La canción: memoria abierta
Lo que a continuación les comentaré hoy, es un adelanto de un pretencioso ensayo sobre la canción, en sus distintos aspectos de funcionalidad, que a mi parecer cumple ella como expresión popular.
Ernesto del Viso *
Ensayando la canción abordará los distintos aspectos a los que sirve: como revelación, como relevamiento geográfico diverso, como un camino que nos guía hacia el conocimiento de ciertas cosas o personas, como discurso identitario y también como “Memoria Abierta”.
“Con su memoria abierta la tempestad de bandera firme del que se fue…” (Juan Falú - al negro Suca).
Tomo parte de esta manifestación, de una obra de Juan Falú, dedicada a uno de sus amigos de la juventud, donde cita a “la Memoria Abierta”. Y ello me dispara una serie de reflexiones, alguna idea también.
Cuánto resguardo ofrece una canción dispuesta y fundada, como “Memoria Abierta”.
Abanderada en el recuerdo no superfluo ni banal, azota todo viento de olvidos. Es un “contra-temporal”, en aras de un bienestar de memoraciones y celebraciones.
Algunos hombres del campo reducen al olvido, para cercarlos y postergarlo en la finitud; ellos se muestran ante el poeta que desea retratarlos.
Manuel José Castilla, de Salta (Argentina), organizó sus coplas, sus versos, la esencia de su poesía, en canciones con “memoria abierta”. Así habló en distintas carpas carnavaleras, a Eulogia Tapia y le agradeció su existencia con memoria de fiesta y hábito, para contarnos y cantarnos que esa mujer de la Poma ·…al aire da su ternura… y así mismo elogia su copla, la de esa época del año, restaurándola en su boca y su garganta, para aliviar la pena de quien la suele olvidar (“La Pomeña”, zamba).
El poeta, citadino, agenda en cuartillas, la sabiduría popular que a veces reside en sitios inhóspitos, aletargados, posibles repositorios de una cultura que no eleva su grito de: “aquí estoy, mírenme”, que muchas veces presupone antigüedad para desechar. Verdaderos antigales de la memoria terrígena de pueblos originarios, que custodian lo que la ciudad del barullo y el desdén, no atisba ni rescata.
En lo profundo del alma del pueblo, reside todo un cancionero de verdad y de memoria totalmente abierta a un discurso que proyecta la sabiduría y el sentimiento del ser del “populus”. Allí se entrelaza lo cotidiano con la tradición que en lo iletrado ha contado con el compadrazgo de la copla y el voceo de generación en generación; allí se inscribe como tallado en piedra.
“Me gustan los pueblos de gesto antiguo…”
Hay confines de comarca, poblados de un solo amor, que transita sus días de forma tan distinta a las que caminamos algunos de nosotros. Tal vez sean esos pueblos de gestos viejos de los que Hamlet Lima Quintana nos habla en su poema musicalizado por Tacún Lazarte en los años 70 del siglo pasado. En esa melopea canción queda abierta de par en par: la memoria.
Los vates han transcurrido algunas de sus horas por allá, en esos sitios donde se ve, forasteriando, que su gente saluda al sol, donde cada uno de ellos se entrelaza con el vecino en verdadera comunión, para vencer las jornadas de mala dicha, la cotidianeidad de mil maneras; modales ausentes en la gran urbe, distinciones ocultas a nuestras miradas ciudadanas.
Todos elementos singulares como interesantes al ser vivo, como el pan, el trigo, el viento; todos o casi todos signos de Paz, testimoniados por la canción, necesaria por tradición, enlace que nos relata de dónde venimos.
Allí, en ella, de corazón pleno, regresa el ayer cada vez que la cantemos o leamos; tarareando en la cocina o en el patio, nos entrega esa memoria que, desde su composición, está abierta, pronta, solidaria.
La iluminación que abre la puerta a la gestación de una canción, o el impacto ambiental o el del contexto que la permiten, son valoraciones que no debemos apartar.
La canción es el hombre vuelto literatura y melodía, que interactúa con el medio que lo envuelve, que le circunda, que lo afecta, que lo sostiene, entonces el vate reacciona de cierta manera, con una letra que atestiguará esa relación.
“Delante hay un camino / por el me voy… ando pisando el rastro del infinito/ polvo que pisa el polvo, la tierra soy” (Tejada Gómez).
La trova será memoria de ese encuentro, de ese ir y venir entre el ser humano y lo que le abraza y fijará para los tiempos, sin cristalizarlo, lo que conmovió al observador.
Sola por los bañados…
“Qué flores recogías / triste Ofelia paisana…?”, pregunta Edgar Morisoli sobre esa niña que da nombre al poema, pero que sabemos por boca del poeta, es Bienvenida Berón. La escena sucede a orillas del río Salado en el oeste de La Pampa hace más de 50 años.
Conquistada “la unidad de acción”, como expresaba Jean Paul Sartre, es decir al ser musicalizado el poema de Edgar, por Délfor Ariel Sombra, arribamos a la canción, que despliega la memoria y nos proyecta en tiempo y espacio cuando lo queramos.
La evocación se abre en “Ofelia del Oeste”, hacia una estructura paisajista, ambiental, deprimida por la ausencia de agua que corre por un cauce…y no corre. Pero también establece analogías entre el estado espiritual de esa niña, que, con flores en sus manos, como que levita por ese sitio y su condición mental, la refiere al personaje de Shakespeare, allende los mares.
Para el rapsoda, Bienvenida Berón y por ese liar de historias humanas, es la Ofelia, no de Hamlet, sino del oeste pampeano. La canción, deja abierta una memoria para siempre, que se nos dispone en el momento que deseemos abordarla.
Hablamos de “canción con memoria abierta”, lo que nos entrega la posibilidad de inferir o pensar en canción “de memoria cerrada”; seguramente esta categoría nos remite a lo críptico del mensaje literario, donde el abordaje popular se remite a escollos, a salvar paredes inexpugnables para el conocer común. No desacredito este tipo de canción, solo la menciono como contingencia de presencia.
Categorizar, no implía establecer pautas de carácter racista, de desprecio para una de ellas, sino más bien ponerlas en valor y en saber comunitario, de buena tinta.
Los “Cantos de Trabajo”, ese cantar de oficios, son ejemplos inequívocos de memoria abierta y transferencial de conductas, modos de vida, cultura, costumbres, en los tiempos. Cuando Armando Tejada Gómez plantea poéticamente, en 1966, el mapa nacional que el “Peón Golondrina” recorre, dejará manifestados, la variedad de trabajos que el hombre realiza para ganarse el pan: recolección del algodón en el Chaco, tareferos en Misiones con la yerba mate, cañeros en la zafra del azúcar tucumano, vendimiadores por Cuyo, junta del maíz por la Pampa, antes que asolaran las cosechadoras que dejaron al Peón Golondrina sin ese sitio para laborar.
Cada uno de esos momentos, fueron musicalizados por los integrantes del grupo musical argentino “Los Trovadores”, naciendo así las canciones que, a más de 60 años, nos recuerdan, memoria dispuesta y abierta, para que las nuevas generaciones sepan de aquellos empleos, muchos de ellos precarizados, pero que ofrecían sustento a esos jornaleros que, como braceros, labriegos, sembradores, poblaban el horizonte productivo de la Patria y lo hacían en forma itinerante: “De verme cruzar los cielos / me llaman Peón Golondrina / voy de región en región / siguiendo el rastro del clima” (A. T. Gómez). Lo dice Tejada en bella y exacta forma poética, para que luego por Estilo, lo cantara Pancho Romero (tenor de Los Trovadores) en el inicio de la Obra Integral “Los Oficios del Pedro Changa”.
Definición clara de ese peón, desnudando a flor de llantos y risas una memoria que aún perdura por milagro de una cinta grabada volcada a un vinilo de entonces, pero que comenta, para la historia, la existencia por años, de estas formas de trabajo, más cerca del destrato y esclavitud, que de la dignidad que otorga al hombre, toda laboración.
“Alhajita es tu canto…”
Ricardo J. Kaliman (Tucumán 2009), nos habla de “Capital simbólico”, sobre el que asiento las pretensiones de este ensayo sobre “la canción”. Lo refiere al que forma parte del llamado “Folklore Moderno” o sea el “Folklore de Proyección” al que aludía Raúl Alberto Cortazar, cuestionado en 1956 por el folklorólogo y antropólogo brasileño Paulo de Carvahlo Neto.
Sobrevuela sobre él, todo un discurso identitario que al decir de Kaliman, constituyen “…expresiones verbales que intentan dar sustancia y producir identidad”. Y acá, seguramente, se provocará las distinciones de miradas o respuesta a esa palabra, como habitantes o grupos sociales le habitan la comarca o el Estado. Pero todas estas posibilidades de disquisiciones, no debilitan ni restringen la importancia de la textualidad en una canción, expresando momentos, personas, costumbres, paisajes, para la memoria.
También es cierto lo que plantea el Doctor en Etnología Joel Candau, cuando manifiesta: “La pérdida de la memoria es pues una pérdida de la identidad”. Los avatares de nuestro país, junto a la irresponsabilidad de las distintas formas de gobierno sucedidas, han ido modelando un individuo que aturdido por sus urgencias, pone todas sus fuerzas en el hoy, en este presente inválido, sometido a la desocupación, a la baja de salarios, a la humillación.
Esa vivencia de vivir “a toda máquina”, desgata. No es fácil dibujar un futuro con semejante estado y es posible que también que en muchos casos la memoria abierta, rescatadora del pasado, poco se active, poco se ejercite.
“Sin memoria el sujeto se hunde, vive únicamente el instante, pierde sus capacidades conceptuales y cognitivas. Su identidad se desvanece”
Memoria abierta es también el abanico de dispersión que permite su enunciado. Unos querrán acceder a la canción en carácter arqueológico, cristalizado aquello, otros con asombro o no, para servirse de ese faro generacional que dejó encendida una guía, un mojón para el reconocimiento y la continuidad del recorrido existencial.
Podemos preguntarnos qué memorar, cuál canción ya caduca quedando como memoria cerrada. Sabe el pueblo qué sucede cuando aquella se cristaliza, o dejamos encriptada cual diadema intocable.
El cantor o los cantores que preservan y lo hacen con creencia, cantándolas, preservarán memoria abierta en su sentido amplio de contención vasta, a toda una sociedad. Es claro que otros vendrán para el olvido, corroer esa memoria, censurarla como cuando las dictaduras o gobiernos de facto, las suspenden, las arrinconan, las prohíben y entonces producen una fragmentación muy peligrosa.
Sí creo que una canción con memoria abierta contribuye a afianzar identidad y sentido de pertenencia de una comunidad.
No arroja ella solo momentos de fiesta, más bien impera un mandato, tal vez oculto, de refrescar en nuestras conciencias, dónde estamos viviendo, dónde viven nuestros días.
El cantar “una que sabemos todos”, es adelgazar la frontera de la extranjería que desea posarse sobre nuestra piel y sentimientos. La “Luna Tucumana” de Atahualpa Yupanqui, no solo es memorar las veces que el cantor/poeta, recorría caballo y mula, el trayecto que lo trasladaba por el Valle de las carreras (Tucumán, desde Tafí del Valle hasta Amaicha; es una memoria abierta de nuestra argentinidad, de la tucumanía, que no se escapa detrás de un “inversor foráneo”, que le convence que lo de afuera es lo mejor, mientras se apropia de sus recursos que, a ese argentino, o tucumano le pertenece.
Cuando la memoria agita los duendes del recuerdo, es posible la maravilla reveladora de instantes que reviven paisajes con determinados sonidos, momentos diversos de la comunión con amigos o a personajes anónimos de la galería del pueblo.
La chispa que enciende ese tiempo, puede ser un destello externo o un simple y espontáneo viaje al pasado, en pos del reencuentro con los seres queridos.
En el poeta o en el siempre inspirado letrista popular, se da en forma singular y precisa. Basta un aletear de palomas en lo alto del pinar, como el aromar que verdea y perfuma nuestra existencia en un aparte de la sierra, como aquella niña del Valle de Calamuchita que inspiró a Carlos Lastra:
“Hacia la tarde va la serranita / su pollerita al viento / mi palomita. Voces de manantial tiene su risa / ternura de urpilita / cuando acaricia”.
Y en esa reminiscencia de los años 60 llega el rescate que homenajea y la pone en boca de quien la quiera cantar, estableciendo una memoria abierta hacia todo lo que allí puede seguir existiendo.
Memoria abierta en la canción, no solo es un viaje al pasado, sino seguir abriendo tranqueras hacia un espacio siempre que modela nuestro paso, con mirada atenta y alerta, que rescata el ayer y lo potencia en el presente con claridad de futuro.
* Músico
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