Cuando se celebra la vida, todos los días
¿Qué es la juventud acumulada? Sería un concepto que pretendería definir lo que sucede con las personas que, más allá de su edad cronológica, siguen experimentando ese interés por la vida y su devenir.
MARIO VEGA
Cuando se escucha a personas como Ilda, es de esa gente que invita a reflexionar acerca de qué bueno está poder todos los días levantarse celebrando la vida, más allá de la edad que uno pueda tener. Y así Ilda Elena Lonegro de Righetti (93) cuenta su historia con esa lucidez que ya quisiera uno para sí.
Hace unos días alguien me hizo llegar una nota dirigida “a quien corresponda” –en realidad a autoridades provinciales- para plantear una cuestión que tiene que ver con el Valle Argentino cercano a General Acha. Un lugar que Ilda conoce muy bien porque en su niñez y adolescencia vivió precisamente allí. Su preocupación –expresada en esa misiva- cuestiona la producción que se hace –o no se haría, de acuerdo a lo que cree- de un lugar ciertamente muy fértil que, según ella, ha sido en otros tiempos un verdadero vergel. A su criterio hoy no está suficientemente explotado.
Historia para contar.
Pero más allá de esas consideraciones, conversar con la mujer en su domicilio de la calle José Luro al 600, justo frente al ATTP, fue -confieso- una grata sorpresa. Me encontré con una vecina sumamente amable, inteligente, sensata y perspicaz, con una clara visión de la realidad y las cosas que pasan. Pero, y además, fue acceder a través de su relato a antiguas historias que refieren a una Santa Rosa que ya no es.
Los Righetti.
Ilda fue la esposa de Neptuno Righetti, un hombre que hizo de su oficio
el centro de su vida laboral. ¿Quién no supo de la Tintorería Righetti?
Los Righetti son una familia sumamente conocida, han sido gente de trabajo y desde Neptuno e Ilda para aquí apreciados vecinos de la ciudad. Siempre digo que todos tenemos una historia para contar, y “Abu” (Ilda) como le dicen las chicas que la cuidan tiene naturalmente la suya.
De General Acha.
Oriunda de General Acha, es hija de Francisco Lonegro –”papá fue granadero”, lo recuerda con orgullo-, y su mamá se llamaba Elena. Sentada en el living de la casa que ocupa desde hace por lo menos tres lustros en José Luro esquina Bolivia –antes vivía en una vivienda en la calle Autonomista-, Ilda es cuidada amorosamente por cuatro mujeres que se turnan para atenderla. Fue Silvia Martín –compañera de mi amigo “Chiquito” Díaz, el notable músico fallecido en el 2021- quien me contactó para que se difundiera la nota que por Valle Argentino “Abu” le dirige a las autoridades provinciales. Las otras “chicas” que la asisten son Ester de la Cruz, Graciela Villar y Silvia Pacheco.
En el Valle Argentino.
Más allá del interés que aquella nota pueda despertar, lo cierto es que en el devenir de la charla fueron surgiendo hechos, lugares y nombres que hicieron atractivo el relato de Ilda. “Éramos seis hermanos, y ahora quedamos Haydé que vive en Guatraché y yo… Recuerdo con mucha nostalgia cuando con mi familia vivíamos en el Valle Argentino. Mi padre con mis tíos se dedicaban a la siembra de alfalfa, y en ese lugar había todo tipo de frutales, algo que venía de mi abuelo Nicolás Lonegro que les inculcó el valor de las plantaciones de frutales, nogales, verduras, peras y manzanas… ¡Era hermoso todo eso!”, resumió.
Buena memoria.
Con el paso de los años llegó la etapa de trabajar, y ella pudo ingresar en Casa Iglesia, una de las más importantes de General Acha. Tiempo más tarde, ya radicada en Santa Rosa, supo desempeñarse en Tiendas Galver.
La miro a Ilda y observo su serenidad mientras habla… El cabello plateado bien peinado, pendientes, algún anillo en sus largas manos, y una sonrisa calma que asoma en su rostro. “Abu” es amena, cuenta con detalles y tiene una excelente memoria.
Neptuno, el esposo.
Evoca sus tiempos de noviazgo con Neptuno, a quien conoció en General Acha y al que siempre llamó “Negro”… “Sí, era un nombre no muy común el suyo”, concede. “Él sabía ir con un amigo y nos pusimos de novios. Se sabe que en otros tiempos los matrimonios se ‘arreglaban’, y las jovencitas debían casarse con quienes decidían sus padres… Por suerte el mío era una persona comprensiva, y cuando conoció a Neptuno de entrada le cayó muy bien, porque lo sabía una persona muy trabajadora”, sostiene.
Familia numerosa.
Righetti ya tenía la tintorería cuando se casaron y vinieron a vivir a Santa Rosa. Corría el año 1950. El matrimonio iba a tener siete hijos: Ricardo (fallecido), Néstor, Daniel (“Fifito” fallecido), Mariela, “Maresa” (María Teresa), y los mellizos René y Carlitos.
Una familia numerosa que se completó con 16 nietos y 30 bisnietos. “Ella recibe muchísimas visitas, porque los nietos pasan un ratito todo el tiempo”, acota una de las damas que la cuidan. Y semejante parentela hace suponer un desfile permanente de otros jóvenes Righetti.
La tintorería.
No caben dudas que la Tintorería Righetti (Neptuno era socio con su hermano René) es un ícono de la ciudad. Un comercio emblemático que –con sólo mencionarlo- conduce a rememorar una sociedad santarroseña que, con el tiempo, fue creciendo al ritmo del trabajo y el esfuerzo de su gente.
“Con la tintorería –siempre ubicada en calle Pellegrini 371- teníamos muchísimo ajetreo. El comercio estaba adelante y nosotros con nuestros hijos vivíamos atrás… ¡Fueron tiempos de mucho trajín!, cuenta “Abu”.
Mucho trabajo.
Santiago Bernardino Relinqueo –hoy tiene la tintorería La Gloria en Leguizamón 1445, a metros de avenida Luro- fue empleado y alguna vez me contó que a Righetti “los viernes llegaban del Regimiento de Toay chaquetillas, camisas y todo tipo de ropa. Camiones cargados venían… Además de toda la clientela de la ciudad, e incluso de algunos pueblos vecinos. Llegamos a laburar de corrido desde las 4 de la mañana del viernes hasta el sábado a las 2 de la tarde”, recordó.
Planta de personal.
Ilda corrobora que había una actividad impresionante. “Y además teníamos allí mismo sombrerería, la única de Santa Rosa… así que mi esposo preparaba los sombreros y yo los cosía”, apunta.
Había en diferentes turnos entre 15 y 20 empleados, y se podría decir que era un comercio floreciente. Al punto que una vez al año se licenciaba a todo el personal y permanecía cerrado por un mes. “Con mi esposo y los chicos nos íbamos siempre a Monte Hermoso”, se acuerda Ilda.
Antiguo oficio.
Dicen los que dicen saber que el oficio de tintorero se remonta a tiempos remotos, cuando civilizaciones como la india, la persa y la china, llevaban adelante un proceso manual para teñir prendas de vestir. En nuestro país se asocian las tintorerías a la comunidad japonesa, que llegó a tener unos 2.000 locales diseminados en la ciudad de Buenos Aires en los años ‘60 del siglo pasado.
Righetti, una marca.
Entre nosotros Righetti ha sido una marca, un apellido que vincula directamente a una tradición que hoy podría parecer un poco una rareza. Sigue siendo una tintorería que se mantiene aún ante el avance tecnológico, los cambios, las modas y todo lo nuevo que suele arrasar de un plumazo con largas décadas de usos y costumbres.
Hoy manejada por un nieto (René), la Tintorería Righetti con más de 80 años sigue vigente.
Estalló una caldera.
La mañana del 24 de septiembre de 1960 una tremenda explosión sacudió a la ciudad. Eran poco más de las 7 de la mañana, muchos santarroseños se preparaban para ir a trabajar cuando el estruendo se escuchó de todas partes.
Mientras la sirena del Molino Werner sonaba, puntual, a las 8 de la mañana, los vecinos se iban enterando que una caldera había explotado en la Tintorería Righetti.
“Estalló una caldera”, “la explosión causó el derrumbe casi total del edificio”, titulaba La Arena al día siguiente. Y relataba que, después del estruendo, mucha gente se acercó hasta el lugar donde se observaba “un panorama desolador”.
Escombros y ropas en los techos.
La caldera voló por los aires y sus restos se esparcieron por toda la manzana, cayendo encima de algunos techos. Afortunadamente no todos los empleados habían llegado al momento del siniestro, lo que hizo que si bien hubo heridos no se produjeran víctimas fatales. Sí pasó que una operaria, Marina, sufrió fractura en una pierna y quemaduras que, más tarde, llevó a que fuera trasladada a Capital Federal. Neptuno sufrió un corte en el cuero cabelludo; y otros empleados, Rodríguez, Campodónico, Muñoz y Eberhardt, sólo tuvieron algunas contusiones.
El terrible percance desparramó maquinarias destrozadas, y toda la ropa que –a montones- había en el local. Con el paso de los días muchos vecinos iban acercando parte de las prendas que habían caído en sus domicilios, obviamente casi toda ya inutilizada.
“Perdimos todo”.
Casi como si estuviera reviviendo aquel momento dantesco Ilda cuenta: “Fue tremendo… yo estaba en la casa con los chicos, cuando de pronto la habitación se llenó de cenizas… Se puso oscuro y no se veía absolutamente nada”, relató. “No nos pasó nada por suerte… pero perdimos todo. Hasta las ganas de comer”, graficó.
A la distancia no deja de reconocer “el gesto de la gente. Hubo una enorme solidaridad, y muchos que nos ayudaron. ¿Si los clientes reclamaron por sus ropas? No. Todos entendieron la situación, y gracias a la ayuda de tantas personas a los pocos meses la tintorería se puso nuevamente en marcha”, expresó.
Otras tintorerías.
Con el transcurrir todo empezó a normalizarse y la tintorería volvió a trabajar como en los viejos buenos tiempos. Pero, también, varios de quienes se desempeñaron allí y aprendieron el oficio empezaron a poner sus propios locales, y continuaron con la saga iniciada por Righetti. “Sí, hubo quienes pusieron su tintorería como (“Pichón”) Relinqueo, los Loyola (“Quico” y “Quite”), “El Turco” Sessa y Muñoz, entre otros”, agrega con satisfacción Ilda.
Siempre en familia.
Neptuno falleció a una edad en que hoy una persona se puede considerar joven, y dejó sin dudas una gran y hermosa familia. “Hemos sido muy felices –siguió Ilda-, con nuestros hijos y nietos… porque pudimos darnos varios gustos como viajar… al Negro le gustaba siempre andar en familia”, recordó.
Y eso sí, el hombre cumplió con su promesa. “Una vez me dijo dónde quería ir yo, y contesté México. La cuestión es que no fuimos ahí, pero pude conocer siete países de Europa”, completó.
Su vida hoy.
Hoy en día “Abu” vive rodeada de cantidad de fotos de distintas épocas de su vida que aparecen enmarcadas y en distintas repisas, y obviamente rodeada del cariño de sus afectos más cercanos. A sus próximos 94 años –más allá de un problema en sus piernas que le impide una completa movilidad-, le gusta vestirse bien, aparecer prolijamente peinada y con un tenue toque de color en sus labios. Porque no es cuestión de perder la elegancia. ¿no es cierto Ilda?
Juventud acumulada.
Sus acompañantes cuentan que “come de todo… pero controlado. Le gusta escuchar música, especialmente boleros”. Y agrega ella con picardía: “¿No dicen que la música amansa a las fieras?”.
Sorprende su raciocinio para entender las cosas que están pasando, y en ese sentido sobre la realidad del país no tiene dudas: “Esto es un desastre… nunca vi nada igual”, afirma.
Y en su evaluación tiene presente y la preocupa lo que vio en el Valle Argentino… “Fui hace un tiempo y me vine muy triste, porque allí se puede hacer mucho más”, reafirma.
Es una mujer con sus años bien vividos, y como ha dicho la periodista Fanny Mandelbaum, tiene “juventud acumulada”. Un eufemismo para referir a personas como Ilda, que pueden mostrar su claridad mental e inteligencia para percibir la realidad… Más allá de la edad, con ese ánimo siempre arriba que le permite vivir a pleno. Celebrando la vida en cada amanecer...
Un reclamo por “tanta riqueza desaprovechada”.
Es el más importante de los valles de nuestra provincia. Un área de transición entre la Pampa Húmeda y la Pampa Seca que, según el registro arqueológico está ocupado por el hombre desde hace centenas de años.
Está compuesto por planicies, valles y lagunas y constituyen la zona de recarga del acuífero Valle Argentino y es aquí donde se encuentran los recursos hídricos más importantes.
Cabe decir que el Vivero Forestal Provincial en General Acha se encuentra sobre la Ruta Nacional Nº 152, a 16 km de la localidad y es uno de los centros de producción forestal de la Dirección de Recursos Naturales. Allí se producen diversas especies como ciprés, pino de Alepo, fresno, álamo y eucalipto.
Ilda Elena Lonegro entiende que no es suficiente con la actual explotación, y que en otras épocas se aprovechaba de una manera más beneficiosa para la comunidad. “Estuve tiempo atrás en el Valle Argentino, y volví con el alma destrozada por tanta riqueza desaprovechada”, disparó.
Eso la llevó a escribir una nota dirigida a las autoridades, que es la que sigue.
“A quien corresponda: “Mi nombre es Ilda Lonegro de Righetti, tengo 93 años y me dirijo a ustedes con el respeto que merece la función que desempeñan, pero también con la autoridad que da haber vivido y trabajado esta tierra desde hace más de un siglo.
En el año 1911, mi familia vivía en el Valle Argentino, en General Acha, provincia de La Pampa. En aquella época, esa zona era un lugar de trabajo, de producción y de sustento. Allí se hacían huertas, se cultivaban árboles frutales como peras, duraznos, ciruelas, pelones, uvas y nogales, y se elaboraba vino. El Valle daba vida y trabajo a quienes lo habitaban”.
Y sigue: “Hoy al ver que ese mismo lugar funciona únicamente como un vivero provincial con plantación mayoritaria de pinos, siento que gran parte de su potencial se ha perdido. No lo digo desde la crítica, sino desde la experiencia de haber visto lo que ese lugar fue capaz de producir.
Creo sinceramente que el Valle Argentino podría ser nuevamente un espacio productivo, con frutales, huertas y proyectos que generen trabajo para la gente de General Acha, recuperando saberes, identidad y oportunidades para las nuevas generaciones”.
Pidió “al menos evaluar” sus expresiones. Y completó su escrito: “Entiendo que los cambian y que existen normativas y decisiones que deben respetarse, pero considero que vale la pena al menos evaluar alternativas que permitan darle a esa tierra un uso más acorde a sus posibilidades reales.
Les agradezco el tiempo dedicado a leer estas palabras y espero que puedan ser tomadas como un aporte sincero, nacido del recuerdo, el trabajo y el amor por esta tierra”, concluyó.
Una vida en tres imágenes.
Bien cuidada.
Acompañada por tres de las cuatro personas que la cuidan todo el tiempo: junto a ella Silvia Martín, Ester de la Cruz y Silvia Pacheco. Falta en la foto Graciela Villar.
El día de la explosión.
Una tremenda explosión, el 24 de septiembre de 1960 estremeció a la ciudad. Explotó una caldera de la tintorería Righetti y escombros y ropa volaron por los aires.
El relato en LA ARENA.
La Arena, después del tremendo suceso que conmocionó Santa Rosa, relató de qué manera sucedieron los hechos. Después los vecinos tuvieron enormes gestos de solidaridad con los Righetti.
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