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Domingo 21 de junio 2026

El hombre que le pone color a la vida

Redacción 21/06/2026 - 00.14.hs

Los artistas que pintan murales y lienzos expresan de manera visible una necesidad humana tan antigua como el fuego: la de imaginar, crear y dejar una huella que no encaje en las fórmulas del mercado.

 

MARIO VEGA

 

El flaco marcha pedaleando rítmicamente con su porte de casi dos metros. Se bambolea sobre la bicicleta, ajeno al apuro de los demás, como si el tiempo tuviera la obligación de esperarlo. No todos lo saben, pero es el pintor de murales y rostros, el tipo que anda por la ciudad poniéndole colores a la vida. Es al cabo un artista urbano.

 

Gogue va despreocupado, ensimismado en sus pensamientos, sin saber que hay algo que llama la atención en él. Y no pasa desapercibido.

 

Pienso que hay personas que parecen haber nacido para caminar al costado de los caminos. No por extravío, sino por elección de ritmo. Porque mientras el mundo corre ciego detrás de relojes, pantallas y horarios rigurosos, él sigue persiguiendo líneas, colores y paredes vacías.

 

Quién es Gogue.

 

Gastón Ezequiel Suhurt (40) es un creador santarroseño. Vivió hasta pasada su adolescencia junto a su familia en el Barrio Butaló, y es hijo de Oscar Amaro Suhurt –en su momento futbolista de nota del Club Atlético Santa Rosa--, y de Adriana Silvia Carretero. Son tres hermanos (con Víctor Oscar que trabaja en Prosegur, y Julián Andrés que se desempeña en la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Santa Rosa), y tiene varios sobrinos y una gran cantidad de amigos. “En todos los ambientes, en el fútbol, de las ferias de artesanos y de la calle en general”, confía sonriente.

 

Los estudios.

 

Hizo la primaria en la Escuela 74; después aprendió Comunicación Arte y Diseño en el Polivalente de Arte (hoy el Crear), y pasó por la Universidad Nacional de La Pampa para hacer Diseño Gráfico. “No terminé, pero aprendí mucho… lo que pasa es que en ese tiempo empecé a trabajar en el diario (La Arena) en la parte de publicidad, y le metíamos muchas horas” y recuerda que compartía la tarea con Elsa Braun, Claudia Espinosa y Coty Redín. También colaboró en el suplemento “1+1” que salió durante varios años.

 

Antes del artista.

 

Sonríe y rememora. Y entonces cuenta que antes de vivir de la pintura hubo otros paisajes, de esos que curten la paciencia. Hubo jornadas largas detrás del mostrador de una estación de servicio. Hubo cafés servidos a desconocidos de paso, hamburguesas cocinadas a las apuradas y noches eternas donde el tiempo parecía clavado bajo la luz blanca y fría de los tubos fluorescentes.

 

“Fueron cinco años en el Full de la YPF de calle Ameghino… la verdad es que me alcanzaron para aprender muchas cosas”. Y puntualiza que allí supo lo que es adquirir la templanza “y aguantar” el cansancio y el peso silencioso de los feriados trabajados.

 

Es que pasaron navidades completas escuchando motores encenderse y arrancar hacia el reencuentro familiar que él iba a ver demorado por tener que trabajar. Supo lo que es pasar años nuevos acompañados por el zumbido monocorde de las heladeras; a los primeros de Mayo sirviendo café mientras otros descansaban.

 

Sentirse encerrado.

 

Pero todo le sirvió de experiencia. Se quedó convencido que esa escuela de horarios rotativos le dejó disciplina y una certeza inquebrantable: “la vida tenía que parecerse más a un mural libre que a una planilla de turnos”, me dice casi divertido.

 

Será que fue por que eso un día decidió saltar al vacío. Cambió la seguridad del sueldo fijo por la incertidumbre absoluta de la pintura. Y aunque el vértigo nunca desapareció del todo, jamás volvió a sentirse encerrado.

 

Cada obra, una historia.

 

Es que los muralistas y retratistas miran la realidad de una manera muy personal. No reproducen una imagen; interpretan emociones, rescatan historias, salvaguardan identidades. Valoran la libertad creativa por sobre todas las cosas, no por un capricho de rebeldía, sino porque las normas rígidas les asfixian la expresión.

 

Quien pinta rostros pasa horas observando gestos, adivinando dolores y alegrías, y en esa atención minuciosa desarrolla una conexión entrañable con las personas comunes. Convierten una pared gris en un homenaje, un mensaje o una declaración de principios.

 

Su historia.

 

Su historia empezó mucho antes de los murales gigantes, de las banderas que flamean en las canchas o de los retratos que hoy decoran casas y comercios. Al principio fue una manta extendida sobre una vereda de Santa Rosa, entre ráfagas de viento pampeano y el ruido cotidiano de una ciudad que sólo a veces se detiene a mirar al que está abajo.

 

Sobre aquel paño improvisado descansaban dibujos hechos a mano. Retratos, personajes de historietas, héroes de infancia y rostros anónimos. No había marcos elegantes ni discursos académicos sobre el arte. Había lápiz, cartón y una necesidad profunda de dibujar. Desde entonces, el dibujo fue su forma de habitar el mundo.

 

El destino.

 

"Siempre dibujé, desde chico", recuerda con una sonrisa mansa. En ese pequeño living que le sirve de atelier en su departamento de la calle Juan Vaira 1851 (cerca del Hospital Lucio Molas), se ven dibujos muy bien logrados del Diego, de Messi y otros personajes

 

"Empecé haciendo retratos para amigos, cuadritos pequeños. Después me anoté en la feria de la estación del ferrocarril y llevaba lo que tenía... Cartones, dibujos y una manta para ponerlos en el piso".La escena conserva la mística de la leyenda callejera. Un muchacho ofreciendo sus trazos al viento mientras la ciudad seguía girando a su alrededor. Lo que entonces parecía apenas una changa para zafar el día, terminaría convirtiéndose en un destino.

 

El oficio de las manosEn estos tiempos raros donde las imágenes lucen inanimadas en la pantalla de celular, él sigue confiando en las manchas de pintura y en el olor al aguarrás. Su “taller” no conoce de tecnologías modernas… está poblado de pinceles gastados, tachos abiertos, trapos teñidos de mil colores y bocetos que esperan pacientemente su turno. Cada bandera, cada mural y cada cartel nace del único lugar noble: la mano. La mano que mide sin regla, la que corrige sobre la marcha, la que se equivoca y vuelve a empezar.

 

La IA y la identidad.

 

Gogue observa con una distancia prudente el avance de la inteligencia artificial. No desde el disgusto o el rechazo absoluto, sino desde la convicción de que existe algo irremplazable en el gesto humano: una línea temblorosa, una gota que cae donde no debía, la respiración misma detrás de cada pincelada. Esas pequeñas imperfecciones son, en definitiva, las que construyen la identidad. Y allí no habrá Inteligencia Artificial que valga.

 

Cada tela una historia.

 

Si algo define su trabajo actual son las banderas. Trapos enormes que nacen en talleres improvisados y terminan convertidos en símbolos de pertenencia. Escudos, nombres, ídolos populares. Cada tela es una historia colectiva, el orgullo de un barrio, una peña o un grupo de amigos que encuentra en la pintura una forma de decir "acá estamos".

 

Sus obras no habitan los museos de luces tenues. Habitan las tribunas, las calles, los clubes de pueblo, las esquinas donde todavía se conversa de fútbol. Pinta para la tribu, para la gente común, y ahí radica su verdadero triunfo.

 

Su talento, en las paredes.

 

El muralismo lo convirtió en un viajero de caminos vecinales. Hay huellas suyas en Santa Rosa, Winifreda, Riglos y muchos otros rincones donde una pared gris pidió a gritos convertirse en relato. Las jornadas suelen empezar temprano, mate en mano, y terminar cuando el sol ya cayó detrás del horizonte pampeano.

 

Son doce horas sobre una escalera, con la pintura pegada a la ropa, la música de fondo y algún vecino que se acerca a convidar un gajo de naranja o a preguntar qué van a hacer en esa pared.

 

El Indio Solari y Diego.

 

Hace poco, junto a otros artistas, participó de un homenaje al Indio Solari. Le tocó dibujar esa figura que representa esa mezcla de rebeldía, poesía y pertenencia popular que atraviesa toda su propia vida. Porque sus murales no buscan decorar; buscan contar, conmover, sacudir el cemento.

 

En La Maroma dejó su impronta; que también está en distintos tapiales, comercios y paseos de la ciudad. Uno de sus trabajos fue en la quinta de los Mac Allister (que fuera de la familia Swinnen), donde plasmó un mural donde se ve a los tres pibes: el campeón mundial, Alexis; y sus hermanos Francis y Kevin.

 

Muy maradoniano.

 

“Me gusta muchísimo el fútbol… soy hincha de Boca y me prendo a jugar con amigos”, dice mientras me señala una camiseta azul y oro que luce colgada de una pared. “Ahora estoy siguiendo todo el mundial… Y para mí somos campeones otra vez”, afirma.

 

Gogue por supuesto admira a Lionel Messi, pero tiene bien claro que el Diego es para él algo especial: “¡Soy maradoniano a muerte!”, afirma señalando uno de los tantos trapos donde se puede ver al “10” en su mejor momento.

 

Menos trabajo.

 

Razona que la sociedad santarroseña todavía “es algo cerrada… poco abierta al arte urbano. ¿Si mi familia me ve como un artista? Son tradicionales, me reconocen pero dentro de ciertos márgenes… Si hasta me saben cuestionar esto… no les gusta”, dice mientras se toca las rastas que luce en sus cabellos.

 

Enseguida Gastón agrega que “es fácil darse cuent que desde hace dos años la situación empeoró, y hay menos trabajo de murales que antes. Casi diría que no se apoyan estas movidas”, completa.

 

En las ferias.

 

Como quedó dicho los trabajos de Suhurt están distribuidos por toda la ciudad, en los clubes –“Al ‘Panadero’ (de la hinchada auriazul de All Boys) le hice una bandera de ocho metros”. Y no fue lo único, porque la identidad de las barriadas y el fútbol quedó plasmada en Belgrano, Matadero, la Unión de Riglos, el Deportivo Uriburu, Winifreda, y en diversos sitios.

 

La primera vez que decidió mostrar su arte en la calle fue en la Feria de Artesanos que se hacía frente al Polymedic. “Puse una manta en el piso y ahí empecé… después pasé por distintas ferias de artesanos… que son mis amigos. Participo cada vez en la Feria del Regalo, y he estado en General Pico, Bahía Blanca, Buenos Aires y Córdoba”, puntualiza.

 

La tierra prometida.

 

Y sobre el tema deja en claro que “sí, hay un sueño”, que vuelve cada verano como una música necesaria: Córdoba. La Docta, aparece en sus relatos como un horizonte de posibilidad, un lugar donde el arte callejero respira otro aire y las ferias son verdaderos puntos de encuentro.

 

“Durante las temporadas de verano me instalo con un puesto cerca de La Cañada, y ahí comparto con otros artesanos”. Y es allí que vuelve a experimentar esa sensación que conoció de más chico: la de vivir día por día gracias a lo que producen sus manos.

 

Hacia nuevos paisajes.

 

Pero claro, empezar de cero no es sencillo a cierta altura de la vida. Significa soltar afectos, rutinas y seguridades. No obstante Gogue sabe que también implica abrir una puerta hacia nuevos paisajes. Por ahora, el proyecto permanece suspendido entre el deseo y la realidad, como tantas cosas en la vida de los artistas nómades.

 

En tanto, el flaco de la bicicleta sigue aquí. Preparándose unos mates al levantarse, cargando los tachos en la bici y buscando paredes para inventar colores. Vive al día, dibujando su propio destino a mano alzada.

 

Dibujar su propio destino.

 

Tiene claro Gogue que este es un tiempo de apuro digital, que la Inteligencia Artificial está ya en todas partes… pero le queda no obstante un cachito de esperanza… “Es verdad que la IA hace de todo, pero tenemos la certeza de que hay algo único en el artista… como humano que es posee naturalmente una imperfección que ninguna máquina podrá disimular. Y esa imperfección puede marcar la diferencia”, evalúa de una manera particular.

 

Dejando huellas.

 

Le cuesta decir "soy artista". Prefiere sentirse un artesano. de esos que amasan el sustento diario con el sudor de los dedos. Sin embargo, su obra está desperdigada en las paredes de los comercios, en las banderas que flamean en las canchas de la Liga Cultural y en los murales que le dan un color especial a algunos lugares de la ciudad.

 

En este tiempo en que todo lo hace una máquina, resulta todavía resulta conmovedor encontrar a estos tipos que insisten en dejar huellas con sus propias manos. Porque cada mural terminado y cada bandera desplegada cuentan siempre la misma y hermosa historia: la de un hombre que eligió dibujar su propio destino a mano alzada.

 

La libertad del artista.

 

“Mis hermanos están casados y tienen hijos… la verdad es que no soy un tío tan presente, aunque por supuesto los quiero muchísimo. Yo vivo solo… por ahora”, aclara y lo deja ahí.

 

“El domingo (hoy) es el día del Padre, y voy a compartir con toda mi familia… a comer y pasarla muy bien”, se alegra Gogue Suhurt

 

No sé si todos los artistas son iguales… habrá algunos que preferirán la soledad, a veces aislarse un poco; y otros que disfruten de la cercanía de los seres queridos. Gogue tiene un poco de las dos cosas. “Claro que mis seres queridos son lo más importante”, dice como si hiciera falta.

 

De todos modos pareciera que es de esa clase de gente creativa a la que le gusta gozar de la más amplia libertad. Esa que se puede necesitar para expresar en una obra emociones, visiones o críticas, sin imposiciones que puedan limitar la imaginación.

 

Sus trabajos en tres fotos.

 

Homenaje.

 

Gogue con su obra en La Maroma ya terminada. Sobre una pared del local la imagen del Indio Solari, un mural que le pidieron como homenaje poco después de su fallecimiento.

 

Mural.

 

La familia Mac Allister le pidió realizar en una pared de la quinta que tienen sobre Avenida Perón, un mural de los tres hermanos futbolistas: Al centro Alexis, y a su lado los hermanos Francis y Kevin

 

Dios.

 

El Flaco de la bicicleta posando a una de las obras en la que inmortalizó a quien es su referente futbolístico. “Soy muy maradoniano”, sostuvo.

 

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