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Lunes 27 de abril 2026

El proyecto cultural que no fue en el ex Molino Werner

Redacción 27/04/2026 - 00.07.hs

Hace algunos días LA ARENA recordó el momento y circunstancias en que el Molino Werner cerró definitivamente sus puertas en 1980, con lo que 200 trabajadores quedaron en la calle.

 

Precisamente de la lectura de ese artículo, se conoció que existió una posibilidad de que el lugar –el enorme edificio- fuera refaccionado y reutilizado con un nuevo destino: un gran centro cultural. Se pudo haber convertido en el Museo de Historia de La Pampa (MAPU), un espacio que hubiese modificado y embellecido totalmente un sector de la ciudad que en este tiempo no luce de la mejor manera. Por decirlo buenamente.

 

¿Cómo es esa historia? En algún momento estaba casi listo para ser ejecutada la compra del inmueble por parte de la Provincia. Pudo haber sucedido si un par de opiniones en contrario no se hubieran cruzado en el momento más inoportuno.

 

Fueron frases que lapidaron un proyecto que ya tenía el visto bueno del ministerio de Hacienda, porque incluso estaba presupuestada la obra que era necesario llevar adelante, refacciones que no hubieran demandado una erogación extraordinaria.

 

¿Qué sucedió? Un dictamen negativo de un par de funcionarios (as) dio por tierra con lo que hubiera significado un gran paso en el embellecimiento de la ciudad. Hubiese sido un espacio cultural de extraordinaria envergadura, pero la realidad es que no culminó de la mejor manera. ¿Qué fue lo que pasó para que no avanzara? Es la gran pregunta.

 

“Gran frustración”.

 

Norma Durango, en su condición de subsecretaria de Cultura de la Provincia, había pergeñado un plan para que el Molino fuera el gran centro cultural que la ciudad necesitaba. “Para mí fue el mejor proyecto que me tocó armar, y también la frustración más grande que tuve por no haberlo podido concretar”, contó a este diario.

 

Al entrar en detalles recordó que fue “en el año 97, ó 98, no recuerdo bien, la Unesco invitó a secretarios de Cultura de Argentina a hacer una una diplomatura en la Universidad de Barcelona. Y fuimos con la secretaria de Cultura de Misiones, un poco elegidas por lo que estábamos haciendo en nuestras provincias. Estuvimos dos semanas en la Universidad de Barcelona, y también en otros lugares de España a ver qué se concretaba a través de la teoría con profesores como (Néstor) García Canclini y Tony Puig Picart”.

 

Esa teoría definía al consumo cultural como "el conjunto de procesos de apropiación y utilización de productos en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y de cambio, o donde al menos estos últimos se configuran subordinados a la dimensión simbólica”.

 

¡El Molino Werner!

 

Durango agregó que “un día nos llevaron a Bilbao a ver el Guggenheim, un museo que hizo reaccionar a la ciudad que se estaba muriendo, con fábricas cerrando y con una gran pobreza. Al crearse Guggenheim la ciudad renació por el turismo… Un museo hecho todo como de aluminio, una cosa impresionante. Un sitio lindísimo, con cafecitos y restoranes”.

 

“Cuando entramos al museo de Barcelona me acordé del Molino, que me pareció un edificio parecido. Yo había mirado mil veces el Molino sin verlo, así que al regreso lo primero que hago es ir allá. Me conecté con el ministro de Obras Públicas, por entonces Raúl Rodríguez, e hicimos las averiguaciones. En ese momento era de Morixe, que debía muchos impuestos. El ministro (Ernesto) Franco hizo los números y se le pidió un anteproyecto al estudio Tueros-Morán”, explica Durango. Y muestra el trabajo de los arquitectos que consta de 27 páginas.

 

Era un lugar ideal.

 

La ex subsecretaria de Cultura –luego vicegobernadora y senadora- evocó que cuando fueron a ver el Molino se asombraron porque “hasta andaba el ascensor todavía, y los cuatro pisos (pabellones) estaban en perfectas condiciones. Refaccionarlo significaba poner en condiciones las conexiones eléctricas, pintura y otros trabajos para nada imposibles”.

 

Durango imaginó en ese entoncesque estaban dadas las condiciones para el Museo Histórico La Pampa, y que los cuatro pisos daban para pensar en uno con los pueblos originarios, otro el área criolla, una el área inmigratoria y la siguiente lo que correspondiera a la actualidad.

 

El ex ministro Ernesto Franco –aún con su habitual cuidado de los gastos públicos- opinó en su momento que la operación de compra del inmueble era perfectamente factible, y que los números no resultaban inalcanzables para el erario público.

 

Ya en mayo de 1998, Durango cursó una nota con el primer borrador del proyecto a Rubén Hugo Marín. Al principio el gobernador escribió a mano alzada: “¡Que Norma me lo explique!”.

 

Y así lo hizo, e incluso la impulsora de la iniciativa invitaba a Marín en su misiva a que visitara el Molino, “para que pudiera evaluar desde su perspectiva la factibilidad del proyecto”. Con un guiño del gobernador, Durango siguió avanzando.

 

Lo que no pudo ser.

 

Ya con Carlos Verna sentado en el sillón de Villa Elvina, terminó de darle forma a su diseño del “Museo Historia de La Pampa” (“Una visión de las presencias del hombre en la llanura”) (MUPA).

 

Estaba entusiasmada la subsecretaria, pero cuando todo parecía encaminado –el ministro de Hacienda seguía siendo Franco-, iba a recibir la negativa a continuar como un mazazo.

 

Aquel informe contrariaba y daba por tierra con lo que ella pacientemente había trabajado durante años. La pelusa evidenciada en ese dictamen –difícil no pensar en otra cosa- le daba a Norma Durango “la mayor frustración” de su carrera. Hay que decirlo, obviamente era el gobernador Verna quien tenía la última palabra y decidió –quizás considerando aquel informe en contra- que el ambicioso y novedoso proyecto no se concretara.

 

Pudo ser un gran centro cultural y no fue. Hoy no son más que ruinas abandonadas. Una verdadera lástima.

 

Polo activo para el turismo cultural.

 

Norma Durango soñaba con que MUPA ayudara a los pampeanos “a traer dinero, pero sobre todo a darle sentido a nuestras vidas; posibilidad de conocer nuestra identidad, ser más plurales, más participacitivos, valorar mejor nuestro patrimonio y ser cada día más creativos”.

 

El sueño llevado a los papeles daba cuenta que podría haber ingreso de dinero a través del cobro de entradas al complejo. Además preveía el uso del hermoso chalet de los Werner (hoy tirado abajo) como hotel con restaurante y pileta; se podrían construir viviendas particulares adjudicadas a una empresa de desarrollo inmobiliario; salas de cine; cafeterías y bares; shopping comercial; venta de merchandaing; centro de investigación y desarrollo; centro de promoción de exportación apícola pampeana; y alquiler de las mega aulas.

 

Los últimos rubros, pensaba tercerizarlos cobrando un canon o una renta fina por el uso de la infraestructura y por servicios profesionales por consultas o transferencia de conocimientos.

 

Entre los servicios relacionados externamente con el MUPA se apuntaba que podría funcionar allí el Archivo Histórico Provincial; la Biblioteca Provincial (hoy en la Cámara de Diputados); también la de la Universidad; se podía crear la Medioteca Provincial; y también un departamento que ofreciera a las escuelas, a sus alumnos y docentes, un soporte didáctico, materiales educativos y actividades con el objetivo de complementar la visita al emprendimiento.

 

Durango señalaba que “una somera mirada sobre Santa Rosa y a la provincia toda basta para advertir que no se ha emprendido hasta hace pocos años una política de atracción que, difundiendo lo que somos y lo que tenemos, logre incentivar al turista a quedarse”.

 

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