La entrevista

Redaccion Avances 14/11/2021 - 17.30.hs

 

El autor del cuento nos trae una historia de fútbol y humor criollo. El detalle de cada línea hace imaginable cada escena. Un periodista y un entrevistado veloz y ocurrente.  

 

 

Juan Aldo Umazano *

 

Tenés que hacerle la nota a Don Bebé, dijo Pedro, jugador en su tiempo y actual presidente del club. Después de tanta insistencia, Francisco agendó la hora y el día. Llegó a la casa de Don Bebé siguiendo las indicaciones de Pedro. Cuando detuvo el auto en el patio del rancho, tuvo la sensación de que por la puerta de bolsa saldría alguien parecido al viejo Vizcacha.

 

Bajó, mientras los perros lo denunciaban.

 

Su sospecha se concretó. Apareció un hombre que vestía bombacha bataraza y camisa a cuadros. La barba blanca le llegaba al pecho y el pelo, hasta los hombros. Parecía mentira que un hombre así hubiese hecho temblar a las tribunas: –¡Adelante, amigo!– dijo Don Bebé.

 

–Mucho gusto – Francisco sintió en el apretón de mano esa fuerza que transmite sinceridad.

 

–¿Y Pedro no vino? – Está lleno de trabajo.

 

–¡A veces nos ocupamos demasiado! – criticó sonriente Don Bebé.

 

–Creo que sí. ¿Él le avisó que vendría, no?

 

–Sí señor – dijo Don Bebé, mientras corría la puerta de bolsa para que entrara al rancho.

 

Cuando Francisco se sentó, la silla de paja crujió. Pasaron los segundos, se fue acostumbrando a la penumbra y entonces pudo ver una mesa, sillas de paja y un banquito petiso al lado de la cocina a leña.

 

Escuchó el jarro de lata raspando el balde al sacar el agua. Ese ruido dio por entendido que tomarían mate.

 

–¿Cuánto hace que no ve a Pedro?– preguntó Francisco.

 

–Bastante tiempo. Es un atorrante. Me visita poco–.

 

Después lo miró, estaba acostumbrado a decir las cosas de frente y quería excusar el chiste. Hablo así porque lo conozco desde siempre, aclaró sonriendo.

 

–También él comentó el aprecio que siente por usted.

 

–Es recíproco.

 

–¿Cómo es su nombre? – preguntó Francisco.

 

Hasta ese momento solo sabía su apodo: Bebé. Lo que no sabía era si se escribía con “b” larga o con “v” corta. Además de preguntarse, ¿por qué ese sobrenombre? Su cara no guardaba rasgos como la de aquella persona que le decían Chupete porque tenía cara de bebé.

 

–¿Y el apellido?

 

–Marchetti.

 

–Marcelo Marchetti– anotó Francisco.

 

Ya acostumbrado a la penumbra, vio que de las cabreadas colgaban bondiolas, chorizos, quesos de chanchos, jamones.

 

Le llegaba el aroma de esa factura casera, italiana.

 

–¿Escucha los partidos, don Marcelo?

 

–Se me rompió la radio. Por ahí alguien me alcanza un diario y leo algo.

 

Quería entrar en el tema para llegar a tiempo a la otra entrevista.

 

–¿Cuánto hace que se alejó del fútbol, Don Bebé?

 

–Más de cincuenta años.

 

–¿Sabe mirar algún partido?

 

–A veces. Pero el fútbol ya no es el de antes.

 

Cierta nostalgia lo invadió de repente. Era natural. Cuando se llega a cierta edad lo de antes parece haber sido siempre mejor.

 

–Me contó Pedro que usted era un jugador con algunas particularidades.

 

–Sí, señor. Entre ellas, ser muy veloz. El wing izquierdo más rápido de la zona. Digo izquierdo porque era zurdo y le pegaba como venía. Con el tiempo terminé en el arco – dijo y estampó en el piso de tierra el agua verde del primer mate.

 

Necesitaba saber más sobre este hombre, no solo para llenar la columna semanal, sino, además, sería un material para el libro de historia que escribía sobre el fútbol regional.

 

Un juanete en cada dedo grande le deformaba las alpargatas. La bombacha ancha permitía apreciar unas piernas finas y chuecas como dos paréntesis. Y la camisa leñadora cubría un torso delgado, del que salían dos brazos finitos con manos y dedos de talabartero.

 

–Claro, en esa época no había televisión – agregó. Algún día se escribirá la verdadera historia del fútbol criollo, mi amigo. No sé si usted la conoce.

 

–Algo.

 

Francisco pensó en grandes jugadores. Nombres distantes que pertenecían a otra dimensión.

 

–Debo decirle, mi amigo, que el fútbol es muy viejo. Tan viejo como el hombre. Mire que el hombre es viejo. Los chinos jugaban al fútbol. ¡Y esto no es un cuento chino!– y soltó otra carcajada festejando su propia ocurrencia.

 

El viejo futbolista lo sorprendía, le caía simpático. Lo ubicó dentro del plantel como el ocurrente, el entretenedor del grupo. Si en esa época existía la concentración, con un hombre así la pasarían bien.

 

–¡Qué poco saben los que hablan sobre fútbol, mi amigo! Cada vez que voy al boliche, como el televisor está siempre prendido, miro un rato. Vio cómo es esto. Uno mira porque lo hacen mirar. Otra vez Francisco no quiso opinar para no extender la conversación.

 

–¡Aquel sí que era fútbol! Era el disfrute total, realmente una fiesta. Creo que de ahí viene la picardía criolla.

 

–¿Dónde jugó, Don Bebé?

 

–Aquí, en La Colonia.

 

–¿Y cuándo entrenaban?

 

–Cuando alguno del equipo convocaba. Yo ensillaba, y salía con los botines colgando de las crines. Algunos se desocupaban tarde, tenían que trabajar. Pero no pasaba una semana sin que hiciéramos un picadito. Terminó el mate y miró el piso: –Claro, después el caballo se me murió. Al emprendao lo vendí. Desde entonces mi vida es un largo entretiempo.

 

Ya no suena el silbato del segundo tiempo. Francisco sintió, en esa frase, el recogimiento natural del hombre de campo cuando pierde un animal de andar. En silencio, el entorno hablaba de su pobreza.

 

–¿Le puedo tomar una foto?

 

–Cómo no, mi amigo, para eso ha venido. Y esperó el flash sin pestañar. Después el viejo futbolista le alcanzó el primer mate.

 

–Un día le mostré a Pedro dónde jugábamos. Venga. Salieron. El llevaba la pava. Señaló el terreno por el que había llegado Francisco.

 

–Ahí estaba el campo de juego.

 

–¿De qué tamaño era?

 

Sin escuchar y con los ojos entrecerrados, continuó: –Aquí estaba el arco. Ahí prendía el fueguito y tomaba mate. Cuando llegaba el mediodía me hacía el churrasquito. Insistió con la pregunta: –¿De qué tamaño era la cancha, Marcelo? Don Bebé se rascó la oreja; le apareció un pucho perdido entre la abundante melena canosa: –Y… tendría unos diez por veinte. –¡Ah! Era fútbol cinco.

 

–¡No, m’hijo! ¡Diez por veinte kilómetros!

 

A Francisco se le aflojó el rostro. Buscó coherencia en lo que terminaba de escuchar. Pero lo que en realidad comprendió fue la chispita socarrona que apareció en los ojos de Pedro cuando le insistió para que viniese a hacerle el reportaje.

 

–¡Un partido duraba semanas, mi amigo! ¡Jugábamos a caballo!. –Bebé leyó el desconcierto en los ojos del hombre de prensa y le recordó: ¿No le acabo de decir que ahí me hacía el churrasquito?

 

–Me acuerdo, una mañana, yo jugaba al arco, había terminado de matear, escucho un tropel y veo una polvareda en el horizonte. Tuve que ensillar apurao. Avanzaban los contrarios.

 

Después, exaltado, me sugirió: sáquele una foto al campo de juego.

 

El periodista caminó hasta el lugar donde había estado el arco y accionó el obturador.

 

–Usted sí es un hombre de prensa – y lo abrazó. Le voy a dar un presente – y lo llevó al interior del rancho. Colocó un banco bajo los chorizos y subió. –¿Carnea siempre, don Marcelo?

 

–Sí, eso lo heredé de mi padre.

 

–No debe ser fácil. Es toda una ciencia el arte del chacinado.

 

–Cuestión de práctica, no más. Estos tienen un poco de jabalí. Por eso cuando se los corta están algo morochos.

 

–Los hace solo.

 

–Siempre algún vecino viene a darme una mano para el embutido – y señaló otro sector. Aquellos apenas se los corta uno ve el color del vino tinto.

 

El treinta por ciento es de vaca. El setenta es cerdo. Lo que hay que aprovechar es la panceta. Cuando uno se pasa en el engorde, es muy gruesa. Y bueno, sacándole algunas lonjas, la panceta tendrá menos grasa. Además algo de ella se corta en dado para el embutido.

 

El periodista lo miraba buscar, concentrado entre tantas facturas que colgaban y, para desalentarlo, a pesar de su debilidad por la factura casera, le dijo: –No se moleste, don Marcelo.

 

–No es ninguna molestia.

 

Descolgó el embutido: –Hace más de cincuenta años que cuelga. Está firmada por los jugadores del último triangular. Francisco dudaba de lo que tenía en sus manos. Se veían

 

algunas rayas.

 

–Ocurre que la grasa se fue secando y borró algunas. Era muy livianita y veloz. Apenas se la tocaba, volaba – recordó.

 

Era una vejiga que había hecho de pelota.

 

–En esa época se jugaba limpio. Si había algo de chancho, era la pelota– y otra vez rió divertido.

 

Ahora Francisco comprendió que Bebé se escribía con “v” corta. Y quería decir Vejiga Veloz.

 

El hombre del semanario se sintió torpe, extraño, a su vez, si bien algo lo divertía, lo que menos esperaba era encontrarse esa tarde con una vejiga de chancho en la mano.

 

La giró igual que los jugadores antes de patear un tiro libre y la dejó sobre la mesa. Caminó por el rancho, mientras Vevé bajaba y se disponía a cebar otros mates. En un rincón, Francisco descubrió la rueda de una moto asomando debajo de una lona mugrienta y rota. Se acercó.

 

La cubierta estaba desinflada y preguntó, para cambiar de tema.

 

–¿No le anda, don Marcelo?

 

–Sí. Está parada nada más.

 

–¿No la usa?

 

–Espero que la Liga Fulbante se expida. Tengo dos pitadas en suspenso: la del gol y la del final del partido. Vevé se percató del esfuerzo que hacía el periodista por entender y aclaró: –En el último partido no pude cobrar un gol. Es que yo terminé mi carrera deportiva como referí. Ponía los dos jueces de línea en un lateral, y del otro me hacía cargo yo. Arbitraba en moto. Francisco endureció el rostro para no reír.

 

–Mire, usted no lo va a creer. La había empalmao el cinco que pateaba como un burro, ¡digo como un burro, como media docena de burros! Y cuando el arquero la atenazó, el cuero se descosió y la cámara cayó dentro del arco. Un equipo decía que era gol. El otro que no, porque

 

el cuero había quedado en las manos del arquero. Se armó la de San Quintín. El campo de juego se transformó en un cuadrilátero con 22 boxeadores. Yo aceleré y no paré hasta llegar al rancho. Y ahí está, tapadita. Creo que la Liga Fulbante se expedirá algún día.

 

Francisco le devolvió el mate vacío y miró la hora. Ya no llegaría a la otra entrevista.

 

*  Actor, dramaturgo, director y titiritero.

 

' '

¿Querés recibir notificaciones de alertas?