Gustavo, el artista del montecito
Trabajó en hornos de ladrillo,fue alambrador, cantó en los subtes en Buenos Aires, y siempre pintó, dibujó e hizo esculturas. ¿Una rara avis? Vive de forma precaria y le gusta sentirse un hombre libre.
MARIO VEGA
Una “casa-carpa” entre los árboles. Un predio espacioso donde campea el silencio. Y la soledad como compañera de todas las horas. Se ingresa desde la calle por un sendero poco visible, entre una fronda que oculta la morada.
El golpetear de las manos y el grito para alertar al habitante que estamos allí. Todo parece calma por allí, hasta que Gustavo se asoma y nos recibe.
Llama la atención que no hay perros a la vista y así casi que la soledad es más manifiesta. Más soledad.
El saludo, la explicación del motivo por el que llegamos hasta él, y el hombre que se muestra dispuesto para la charla. Espigado, la piel curtida, el cabello oscuro y algo largo y luce varios tatuajes en sus brazos que a lo mejor tienen que ver con algunos momentos de su vida.
Alejado de la gente.
La idea era conocerlo, saber quién es y qué hace en ese entorno, y el por qué esa manera especial de enfrentar la vida… alejado del mundo y de la gente, en una actitud casi de ermitaño. Sin enterarse demasiado de lo que pasa más allá de ese arbolado que lo protege de las miradas curiosas. Aunque no obstante cada tanto se acerque a la ciudad por algún trabajo de pintura de obra que le toque hacer.
Un poco locos.
No decimos nada nuevo si afirmamos que transitamos un mundo y un tiempo de urgencias, que estamos inmersos en una vorágine que nos obliga a andar “a fondo” para no perder (más) posiciones en la carrera de la vida. Y así, en ese vórtice al que la mayoría de los mortales nos vemos expuestos, podríamos concluir en que todos estamos –cada cual a su manera- un poco locos.
Una sensación que se reflejará de diversas maneras según el individuo de que se trate. Dicen los que dicen saber que esa condición -de alguna forma- tendría que ver con la autenticidad, la creatividad y la diversidad.
Seguramente dirán los que se sienten juiciosos y formales, que es un concepto que podría referir a quienes no se ajustan a normas estrictas de convivencia o vecindad.
¿Un manera de libertad? ¿Quizás de excentricidad, o de genialidad, en algunos casos? Quién lo sabe…
Las normas sociales.
Así las cosas, mirando alrededor -un ejercicio que me gusta llevar adelante con frecuencia- cabe preguntarse si todos no tenemos un cierto grado de locura. Pero cuidado, que nadie se ofenda con el concepto, porque están quienes consideran que ese estado podría ser algo que está entre la creatividad, la originalidad y una ligera anomalía con respecto a las normas sociales establecidas.
¿Porque quién puede hurgar en los subterfugios de la mente y tener certeza sobre lo que le puede estar pasando a cada uno? Saber qué le sucede a un individuo para desenvolverse en la vida de tal o cual manera.
Haciendo la suya.
Existen los que conviven dentro de determinados parámetros, observando normas comunes al resto de la sociedad. Los que admiten adecuarse a lo convencional, respetando costumbres y sistemas. Y también hay otras personas que –aunque aceptan que aquellas otras vivan de un modo habitual- desafían a su manera ese statu quo. Y hacen la suya.
Los que se piensan formales, reflexivos, prefieren por lo general mantener las cosas como están, y hasta es probable que puedan percibir el cambio como un riesgo. Enfrente –sin proponérselo o sí- actúan los irreverentes, los que no se atan a pie juntillas a las cosas acordadas por la sociedad en su conjunto.
¿Cada cual elige?
Al conocer a Gustavo Liendo (54), su modo de permanecer casi como un anacoreta, se me ocurre reflexionar acerca de por qué elige -¿elige?- vivir de esta manera. Alejado de lo convencional, de las comodidades y el confort que los tipos comunes como yo –o tantos como yo- preferimos para este tránsito que como el de todos tiene un final prefijado, por lo menos en este plano de la existencia.
Mencioné la palabra irreverente, y aunque pueda cuestionarse que alguien tenga esa actitud, lo que hay que tener presente es que a veces -como en el caso que nos ocupa- es posible que una persona se desenvuelva sin que le importe el juicio de los demás. Simplemente como una negación a convertirse en una oveja del rebaño, sin pensar por uno mismo.
El artista del montecito.
Uno lo ve a Gustavo en medio de un montecito, viviendo con precariedad, con falta de mínimas comodidades que cualquier persona convencional (¿¿¿) seguramente no quiere para sí –carencia de agua, luz, y ni hablar de la internet que nos ha ganado la vida- y piensa... ¡qué le pasa a este muchacho!
Qué es lo que lo lleva a ser una suerte de anacoreta, alejado del resto de la gente… Sólo con su soledad…
O en todo caso solo con su mente “extraña”, al menos para los comunes mortales que no elegirían de ninguna forma esos hábitos en los que él se siente cómodo.
Un bosquecito de álamos, un sendero dibujado en la hierba con su ir y venir desde el camino hasta su “casa”, y la soledad como segura y silenciosa compañía.
Cómo llegó hasta allí.
En la calle Balbín, entre Civit y Tita Merello, alejado de la vista de quienes transitan por aquella arteria, se levanta la carpa-casa que Gustavo Liendo (54) fue armando poco a poco… algunas maderas y sobre ellas un cobertizo de lona azul, el piso de tierra y poco más.
Hace cinco años, cuando la pandemia castigaba duro, el hombre andaba buscando hasta que descubrió ese sitio medio oculto entre los árboles. “Un día llegué aquí y me encontré con un señor que se llamaba José Soria… Un poco más allá había armado también una carpita y estaba rodeado de perros. No quería molestarlo, y le pregunté si podría instalarme. Me dijo que sí, y me vine unos metros más acá, donde estoy ahora. ¿Don Soria? Murió hace un tiempo… así que no tengo vecinos”, sonríe apenas Gustavo.
Quién es Gustavo Liendo.
Tiene toda una historia para contar, y lo hace sin disimulos, sin ocultar detalles.
Es hijo de Raúl Liendo y de Ester Valero. “Mi padre trabajó en el horno de ladrillos de Álvarez, pero además le tocó hachar caldenes, manejar máquinas viales y fue camionero. Un día empecé yo en el horno de ladrillos, y también hice de todo un poco… trabajé de alambrador, en la construcción y soy pintor de casas… Sí, lo que venga”, agrega.
Hoy en día dibuja retratos que copia de fotos, pero con su lápiz también sabe representar perros y animales. Y así, en condición de artista itinerante no se privó de andar por distintos lugares. “Me crió mi abuela, María Cabuyán… fui a la escuela 82 y a la 220 en Macachín, donde nací. Cuando vine a residir a Santa Rosa sólo aguanté el primer año del secundario en el colegio nocturno”, rememora.
Siempre el arte.
El arte en sus distintas formas es para Gustavo el motor de su existencia. Por eso tanto puede hacer un retrato, moldear una escultura como incursionar en la música. “Esto puede ser porque mis tíos eran los hermanos Cabuyán (de General Acha), que por varios años tuvieron una orquesta típica que tocaba en todos los bailes habidos y por haber. Pero también me gusta la ópera, y mi registro es el de barítono”, agrega.
Cantando en los subtes.
“¿Cómo empecé? Estuve un tiempo en Buenos Aires cantando en los subtes… Fue porque otro vago que tocaba la guitarra me animó y lo hicimos un tiempo… la verdad es que él tocaba más o menos, eran más rasguidos que otra cosa, y yo trataba de entonar algunos tangos. La cuestión es que yo explicaba primero a la gente que era de Santa Rosa, La Pampa y arrancaba… hacíamos lo que podíamos, pero nos iba bastante bien”, evalúa.
Confiesa que es fanático de Carlos Gardel, y admira sus interpretaciones de “Cuesta abajo”, “Volver” y “Sus ojos se cerraron”. Y agrega: “Pero también me encanta el Polaco Goyeneche, porque coincido en que al tango hay que frasearlo… Tengo un amigo que canta (Fede Aguilar) y él me fue explicando cómo es eso de entrar con la voz en una interpretación musical”, completa.
Andando por allí.
Anduvo por Buenos Aires, y en el verano “dormía en Plaza Francia, o en la Plaza Dorrego”, donde se juntaban otros que andaban en la misma. “Toda buena gente”, sostiene.
Un día se encontró “con un panameño” con el que se hizo amigo y que le sugirió ir a Brasil a hacer su trabajo de dibujante: “Te va a ir muy bien, me dijo”. Y allá fue. Uruguaiana fue su destino, y por un tiempo todo anduvo de lo mejor en esa ciudad brasileña ubicada en la frontera con Argentina, caracterizada por un vibrante carnaval, el pintoresco Parque del Río Uruguay, y una intensa actividad comercial.
Por ayudar a un amigo.
Fue hasta que se metió en un lío “por ayudar a un amigo. Lo agredieron y me metí a defenderlo… después la pasé mal porque me amenazaron feo y eso me decidió a volver... Se había puesto muy peligroso para mí”, recuerda.
Intimidado, decidió regresar, “un poco en micro, otro poco en tren y a dedo. Así estuve en Chajarí y Concordia algunos días, hasta que llegué otra vez a Buenos Aires, donde fui a parar a un albergue para 150 personas”.
Más tarde, por algunos meses, anduvo por Uruguay, y quedó encantado con Montevideo y algunas otras ciudades del otro lado del río de La Plata.
Sus creaciones.
Gustavo nos muestra sus creaciones… sus retratos, dibujos, y especialmente la escultura de Shakira, la cantante colombiana que va copiando cómo puede de una antigua foto de revista… “Me faltan un par de meses para terminarla… la voy haciendo de a poco cuando se dan las condiciones”.
¿A qué se refiere con eso de las condiciones? A que la obra la hace dentro de la carpa y, como quedó dicho no hay electricidad allí, y tiene que esperar que la luz natural ingrese por algunos de los orificios de la carpa.
En el “patio” –todo es patio alrededor de la “casa”- se ve alguna silla desvencijada, un par de troncos que sirven como butaca y por allí, una vieja pelota que da pena… desgajada y casi desinflada.
“Sí, me gusta el fútbol”, admite Gustavo cuando me acerco y la levanto. Parece ponerse nostálgico y dice: “Soy de Boca y del Diego. Me gustaba jugar y alguna vez lo hice… de arquero, pero también al centro me las rebuscaba, tanto como defensor o delantero”, cuenta.
Vivir como uno quiere.
Lo confieso, para alguien tan aferrado a lo urbano como yo es difícil comprender cómo es vivir de la manera en que lo hace el artista del montecito, como me sale caracterizarlo.
De todos modos debo admitir que cada cual vive primero como puede, y después como quiere… Y él parece convencido del modo que eligió: “Así estoy bien, tranquilo, no bebo, no fumo… salvo tomar algo para los huesos hago una vida sana”, comenta.
Se ríe al contar que su hijo (Gustavo Liendo Malsan) lo suele llevar en auto hasta la “casa” y le dice: “Bueno… si vos te sentís bien así… ¡Qué te voy a decir!”.
Donde el arte florece.
Gustavo es inteligente, creo que intuitivo… que tiene esa capacidad de percibir o conocer algo de manera clara e inmediata, y es como que en medio de la charla se da cuenta de mis dudas. Y aunque en sus comentarios trata de aventarlas estoy seguro que, en realidad, no le debe importar demasiado. Porque en definitiva quien es uno para reprochar el modo de vida que otra persona pueda haber adoptado.
Rara avis.
Él sabe que para el sistema es una rara avis, aunque lo cierto es que trabaja y no molesta a nadie con su manera de ser y comportarse.
Muchos creadores han sido considerados irreverentes, atrevidos y nada convencionales. En este caso, conocer al artista del montecito me hace reflexionar: ¿Serán esos espacios de libertad, donde las reglas importan menos cuando las musas estimulan la creatividad?
Parece ser que el arte se manifiesta en cualquier parte. Sin importar el contexto puede nacer de la emoción, del dolor o la alegría. Sí, el arte florece en cualquier parte.
“Puedo parecer extraño pero soy muy sensible”.
Gustavo Liendo puede aparecer como alguien “algo extraño” para muchos, pero es sin dudas inteligente y perspicaz. En algún momento habla de su pensamiento político, de su reconocimiento a algunas acciones que llevó adelante Juan Domingo Perón; y en contraposición tiene bien en claro que este momento que se atraviesa de la mano del “mileísmo” no es lo que quiere para el país.
Apenas parece informado de la guerra desatada en Medio Oriente, pero también abomina del atropello de Estados Unidos e Israel. “Me voy enterando de a poco”, señala.
Gustavo aparece muchas horas desconectado del resto del mundo, porque su celular suele estar mucha veces con la batería descargada. “La pongo a cargar cuando tengo que ir al centro, a hacer algún trabajo”, explica.
Cuando se le pregunta –ya que le gusta el fútbol- si verá el próximo mundial contesta que “de algún modo, en algún lugar, lo voy a ver… por lo menos los partidos de Argentina”.
Después cuenta cómo vivió la consagración mundialista del equipo de Messi en Qatar 2022. “Estaba en Montevideo… rodeado de uruguayos que alentaban por Francia. Sólo yo y otros dos muchachos, uno brasileño, gritábamos por Argentina… Cuando terminó no sé que me pasó, pero empecé a llorar casi con desesperación. De eso no me olvido más”, agrega.
En el final de la charla quiere dejar una última reflexión: “Puedo parecer una persona extraña… pero quiero muchísimo a mi hijo, a mis familiares, a los amigos, a la gente… Me ven de esta manera pero soy muy sensible… Los quiero a todos, aunque a veces no los vea, o no lo manifieste”, dice y se queda serio. Como pensando.
Y hay que decirlo: la vida de Gustavo parecería ser como abrir una ventana y ver un horizonte interminable donde sólo había un postigón cerrado. El contraste entre lo que se puede ver a simple vista y lo que realmente es… Algunos verán un croto, cuando en verdad es otra cosa… un artista.
Un artista en tres imágenes.
En el “patio”.
En el “patio” charlando con el periodista. Entre una arboleda el artista trabaja cuando las condiciones climáticas se lo permiten. Anduvo por diversos lugares hasta que hace unos años se instaló allí.
En soledad.
Gustavo parece disfrutar de su soledad. Casi incomunicado del resto de la gente, pasa muchas horas del día. Cada tanto recarga su celular en el centro de la ciudad.
Dibujando.
Un dibujo que hizo de Diego Maradona. Le gusta el fútbol y alguna vez jugó. Cuando Argentina se consagró campeona del mundo en Qatar, Gustavo estaba en Montevideo y lloró mucho después del triunfo.
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