

Quien no reclina su alma en las apagadas armonías del sigilo, se le dificulta entenderlo. Casi nunca lo alcanza a apreciar y mucho menos a tenerlo dentro de sí.

 

Es otra forma de hablar: “…cuando en silencio estaba / es cuando hablaba más.”

 

 

Cosmogonía Galvaniana.

 

Qué universo el de Eleuterio Galván, más allá del cotidiano zafrear, rumbear para el azúcar guardado y entregarla a otras fuerzas después, a otras manos que ni la rozan, pero que les acerca ganancias: dinerería. “Doblando el lomo / para que otros doblen los bienes”, dice José Larralde, que alguna vez también grabó esta milonga de Yupanqui.

 

Territorio de escasez, de estrecha esperanza, pero de un desmesurado paisaje verde que otorga vida y alumbra cada día una jornada nueva que crea íntimas cavilaciones en ese obrero de la zafra, soledoso en su andar y por toda sonoridad la de su machete cuando roza y desbroza la caña de azúcar.

 

Giros de sus manos que en vertical postura agita hacia la tierra su instrumento filoso, segador hacia la afabilidad del vegetal, que entrega su ciclo fenecido en la naturaleza, para trocarse en dulzor profundo. “Verde cañita de azúcar/que dulce es, que dulce es,/pero al final de la zafra se vuelve hiel”.

 

¿Habrá cantos o cantadas en el firmamento de Galván?, no lo sabremos nunca; seguramente en sus alforjas de puro sentimiento, se guarezcan los sones de un pronunciamiento que el corazón agita en la pobreza o en la hondura de su habitación familiar. Pecho adentro queda el barro celebrando melopeas que no se externan, torneando las vasijas sonoras, resonadoras de su espíritu.

 

Pero en ese universo, plenario de dudas y certezas, el sueño, aunque sea chiquitito o inalcanzable como el de Eleuterio, siempre está presente, seguramente en forma muy secreta, austera, pero el que ningún trapiche molerá.

 

* Músico

 

 

Eleuterio Galván

 

(Atahualpa Yupanqui)

 

 

Era una vida sencilla

 

la de Eleuterio Galván,

 

hombre ni joven ni viejo

 

tan pobre como el que más,

 

con dos hijos en las casas

 

y otro perdido por ahí.

 

 

Tenía un rancho chiquitito,

 

cerca del cañaveral,

 

bebía un vino dudoso

 

que lo ayudaba a prosear

 

lo demás era silencio

 

y era cuando hablaba más.

 

 

Las cosas no se emparejan

 

cuando es duro el trajinar

 

era una estrella pequeña

 

la esperanza de Galván:

 

soñaba con un caballo…

 

¡nunca lo pudo comprar!

 

 

Varios fueron al velorio

 

cuando se murió Galván,

 

pion de surco con un rancho

 

cerca del cañaveral,

 

hombre ni joven ni viejo,

 

tan pobre como el que más

 

con dos hijos en las casas

 

y uno perdido por ahí.

 

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