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Domingo 31 de mayo 2026

La zamba pampeana que no fue

Por Redacción 31/05/2026 - 06.00.hs

Edgar Morisoli junto a Margarita Monges y sus hijos Juan Pablo y Moira, en La Pampa. Gentileza: J.P. Morisoli.

Este 1º de junio se cumplirán 70 años desde la llegada de Edgar Morisoli a la provincia de La Pampa, específicamente a La Adela. En este artículo recordamos “El abra crece”, una zamba pampeana suya que no llegó a musicalizarse.

 

Ernesto del Viso *

 

Desde aquel 1º de junio de 1956, ya instalado Edgar en La Adela, al sur-este de La Pampa, su ojo devorará leguas, kilómetros, centímetros, por conocer el sitio que ahora su marcha pisa. Lejos de despreciarla, humillarla, la comienza a amar, como aquella litoraleña que ha dejado atrás y para siempre.

 

Lo manifiesta en su poema escrito en Rincón Grande en 1989, titulado “Si es que debe nacer” (libro “Cancionero del Alto Colorado” – Edición del autor – Santa Rosa, julio 1997):

 

 

Hace treinta y tres años

 

(ahora serían 70 años)

 

llegaste aquí, litoraleño y joven,

 

con la cabeza llena de demasiados libros

 

y poca vida. Poco

 

trecho de vida andado, todavía.

 

En la noche

 

del secadal, en el fulgor unánime de la noche montera,

 

algo te dijo el viento (nadie sabe

 

si te confió revelación o cuita, conjuro o confidencia),

 

y entonces, lentamente, alargaste la mano

 

para cortar un gajo de brea o de jarilla

 

en flor. Y te quedaste.”

 

 

Rondar, echar de ver o, mejor dicho, conocer para amar, son dos verbos que se instalan en su alma y corazón con sabor de perdurabilidad. Años después, proclamará, al pie de la literatura (poesía o ensayo), que esta tierra, esta Pampa, es para conocer despacito. Un vino lento para paladear en la Bodega de don Adeodato Juliá en Buena Parada, mientras el Nico Crespo desgrana músicas del pueblo. Nicomedes, ensaya en su guitarra pueblera, alguna milonga brava o simplemente “Madreselva” y de fondo el paisaje del Colorado y La Pampa, escenografía infaltable en el vate, de ahí y para siempre. Mide la tierra: una parcela, veinte, cien y la palpa en búsqueda de su misterio. La interroga, libreta en mano donde acopia números, alturas y la data que el paisaje y el hombre comarcano, le dictan, le responden.

 

El Departamento Caleu-Caleu (La Pampa), primero le ofrenda su geografía, su horizonte. La margen del Colorado, le arrulla el corazón con la algazara del agua, siempre juguetona y con rumbo al mar. “El tigre de piedra de los escoriales,/se asoma a las aguas del “Coli-leuvú”…”…y en la noche marchas copiando luceros,/sirgando tu antiguo tayil hacia el mar”. (Canción del Coli Leuvu, de Edgar Morisoli y Ernesto del Viso)

 

La flora y la fauna del lugar que lo recibe por primera vez en junio de 1956, lo inicia en su admiración y conocimiento del territorio, es por eso que en esta zamba asoman, en la nueva escritura del poeta proveniente del litoral argentino, nombres como Chañar, los arbustos como el Atamisque, el Llaullín, ajenos a la comarca de su nacimiento. Reconoce al árbol característico de acá, el Caldén y lo pone junto al Alpataco en un monte que dará paso al médano.

 

Aparecen los hachadores, a los que dedicará un poema en su primer libro de por acá “Salmo Bagual”, los rescata en un cementerio, en la orilla del monte, junto a un viento que bate la puertita de entrada al camposanto; dos nombres visibles en aquellas cruces: Ventura Sabala y Tomileo, en Santa Teresita del Caleu-Caleu (1957); más adelante regresará el honrar al hachero, de la mano de Pedro Albornoz. Surge la nombradía del chuschumento le otorga nuevos trinos a su sentido auditivo, mientras el pájaro lentamente va armando el nido.

 

Sabrá también Morisoli, que en la vieja tapera de campo de la antigua “Media Estación” y “El amargo”, hay fantasmas y cuentan, los lugareños, que se escucha llorar un niño, o el misterioso golpear de manos o de quién sabe quién, retratará en su poema “Los fantasmas de la Media Estación” y “Pliego del Sur”.

 

Caleu-Caleu dictará los poemas de su primer libro en tierra pampeana: “Salmo Bagual”, que verá la luz a través de un folleto de tapas blancas, que le edita el Prof. Ricardo Nervi, como director provincial de Cultura por entonces, en la colección “Cuadernos Pampeanos de Poesía”. Este libro de Morisoli, tiene una edición integral, en 1959, a través del sello de Buenos Aires “Editorial Stilcograf” y una reedición en la colección “La Pampa Edita” de la Secretaría de Cultura de La Pampa, en octubre del 2023.

 

La Pampa es hija de la luz”

 

El hombre secretea la travesía. Recibe al monte en sus antojos irrefrenables de saberlo suyo, sentirlo en su pecho, como cuando niño sabía del ademán de los viejos acebalenses y de aquellas “marleras” al fondo de la casa del abuelo, ofrecidas al fuego crepitante de algún resuelto asado, o simplemente calentar el cuerpo en los inviernos.

 

Edgar otea sabiamente, que esta tierra que ahora habita, madura lentamente y en los resquicios del poema ya está anoticiado de la herida tremenda que el corte del Atuel, ha provocado en los puesteros Salado al sur, esa “hebrita del hoy (1957) de aguaitar la suerte”.

 

No ha transcurrido mucho tiempo de la llegada, a estas latitudes pampas, de toda su familia: Margarita y los hijos Moira y Juan Pablo.

 

Ya sabe de su vocación terrestre, erigido por destino o nombradía, como el cantor, el nombrador de leguas y de tardes solas donde la pobreza y una voz de “olvido”, se pasea ante sus sentidos.

 

La luna de Carrimanca arriba, vela sus sueños, mientras pastan eternamente las mulas de Isaías Cheuquel (Letanías de la rinconada – Salmo Bagual).

 

Este territorio de valles, llanuras, hondonadas donde reserva la luz del poniente su letargo para entregarla plena de rocíos y murmullos de fantasmas nocheros al naciente, penetra la epidermis del poeta, hasta vibrar mansamente en expresiones que los años sazonarán, en sus entrañas y como chorros de luz, exhalarán en frases como éstas: “La Pampa: este territorio de raíces siempre habrá una raíz para tus sueños”. O aquella: “La Pampa es hija de la luz que exalta y celebra a sus seres y las cosas”.

 

Este es el Sur, a ver quién se le atreve”

 

Recorre parte de su territorio (La Pampa), con su teodolito y libreta de apuntes, de miras, cintas para medir. Ni al costado, ni adelante, ni atrás, va su mirada sobre paisajes, accidentes geográficos, personajes, aunque a Morisoli, no le gustaba hablar de personajes, sino de seres humanos con determinadas aptitudes, características, saberes. Así la encuentra, no la descubre, a “Jacinta Llantén juntando chauchas por los alpatacales / porque la Travesía no es el mundo…” es la “…enterrada vuelta susurro por la que sube y ora la conciencia enterrada.” (“Travesía” del libro Salmo Bagual).

 

La sabiduría paisana le atraía. La pondrá de manifiesto, cierta vez, en un encuentro de las letras pampeanas, que año a año organiza la APE (Asociación Pampeana de Escritores), asociación a la que perteneció desde sus mismos inicios, recobrada la democracia en el país. Aquella vez sucedió al exponer su “Cátedra del desierto”. En ella cobran relevancia y se suceden los nombres de sus “maestros” iletrados del campo.

 

Entre tantos, me ilumina aquel Juan Huelches que en cierta ocasión le trasmitiera al poeta, su saber empírico a campo abierto sobre la Diuca, donde don Juan, le declara que el canto de ese animalito no sucede porque amanece, sino que se yergue sobre el día para que amanezca.

 

Ese nuevo entendimiento, tal vez después de 30 años, provocará un texto maravilloso, como revelador: “La lección de la Diuca” (Ediciones Pintanguá – agosto 2003), prestando su nombradía a la designación de uno de sus tantos libros. Antes, el “Cancionero del Alto Colorado” (Ed. 1997 la diuca aparece en el poema “Canción del álamo verde” (…y para que amanezca/ la Diuca canta. / Cante la Diuca y cante/ álamos verdes / será mi canto el canto / que me recuerde.”)

 

A la diuca, ya la había manifestado en su primer libro de nacencia pampeana “Salmo Bagual”, deja constancia al final del mismo, en el anexo “Notas” y en el segundo poema de este libro.

 

Una zambita perdida…”

 

Dice Yupanqui, en una de sus tantas zambas, aquella que precisamente llama “Zamba Perdida”: “Si encuentras por el camino / una zambita perdida, / entrégale el corazón / no vaya que ande herida”. Don Ata, halló en su largo caminar por la Argentina, varias zambas, que sí no estaban perdidas, anidaban solo en reductos comarcanos pequeños. Tal vez desdeñadas, y sin duda desconocidos sus autores. Podemos nombrar “Zamba del Viento”, “La arribeña”, “La Mechuda”.

 

No sé si esta zamba pampeana que encontré, protegida su letra en una vitrina, esté herida. Pero sí, no conocida por el resto de la comunidad que abreva en la poesía de Morisoli. Nunca sabremos por qué se quedó en un papel. Las exigencias de corrección, que poseía Edgar, hicieron el trabajo hacia el olvido y la no muestra.

 

El día de la inauguración de la Casa Museo de Edgar y Margarita, destino final del matrimonio Morisoli / Monges en Santa Rosa, hallé en una de las tantas vitrinas que contiene papeles, instrumentos profesionales de Edgar Agrimensor y otras que hacían a la cotidianeidad de ellos. Acerté a dar con una poesía de Edgar, escrita en agosto de 1956, en Caleu-Caleu con el siguiente título “El abra crece”, lo que más me llamó la atención la indicación de lo que debía ser ése: (zamba pampeana), con lo que me lleva a inferir, que ya desde el vamos, Morisoli tenía claras intenciones de escribir poemas para ser musicalizados con géneros musicales de la región.

 

Tal vez desestimara por completo al texto para brindar a algún músico.

 

Se sabe, sabemos, que lo primero que se musicaliza de Edgar, en La Pampa es el texto “Salmo Bagual” con ritmo de huella y música de Guillermo Mareque, que lamentablemente nadie recuerda ahora.

 

 

El abra crece”

 

(zamba pampeana)

 

I

 

Va reculando el monte

 

-alpataco y caldén-

 

y el trino del chuschumento

 

-médano y luna-

 

muere con él.

 

 

Negros los atamisques,

 

negro el llaullín;

 

silban los hachadores,

 

pobreza arriba,

 

luz del confín.

 

 

Entierra el corazón

 

en la raíz del chañar;

 

los labios del verano,

 

su fiel dulzura

 

lo harán brotar.

 

 

II

 

Abrita de los piches,

 

Que sola estás:

 

engualichao de ausencia

 

miro en la tuya

 

mi soledad.

 

 

(la segunda estrofa que aquí sigue, está totalmente tachada por el poeta y dice):

 

 

Que vengan los turistas

 

a ver sufrir,

 

sin ilusión mi tierra

 

 

los hachadores,

 

sobre el confín.

 

 

A la izquierda de este texto tachado, una estrofa escrita a mano, ininteligible y también tachada, termina con lo del estribillo: “Entierra el corazón…”

 

En el correr de los años, lo único que se salvará de este poema, será el estribillo para esta zamba que no fue. Porque el mismo, aparece también, como estribillo, en un poema musicalizado por Guillermo Mareque, que se titula “Canción del amor perdido”, que muchos cantores de los años 60’ cantaron y que la Agrupación Pampeana Confluencia, en 1985, grabara para su segundo disco: “Cantamento”.

 

En “Canción del amor perdido”, Edgar Morisoli cambia el cuarto verso del estribillo de aquella zamba pampeana, y donde dice: “…su fiel dulzura”, pone: “…su fiel ternura”.

 

El poema precedentemente citado, por años no formó parte de ninguno de los libros de Morisoli. Si fue recién en el libro “Ultima Rosa, última frontera”, página 158, editado en 2005 por Ediciones Pitanguá, en una sección que el poeta denominó “Traspapeles” (I), algunas canciones (1957 -2004).

 

* Músico y colaborador

 

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