¿Cómo nació la escuela rural de Rucanelo?
(Eduardo Castex) - “Coca” Pérez trabajaba en la Escuela de Rucanelo, junto a su hermana que era la directora y otras dos docentes, cuando una imprevista visita cambió el rumbo de la institución educativa y de sus vidas. Corría la década del 60, cuando Don Gaspar y Doña María Brandemann concurrieron al establecimiento educativo, para proponer que cada uno de sus puesteros tenían “tres o cuatro hijos” y pretendían que accedieran a la escolarización.
“Ellos no los podían llevar todos los días a la escuela, pero querían que se escolarizaran. Así nos propuso crear una pequeña escuela albergue”, recordó en el segundo conversatorio “Mujeres del agro: manos que transforman”, enmarcado en los festejos trigueros.
“La vida nos presenta cosas imprevistas donde nos hace reveer cosas del pasado y del presente. Y no pensamos lo que nos depararía ese futuro con 12 niños, donde nos convertimos en una familia grande. Ahí surge mi relación con la gente rural”, recordó.
“Recibíamos niños de distintas edades de familias numerosas, no conocían los lápices porque no había en los toldos. Así que priorizamos la adaptación con los chicos del pueblo. Les enseñábamos a bañarse, a ir al baño, a sentarse en la mesa y que perdieran la timidez. Y después hacíamos hincapié en la escolarización con mucho afecto”, destacó.
Las anécdotas y los relatos fueron muy emotivos. La primera historia correspondió a Serafín, actualmente carnicero en Santa Rosa, quien dibujaba caballos “hermosos” en la tierra. Todos los días una mujer capitalina iba a comprar carne, y no lo conocía. Un día, el carnicero, cuando la mujer se retiraba, le dijo: “Hasta mañana señorita Mirta”, la mujer sorprendida se dio vuelta y se fundieron en un abrazo.
El otro relato lo aportó una mujer que estaba en el conversatorio. Recordó que sus padres eran hacheros y analfabetos, y tuvieron cinco hijos. Tres fueron a la escuela. La mujer –con lagrimas en sus ojos y voz resquebrajada- recordó: “la señora Coca nos acobijaba y nos enseñaba, fue mi segunda mamá y es mí madrina”. “La quiero con todo mi corazón y nunca la voy a olvidar”, aseguró. Y ejemplificó que la docencia era más enseñar a leer y escribir: “Nos enseñó a bañarnos porque no me sabia bañar, y cuando me hice señorita fue quien me acompaño, me dijo que no me asuste y me contuvo”.
La mujer aportó su experiencia en la escuela de Rucanelo, donde arribó desde un puesto donde trabajaban su padres hacheros analfabetos.
Artículos relacionados
