El cierre del emblemático Molino Werner
Fue un durísimo golpe para una ciudad que veía derrumbarse un símbolo de poderío económico. Aquella vez 200 empleados quedaron en la calle. Tan parecido a lo que sucede en estos tiempos, y aquí nomás.
MARIO VEGA
La sirena de niebla de un barco estentórea y nítida cruzaba el aire de Santa Rosa. Era en un tiempo marcado por la bonanza y una cierta sensación de bienestar para una sociedad tranquila, que lejos estaba en número de habitantes de estos 120 mil que –se afirma- tiene hoy la ciudad.
Cuando Emilio Werner se hizo cargo del molino, allá por 1945, era sólo un poblado que apenas superaba los 18 mil vecinos. Luego se iría incrementando, de manera constante y considerable, hasta llegar a esta Capital que conocemos.
La actividad agrícola ganadera era el motor de la economía de la zona, y la fuente de riqueza de una provincia que se adivinaba pujante y con un destino de prosperidad. Más allá de los avatares no siempre favorables que cada tanto se presentan en nuestra querida Argentina.
La sirena del Molino.
Los más jóvenes, si los pusiéramos al corriente de la historia del sonar de la sirena del Molino -a horas muy precisas del día- se preguntarían incrédulos: ¿Un barco en la inmensidad de la llanura alertando de su presencia en medio de la niebla? Contarlo a las nuevas generaciones conlleva el desafío de que crean en el relato… Pero era así, eso sucedía. Precisamente a las 8 de la mañana, a las 12 del mediodía; y por la tarde a las 14 y a las 18, la bocina náutica les recordaba a los santarroseños en qué momento de la jornada diaria estaban. Esos horarios se modificaban en media hora durante el período invernal.
Sucedió durante décadas, y fue un símbolo distintivo de una ocurrencia de Emilio Werner que un día apareció con el artefacto que les iba a anunciar a los operarios y empleados del Molino el momento de ingreso y egreso de sus trabajos. Se transformaría en un clásico de la ciudad de aquellos tiempos.
La quiebra.
Fue un día de marzo de 1980. La sirena dejó de sonar. El Molino Werner cerró para siempre sus puertas, y con esa clausura definitiva 200 personas, nada menos, quedaban sin empleo.
Eso sucedía en una ciudad que tenía menos de la mitad de habitantes que hoy, lo que significaba un duro golpe porque desaparecía una de las fuentes laborales más emblemáticas de la época. Quizás la más importante de nuestra provincia.
Los perjudicados.
Fue una tragedia para muchas familias, y para un entorno social que –de alguna manera- dependía de la aceña ubicada sobre calle 1º de Mayo, aledaña a las vías del ferrocarril hacia el oeste de la ciudad. Había sido por décadas una poderosa industria que con su quiebra, por supuesto, produjo perjudicados y daños colaterales.
“Porque el Molino era algo así como podría ser el Banco de La Pampa, tal su fortaleza y confiabilidad… Pero un día pasó lo que pasó”, expresó por estas horas uno de sus antiguos empleados, que nunca olvidó los buenos momentos vividos en un lugar que era entonces uno de los más apreciados como fuente laboral.
La historia.
Dicen los que dicen saber que fue en 1902 que comenzó a trabajar el que sería el primer molino harinero en La Pampa. Era una iniciativa de Luis y José Heil. Estos después tuvieron como socio a Cristóbal Rollino; y un lustro después habría de comprarlo Juan Bancalari y Alfredo Forchieri.
Vino una etapa de expansión de la planta, y los dueños lograron que el Ferrocarril accediera a un desvío desde la vía auxiliar de la estación General Lagos (hoy Santa Rosa) para el ingreso de vagones de carga y descarga.
El molino pasó a llamarse Establecimientos Industriales Pampa Central.
En ese momento se tomó la decisión que a la molienda de harina se sumara la fábrica de fideos y la de hielo.
Lo compra Werner.
En una operación que se realizó el 24 de noviembre de 1945 el molino era adquirido por Emilio W. Werner a la Sociedad Mercantil Colectiva “Juan R. Bancalari”.
A partir de allí se introdujeron importantes reformas y ampliaciones de la factoría, que pasó de tener unos 80 operarios a 200, “o 201” precisó por estas horas un empleado que hasta el día final se desempeñó como jefe de personal.
Se modernizó la planta, el laboratorio, la fábrica de fideos, y se agregaron instalaciones como nuevos silos.
Años de bonanza.
Mientras tanto, la familia construía en un sector del predio el famoso chalet de los Werner, dotado de una pileta de natación con su correspondiente trampolín, que era la envidia de quienes podían “espiar” desde afuera la moderna y señorial mansión.
Fueron años de gran desarrollo, con enorme productividad, con chacareros que depositaban en Werner sus cosechas con toda confianza –a veces juntaban hasta un par de ellas a modo de ahorro- y que tenían sus correspondientes dividendos.
Cientos de camiones.
Cómo no recordar en los veranos –lo tienen bien presente los vecinos de Villa Tomás Mason y Villa del Busto, y todos los que estaban alrededor- cuando se veía durante días y días esa escuadra de camiones uno tras otros, circundando la playa de la estación del ferrocarril con la valiosa carga de granos que iban a parar al Molino. Un verdadero espectáculo que hablaba de abundancia, de bonanza y, en síntesis, de bienestar. Otros tiempos. Lindos tiempos…
El final.
Pero se sabe, el bienestar no puede ser eterno. Las vicisitudes de nuestra economía determinaron que en los ‘70 comenzaran los problemas financieros, y Werner tuvo su primera convocatoria de acreedores, pero esa vez logró zafar de la quiebra. Pero lo que vendría en lo patrimonial sería más duro aún con el golpe de Estado de 1976, y con la dictadura las nefastas consecuencias. Se instaló el modelo Martínez de Hoz, basado en la especulación financiera (la famosa “plata dulce”), en tanto la apertura de las importaciones provocaba una verdadera debacle estructural en el país.
Werner había hecho inversiones con la intención de modernizar la planta, pero su nuevo equipamiento se pagaba en dólares –su valor pegaba enormes saltos- y el mantenimiento del Molino se hizo entonces insostenible.
El final se veía venir. Primero cerró la fábrica de fideos en 1979 y diez años después se iba a decretar la quiebra definitiva.
Los incendios.
Después de la liquidación, la planta fue adquirida por la Federación de Molineros y más tarde por Morixe, que la utilizó como depósito. Luego, mientras estuvo abandonada, se produjeron al menos tres incendios. El primero en enero de 2010, en el sector donde funcionaba la fideería, provocando graves daños en la estructura de madera de pinotea, afectando entrepisos, pisos, aberturas y vigas.
Después, en los que habrían sido ataques vandálicos, hubo dos más. Uno en octubre del 2011 y otro más en febrero de 2012.
Tierra de nadie.
Poco a poco el inmueble se fue convirtiendo en un edificio fantasma, visitado por adolescentes que aprovechando que era tierra de nadie lo usaban como lugar de esparcimiento. El riesgo pasaba porque chicos y chicas se subían a los techos y a las partes más elevadas del complejo edilicio y caminaban por las cornisas, o se asomaban peligrosamente al vacío.
La tragedia se hizo presente cuando un chico de 12 años, que se había subido a lo alto del edificio resbaló y cayó al vacío hallando la muerte.
Instalaciones municipales.
Parte de la emblemática estructura, desde el 22 de abril de 2019, está siendo utilizada por la comuna santarroseña. Se recicló un sector para que funcionen allí talleres culturales y la escuela municipal de cerámica.
El resto del asentamiento es ahora un vestigio que invita al recuerdo de una época dorada de desarrollo y prosperidad, que los vecinos más antiguos de la ciudad evocan no sin cierta nostalgia.
Un día cesó el conocido zumbido de la sirena. Y también se terminó, para siempre -a la hora señalada, cuando se escuchaba el sonido de un barco en medio de la niebla (???)- el paso interminable de operarios vestidos con sus ropas de trabajo, muchos en bicicletas, en motos o sencillamente caminando…
Los camiones y los bolseros.
Ya es parte de un recuerdo brumoso la presencia en los veranos de filas de cientos de camiones rodeando la estación, en lo que era una demostración clara de cosechas cuantiosas, que dejaban fortunas en las alforjas de los chacareros de entonces.
No dejaban de llamar la atención, en la misma playa de la estación, las estibas de bolsas de cereal que se iban levantando hasta aparecer en las noches como castillos fantasmales. Cientos de hombres –los bolseros- cargaban en sus hombros las pesadas bolsas con asombrosa habilidad. Todo un espectáculo que la gente común apreciaba y admiraba porque trabajaban con denuedo bajo un sol abrasador.
Tan parecido a hoy.
En este tiempo, ya se sabe, se multiplicó el cierre de empresas –algunas muy reconocidas- como FATE (920 empleados); Frávega; Yaguar en Bahía Blanca; Papelera Paysandú, etcétera. El triste panorama se repite en todo el país, donde más de 22 mil pymes no pudieron continuar.
Al parecer el experto en crecimiento económico “con o sin dinero” todavía no empezó su tarea. O en todo caso tomó para un rumbo que no esperaban los argentinos, y las clausuras y los despidos están a la orden del día.
Hace más de cuatro décadas sucedía algo parecido. El Molino Werner cerró… 200 empleados quedaron en la calle. Hoy, a 46 años de ese momento, no se deja de recordar que fue un emporio en el que muchos aspiraban a trabajar, pero que quedó definitivamente cerrado.
Echando la mirada atrás –a los viejos buenos tiempos- quienes conocieron de qué se trataba no podrán eludir un sentimiento de cierta pena por una clausura que llegó de la mano de políticas económicas muy parecidas a las actuales. Con lo que podría concluirse que cualquier parecido de aquello con lo que sucede hoy no es mera coincidencia… Claro que no.
“Igual a lo que pasa ahora en el país”.
Osvaldo Rivero camina por lo que fue parte del patio del antiguo Molino Werner y canturrea bajito… “Cuántos recuerdos queridos, cómo poder olvidar”. Era el 22 de marzo de 1980 y hasta allí había sido Jefe de Personal de Molinos Werner. Y fue quien tuvo que anunciar que no se cobraba el salario porque había llegado esa orden de Buenos Aires, y que era el último día de trabajo.
Habían pasado días de angustia, porque la clausura se olía en el aire con la producción prácticamente parada. Los empleados recién un año y medio después percibirían la indemnización, naturalmente devaluada por la inflación. Y cabe imaginar el trance que debieron atravesar los que no pudieron insertarse rápidamente en el circuito laboral.
Distintas historias.
Mirtha Fernández recordó que había entrado a los 19 años “en el sector Fideería. Y sí, allí trabajábamos muchas mujeres, en distintos turnos… fue una tristeza bárbara cuando cerró; pero por suerte después conseguí trabajo en una fábrica de pastas donde estuve 22 años”, recordó.
Justamente Cacho es su hermano, quien entró a trabajar cuando tenía 14 años. “Era cadete y le daba una mano a Rivero en Personal”.
Hugo Espinosa se desempeñó en la parte de electricidad, y tenía como compañero a Juan Mazucco. “Estuve 14 años y me fui antes del cierre”, contó. Fue uno de los encargados “más de una vez de hacer sonar la sirena…”, verdadero símbolo de esos tiempos en la ciudad.
Roberto Montes trabajó en el depósito y luego en ventas contables. Se fue antes de la clausura del Molino.
Más testimonios.
Igual que Mario Chaves, quien era “el corresponsal” y por su habilidad con la máquina de escribir el que se encargaba de redactar las notas en la administración. Hoy dedicado al periodismo, trabajó antes en diversos bancos de Santa Rosa.
Ricardo Santajuliana era tornero y su área era la de Mantenimiento. “Fueron 16 años hasta que ese portón se cerró para siempre. Nos dijeron muchachos mañana no vengan y ahí se acabó todo”, rememoró.
Juan Carlos Visenz manejaba. Era chofer y se quedó trabajando con los Werner aún después de cerrada la fábrica.
No tuvo la suerte de otro antiguo chofer, Luis Tesio, que de Werner recibió como regalo una hermosa cupecita Mercedes Benz negra, que cuidaba con notable esmero.
Los ex empleados no dejaron de mencionar a otras personas que trabajaban en Werner, como Sebastián Parodi (gerente), y los jefes Juan Domínguez y Oscar Facundo de Uriarte. Y en ese repaso aparecieron nombres como los de Matías Figueroa, Ernesto Rafael Rossi Ávalos, Santiago Dittler, Tono Orueta, Floro Domínguez, Mingo Desch, José García, Lucio Sombra, Negro Piñeiro, Fermín Contreras y los Cascallares, entre muchos otros.
Dónde está la plata.
Fue Osvaldo Rivero el que recordó la anécdota de la visita de Alejandro Agustín Lanusse cuando vino a Santa Rosa en mayo de 1973. El Molino estaba pasando un mal momento financiero y necesitaba un auxilio –que no conseguiría- para continuar. “Dónde está la plata…”, dijo Lanusse mirando a Emilio Werner. Éste, sin arredrarse, serio y casi enojado le contestó –señalando las nuevas maquinarias, con las que apostaba a mejorar la producción-: “Aquí está la plata… Nunca me quedé con un peso”.
La política económica de la dictadura de Lanusse iba a ser el primer golpe al que el Molino pudo sobrevivir, pero después no soportó el embate de Martínez de Hoz y las consecuencias son conocidas: debió cerrar.
“Eso fue igual a lo que está pasando ahora en el país…”, coincidieron varios de estos ex empleados de Werner que, aquella vez, debieron salir a buscar otro trabajo.
No obstante, en este reencuentro, recordaron casi con cariño aquellas lindas épocas, cuando decir Molino Werner era como “hablar de un banco financieramente sólido. Trabajar en Werner era saber que estábamos en un lugar de prestigio”, señalaron.
Una historia en tres imágenes.
Largas filas.
Los camiones cargados de cereales llegaban de a cientos y hacían fila rodeando la playa del ferrocarril. Había chacareros que dejaban –a modo de ahorro-- hasta dos cosechas en los depósitos de Werner.
Lanusse de visita.
En 1973 Lanusse, presidente de facto, estuvo en el Molino, entonces en convocatoria. No prestó ayuda alguna, pero igual esa vez Werner pudo zafar de la quiebra que llegaría años más tarde.
Carga para molienda.
Las estibas de bolsas de cereales que se iban levantando en la playa del ferrocarril. Toda una postal de mejores momentos, porque toda esa carga iba a la molienda de Werner.
Artículos relacionados
