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Jueves 02 de abril 2026

Tradición en exquisiteces

Redaccion 02/05/2020 - 06.10.hs

La confitería Pimar lleva casi 50 años acompañando el paladar de la ciudad. Su torta más famosa también tiene otras alternativas como masas finas, postres, budines, sándwiches y toda una variedad gastronómica basada en el máximo sabor.

 

«Esperen un minuto por favor que estoy horneando unas palmeritas», pide Mónica y vuelve apurada a la cocina para terminar esas delicias que en un rato más irán a las vitrinas o directamente en un paquete hacia un encargue especial de algún cliente o clienta que desde hace décadas sabe que la garantía de sabor, calidad y originalidad nunca falla.

 

La historia de la confitería «Pimar» es tan rica como el nombre de su postre más famoso. O como la torta milhojas o las masas finas o el budín inglés. Un lugar de los más tradicionales en el rubro gastronómico de Santa Rosa y la provincia y que hoy, a más de 40 años de su inicio comercial, se mantiene como un referente ineludible hasta para los paladares más exigentes.

 

«Mis viejos fueron los que abrieron la confitería -en la calle Alsina- y eso fue en febrero de 1972. Yo nací en Bahía Blanca y a los 13 ya estábamos acá. En la familia veníamos de una situación económica desastrosa y con el negocio nos empezó a ir bien y a crecer. Varias veces cambiamos de dirección, estuvimos en la calle González, en la Irigoyen, en la Rivadavia», resume Héctor Calderón (61 años), mucho más conocido como «Piqui», quien junto a Mónica Leguizamón (59) abre cada días las puertas de un negocio que tiene el sello de lo exclusivo. «En muchos lugares nos conocen como ‘Los Pimares’, hasta en casamientos nos pusieron cartelitos en la mesa con ese nombre, nos identifican así como si fuese nuestro apellido», se ríen al contar una anécdota que bien pinta la identificación que tienen gracias a sabores que traspasan generaciones.

 

Cuando terminó el secundario, Héctor emigró a la bonaerense Tandil para estudiar Veterinaria. Todo parecía indicar que el camino elegido no tenía nada que ver con la confitería.

 

En 2004 «Pimar» cerró sus puertas y tanto «Piqui» como Mónica solo conservaban el recuerdo de la etapa gastronómica junto a los creadores del emprendimiento.
«Recuerdo que un día, era el año 2008, salgo de la veterinaria y cuando llego a casa le digo a Mónica: ‘No sabés las ganas que tengo de comer un postre Pimar’. Y Mónica me dice: ‘¿Pero sabés qué? No tengo ni idea de cómo se hace’ Y eso que habíamos trabajado bastante tiempo junto a mis viejos, pero el que conocía bien la receta era yo. Al tiempito un amigo también me dice que tenía ganas de comer ese postre porque siempre se juntaba con los amigos a jugar a las cartas y se pedían un Pimar. Ahí fue que empezamos a hacerlo de nuevo», cuenta Héctor sobre ese germen que renació y que, en poco tiempo, se tradujo nuevamente en un local de elaboración y venta.

 

«Arrancamos con el horno de casa, teníamos una batidora chiquita y empezamos a hacerlo para amigos y familiares. Pero cada vez nos pedían más, hasta que mi cuñada me dijo que no podíamos seguir vendiendo de esa manera informal. Nos decidimos y acá estamos», sonríe Héctor cuyo famoso apodo sirvió para las dos primeras letras del postre más pedido de la confitería. «El Pimar es por Piqui y Mar por Marcelo, mi hermano», devela.

 

Sello

 

Masas finas de muchísima variedad, budines, postres, tortas, sándwiches de miga, saladitos, empanadas, pizzas, tartas, son algunos de los productos que se consiguen en el local de la avenida Luro, además del venerado Pimar y de la torta de hojaldre.

 

«El postre Pimar es un bizcochuelo con dulce de leche, chocolate, crema chantilly, durazno y merengue. La verdad que es exquisito. Y lo hacemos en la medida más grande, que es rectangular, y después el redondo más clásico hasta llegar a un tamaña tipo alfajor que podés ir comiendo mientras vas caminando. Esos postres más chicos también lo venden varios negocios como comercios de pastas, rotiserías, restaurantes. Todos los postres y tortas dicen Pimar o bien tienen la P que nos identifica», resalta Mónica sobre otra característica que le da identidad a la pyme.

 

¿Y cómo impactó la pandemia en un negocio de este tipo?
«Como a todos. Por supuesto que hay rubros y trabajos mucho más perjudicados, sobre todo para quienes viven del día a día. Nosotros en un principio nos asustamos y cerramos las puertas una semana. Después nos dimos cuenta de que podíamos trabajar y, por ejemplo, el fin de semana pasado la gente arrasó con todo lo que teníamos. En ese sentido no nos podemos quejar para nada», cuenta la pareja que tiene tres hijos varones y que, según ellos, «ninguno pinta para continuar el legado» de la confitería. «Cada uno tomó su rumbo», señalan.

 

«Mi temor es que de alguna manera se corte la llegada de la materia prima.
Acá hacemos todo bien fresquito, del día, alguna cosa puede quedar para el otro día pero no más que eso. Ahí si no se vendió, se retira. Por supuesto que además de la venta al público nuestra gran salida es a través de los encargues. Yo mismo hago el delivery y reparto los productos», resalta Héctor.

 

La pareja nunca deja de sonreír y de mezclar anécdotas y comentarios. La tradición pastelera se remonta a mucho más atrás que a ese inicio de los ’70 y tanto Piqui como Mónica se muestran encantados de seguir haciendo lo que les gusta.

 

«Mi abuelo vivía en Bilbao, bien vasco, y él era gastronómico. Si bien falleció cuando mi papá era muy chiquito ese legado se transmitió. Por eso hay toda una historia de 80 o 90 años detrás y nosotros nos apoyamos en eso. Somos austeros y mantenemos una línea de trabajo muy clara, eso la clientela lo reconoce y creo que por eso seguimos cada mañana con las mismas ganas de siempre», dice ‘Piqui’ mientras Mónica revisa que las palmeritas ya estén a punto para ratificar, una vez más, ese slogan que los identifica: «Pimar, más de 40 años con cosas buenas».

 


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