Un humilde recuerdo del Penca
Jueves 22 de febrero 2024

Un humilde recuerdo del Penca

Redaccion Avances 03/12/2023 - 06.00.hs

En esta semblanza del Penca pretendo rememorar en cierto aspecto la vida de quien vivió con intensidad dolorosa. Y parafraseando a Edgar Morisoli expresamos “que fue un hombre que recorría la vida a corazón desnudo, casi sin estructuras defensivas (…)”.

 

José Depetris *

 

Para quienes conocimos a Juan Carlos Bustriazo Ortiz y particularmente los que lo alcanzamos a tratar en su época de bohemia -en mi caso más asiduamente en los tiempos del centro cultural Temple del Diablo, en adelante- se nos dificulta un poco tras el paso de tantos años separar su leyenda y el riquísimo anecdotario, de la descomunal obra que dejó y que confieso que, en lo personal, no conozco en su totalidad, básicamente porque una parte importante de ella aun permanece inédita.

 

El Estudio.

 

Hubo una época posterior a la que aludo en que Bustriazo prácticamente se retira de la intensa vida social. Y paralelamente deja de escribir. Sostenía que las musas lo habían abandonado como consecuencia de un tratamiento psiquiátrico. En ese entonces había muerto su madre, había sido vendida su casa, por lo que ante un pedido de Guri Jaquez y Dora Battistón, el arquitecto Miguel García acepta que el poeta recalara en la planta alta de su lugar de trabajo. Un concurrido estudio de arquitectura, que era referencia de reuniones de un amplio grupo de personas que girábamos en torno a cuestiones vinculadas a aspectos culturales, históricos y musicales de La Pampa.

 

Ya a principios de 1993 Bustriazo vivía en el estudio de Miguel García. Desde el momento que Juan Carlos, con pocas pertenencias, se instaló en dicho lugar, comenzó a participar e interactuar en algunos aspectos del funcionamiento del mismo, que se fue naturalizando en el poco más de un año que allí estuvo. A veces atendía el teléfono y anotaba las llamadas, dejando particulares notas aclaratorias. En las charlas opinaba sobre aspectos de los diferentes lugares en donde se estaba trabajando, investigando o revalorizando, en aquellos tiempos donde con mucho empeño y entusiasmo recorríamos la provincia en un plan de re-mirada y re-valorización del patrimonio cultural de La Pampa.

 

A nuestro informal grupo lo autodenominábamos -un poco en chanza- “Los zapadores”, y nuestra premisa era salir a los campos, a los sitios, a los barrios y recoger de la gente la memoria trasmitida de padres a hijos. Luego -muy generosamente- las páginas del suplemento cultural “Caldenia” del diario La Arena nos ofrecía el espacio necesario en sus páginas para escribir nuestras experiencias e instalar en la consideración popular hechos y personas.

 

Eran muy oportunas las precisiones que Bustriazo arrimaba a esas charlas con detalles ínfimos de los lugares y referencias que celebrábamos con algarabía. De sus antiguas visitas a la pulpería de Chacharramendi o sobre raras cruces cristianas forjadas en hierro en las inmediaciones de los poblados de alemanes del Volga, seguramente patrimonio transmitido de la Europa del este, lugar de partida de este grupo emigrante. Y como estos casos, infinidad de temas que surgían cotidianamente.

 

A medida que pasaban los días, mucha gente alertada de la presencia de Bustriazo en ese lugar céntrico de Santa Rosa, comenzó a ir a visitarlo y dado que él era el anfitrión, los atendía con gran amabilidad. Durante los meses en que duró su estadía en el estudio de la calle Pellegrini, hubo una situación de mucho intercambio cultural y sobre amenas anécdotas de experiencias vividas. Eran imperdibles las tertulias con don Edgar Morisoli. Se hablaba entre tantas cosas, de cómo había que utilizar el teodolito, hasta y sobre las andanzas de Juan Lefin por la zona de Limay y su derrotero como “matrero”. Con Guillermo Mareque rememoraban las hachadas y los campamentos. Bustriazo relataba con voz cascada donde un perro que dormía se despertó sobresaltado y cayó sobre la fogata. Con el Bardino había un afectivismo especial dada la admiración que Julio Domínguez le profesaba. Y las charlas se continuaban con Raúl Santajuliana, Oscar Folmer, Raúl Fernández Olivi, Fabián Tueros, José Sevilla, entre otros.

 

En todo este tiempo Juan aprovechaba los fines de semana para visitar rotativamente a Pinky y Raquel Pumilla, a Cristina Ércoli y “Bocha” Sombra, a Guri Jaquez y Dora, entre otros.

 

Un noticiero libro.

 

En la constelación y variopintos de sentidos, sensaciones y líneas de análisis que suponen el abordaje de una obra, muchos son los enfoques posibles. Tal es en el caso de “Canto Quetral. Tomo I”, de Ediciones Amerindia, publicado en el 2009, y que recoge los seis primeros libros de Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1954-1964).

 

Esta publicación que citamos, presenta nada menos que cuarenta poemas que paulatinamente se habían ido convirtiendo en canciones populares con el talento de músicos como Guri Jaquez, “Lalo” Molina, Oscar García y otros. Canciones que ya son clásicos de nuestro patrimonio cultural y tienen por su riqueza poética y musical la condición de ser valoradas en cualquier punto del país.

 

Claro que esta obra -uno de los 79 libros que componen su aporte al cancionero pampeano, muchos aun inéditos- nos presenta sin dudas al “primer Bustriazo”, al que muchos pampeanos ligados al cancioneros de raíz folclórica aprendimos a querer, a admirar, a emocionarnos en noches de peñas en el Camaruco, en Coruhue o en sombreados patios amigos, como el Boliche de los Cabral, de Villa Parque y sus recordados curantos.

 

El creciente reconocimiento al resto de su obra, de matriz más urbana, se enmarca en su segunda etapa creativa que comenzó a manifestarse a mediados de los setenta. Allí acentuó la creación de los neologismos, rescató arcaísmos y atomizó deliberadamente y a conciencia la sintáxis dándole otro marco espacial a sus textos, que pasó del habla rural o de los márgenes de los poblados territorianos al urbano, mostrando una sorprendente veta de creatividad que impacta por su potencial lírico. Al decir de Pinky Pumilla: “su estilo es moderno y original y esas circunstancias lo hacen actual y futuro”. Sin duda reinventó el lenguaje pampeano y leerlo es entrar en la esencia de lo mágico del universo literario que define nuestro terruño.

 

Cancionero.

 

Muchos de los poemas incluidos en el corpus de “Canto Quetral. Tomo I” a los que hago alusión más arriba, comenzaron a circular musicalizados tempranamente, dando carnadura particular a ese cancionero que fue torrentera inagotable para músicos y cantores populares. Pero que también fluyó y afloró en precisas alusiones mitológicas, legendarias e históricas al paisaje y a su gente originaria puelche, salinera, ranquelina.

 

El tema del inhumano extrañamiento que vivieron los aporreados indios vencidos tras las últimas campañas roquistas queda planteado en el poema “Indio Platero”, del libro “Zambas del Piedra Juan” (1954-1959). Aquí, Bustriazo evidencia su condición de memorioso cronista ante el acabado conocimiento del hecho histórico puntual hasta en sus mínimos detalles. Nos deja las claves precisas -exactas- para desentrañar el calvario de la tribu Cabral, “desde el San Luis de su sangre” a la entonces capital del Territorio de La Pampa Central -General Acha-, y aporta claras referencias distintivas de los Nawuel -o sea tigres, tal el linaje de los Cabral- respecto de los otros grupos ranqueles. E indica y sugiere el derrotero y entramado clánico de este grupo fundacional ranquelino desde mediados del siglo XVIII. La cronología casi exacta fue aportada seguramente en historias engarzadas, conjuradas en misérrimas y humosas cocinas paisanas del orillal de los pueblos y de las mejores tierras. Él la puso en la única, particular y genial clave poética que es la esencia de su cancionero.

 

Bustriazo retoma y ahonda en detalles de la dinastía de los Tigres en dos poemas del mismo libro: “Del Chalileo” y “Fermina Zárate”. En el libro “Una excursión a los indios ranqueles”, en el cual Lucio V. Mansilla narra su estadía en Carrilobo en 1870, en la toldería de Ramón Cabral, que no es otro que el “Indio Platero” del poema de Bustriazo; lo describe en su ámbito familiar, y transcribe especialmente el episodio del diálogo con Fermina, su cautiva cordobesa que se trajo de La Carlota en esa época de pactos rotos y desencuentros fronterizos.

 

Recuerdo mis diarias visitas de tarde, en aquellos meses en que Juan Carlos vivió en el estudio del arquitecto Miguel García. En esos tiempos, mi empeño investigativo giraba casi obsesivamente en torno a la dinastía de los Nawuel. Era el espacio para la charla fraterna con Bustriazo sobre el tema.

 

En ese ámbito, en ese tiempo mágico -por su palabra- conocí la composición “Fermina Zárate”.

 

Luego se la escuché cantar allí mismo varias veces a Guri Jaquez. La había musicalizado en tiempo de zamba. En esta obra, el poeta profundiza en el texto una grieta y explora un flanco donde la mujer -poco importa si india o cristiana- es la víctima inocente del conflicto de poderes.

 

El texto cobra particularísima entidad cuando con melancólica plasticidad y suavidad Bustriazo apela a metáforas del paisaje, de elementos físicos, de la flora y aun de la iconografía cristiana, y los evoca en “Fermina Zarate” como recurso de fina expresión, pero también como un sutil campo de observación del comportamiento femenino en relación con una experiencia límite.

 

Pero, cabe preguntarse, ¿existió realmente Fermina?, ¿existieron los tálamos con el cacique Ramón?, ¿o todo fue un recurso literario de Lucio V. Mansilla y luego una evocación romántica de Juan Carlos Bustriazo?

 

Marginal de ambas fronteras, ¿olvidó la cautiva finalmente el mundo que la había olvidado? ¿o volvió para reintegrarse a su comunidad de origen? La respuesta a la primera duda la obtuve poco tiempo después de haber conocido el poema que taloneó mi tozuda curiosidad para recoger pacientemente todo lo que mediante documentos pudiera saberse de ella. Desde entonces hasta hoy, en que releo lo que pude conocer y escribir de ella.

 

En esta brevísima semblanza del Penca -como le llamábamos entonces- pretendo rememorar en cierto aspecto la vida de quien vivió con intensidad dolorosa. Y parafraseando a Edgar Morisoli expresamos “que fue un hombre que recorría la vida a corazón desnudo, casi sin estructuras defensivas, de las más elementales con las que el mundo obliga a armarse a las personas frente a los aspectos negativos de la realidad...”.

 

* Investigador. Colaborador

 

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