Diego Carrión, sólo se trata de vivir
A los 49 años, Diego Carrión recorre las rutas argentinas en bicicleta tras el desplome del empleo petrolero en el Sur. Hizo una escala obligada en Santa Rosa para reparar su teléfono y retomar la marcha hacia las sierras cordobesas, con la carpa al hombro y la única meta de volver a empezar.
Debe haber momentos para todo en eso de andar las rutas pedaleando. Desde disfrutar el paisaje hasta sentir la libertad de no tener horarios ni obligaciones. Ninguna otra que no sea a determinada hora encontrar un refugio y detenerse a descansar, comer algo y quedarse en la noche cavilando sobre lo que viene… o quizás sobre lo que quedó atrás.
Rumbo a Córdoba.
Están los aventureros, aquellos que cada tanto se lanzan a una expedición para sumar kilómetros sobre dos ruedas por puro placer. Pero también están quienes se movilizan con un objetivo mucho más concreto y urgente: sobrevivir y encontrar un nuevo rumbo. Es el caso de Diego Carrión (49), quien desde hace un par de días se deja ver en la capital pampeana con su bicicleta cargada de bártulos y la mirada puesta en el horizonte.
“Estoy esperando que me arreglen el celular para continuar viaje. ¿Dónde voy? Mi idea es llegar a Córdoba y ver si me puedo instalar por allí y conseguir algún trabajo”, explica con amabilidad Diego a quien se acerca a preguntarle por su destino.
El éxodo desde el desierto
El hombre viene pedaleando sin pausas desde Comodoro Rivadavia, en la provincia de Chubut. La travesía no es un mero capricho recreativo, sino el resultado directo de la transformación económica de la región patagónica.
“Aquello es un desierto… no queda nadie. Se terminó ahí el negocio del petróleo y golpeó duro, porque todas las empresas se fueron para Vaca Muerta”, lamenta Diego sobre la dura realidad productiva que se vive en el Sur argentino, donde el parate laboral dejó a cientos de trabajadores sin sustento.
Sin grandes sueños.
“No tengo grandes sueños, solo busco sobrevivir y conseguir trabajo. Viajo con carpa y lo básico, pedaleando entre 80 y 120 kilómetros por día.”
Nacido en la localidad de Lavalle, Mendoza, Diego conoce el esfuerzo desde niño: “Trabajé desde chico en la chacra y la cosecha, pero se ganaba muy poco, así que de joven me fui… Arranqué con un bolso a dedo y llegué a Comodoro, donde trabajé de albañil, pintor, electricista”.
Sin embargo, el panorama comodorense se volvió hostil. “Ahora está todo mal porque se fue la actividad petrolera y la ciudad está muerta”, agrega. En esa ciudad sureña formó pareja (está separado) y nació su hija Diana, quien hoy tiene 31 años y reside en Ushuaia, a quien no ve desde hace un tiempo.
El cruce por La Pampa
Hace poco menos de un mes, tomó la decisión de armar las alforjas y salir a la ruta 3. Pasó por Trelew, cruzó Sierra Grande y alcanzó Río Colorado. Allí viró hacia territorio pampeano: “Tomé la ruta 154 hasta llegar a la 35. Llegando a Perú me agarró una tormenta bárbara y me mojé todo, pero por suerte a la Policía de Ataliva Roca le avisaron que venía un loco en bicicleta por la ruta y me fue a buscar”, relata entre sonrisas y agradecimiento.
Tras la asistencia policial, avanzó hacia Santa Rosa y armó su carpa transitoria en inmediaciones de Canal 3. “En cuanto tenga mi celular sigo para Córdoba, creo que para Mina Clavero, y si consigo trabajo ahí me quedo”, completa sobre sus planes inmediatos.
Mirada crítica.
A lo largo de sus jornadas sobre dos ruedas, Diego se mantiene acompañado por una radio portátil que le permite estar al tanto de la coyuntura nacional. Al ser consultado sobre el presente del país, responde sin rodeos y con marcada preocupación:
“¿El país? No tenemos rumbo… vamos para cualquier lado. Pero el tema es que las empresas se están yendo y las pymes se cierran porque los matan con las importaciones”, razona con la claridad de quien palpa el día a día en la calle.
“¿Si tengo sueños? Los tenía a los 30 años. Ahora la verdad es que todo pasa por sobrevivir, ¿qué voy a soñar... con comprarme un auto o una casa?”
A sus 49 años, sus aspiraciones se ajustan a la crudeza del presente. Sin embargo, no pierde la vitalidad ni el espíritu inquieto. Se define como un apasionado por la lectura y la radio, hábitos que alimentan su lucidez mientras devora kilómetros de asfalto.
Lo que viene.
Pronto partirá de la capital pampeana, como tantos otros caminantes que transitan nuestras rutas. Algunos lo hacen por la aventura del viaje; Diego, en cambio, pedalea en busca de una tierra más amigable para salir adelante.
Pedalear por la vida es, al fin y al cabo, un viaje de transformación personal donde cada kilómetro exige paciencia y resiliencia. Como en el camino, hay subidas duras que demandan esfuerzo, bajadas para disfrutar y pausas para reflexionar sobre lo que vendrá… o sobre lo que va quedando atrás.
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