Horacio Stork, un “cirujano” sin título
En tiempos en que las máquinas y la modernización van terminando con diversos oficios, hay no obstante algunos que perduran y resisten. Sería el caso del artesano capaz de dejar una pelota como nueva.
MARIO VEGA
Sucede muy seguido… conocemos a alguien de hace tiempo, lo hemos frecuentado de alguna manera en distintos ambientes y de pronto, un día cualquiera, descubrimos que es –lo ha sido siempre- a su manera un personaje rico en vivencias, en cosas que hizo y que no siempre trascienden.
¿Por qué? Porque se mueven con simpleza, sin estridencias, sin pretender hacerse conocidos, sin alardear de nada. Sencillamente no les interesa levantar el perfil, y trabajan con responsabilidad en lo que les haya tocado. Y, además –y en eso no dudan- hacen de su familia el centro de su existencia.
Ese tipo de personas no se la creen demasiado, y afrontan lo que el destino les pone enfrente sin miedos,
Un buen tipo.
Rubén Horacio Stork –Horacio para casi todos- tiene un cúmulo de experiencias, de desempeñarse en distintos trabajos, distinguiendo siempre por su laboriosidad y –sobre todo- por su integridad y buen trato. Y ya se verá por qué.
Se ríe “Charol” –apodo que le pusieron sus cuñados y no le molesta- y un poco se regocija cuando le adjudican el “título” de “cirujano de pelotas”.
Horacio es una persona alegre, que anda siempre con una sonrisa bajo esos bigotones que usa desde que era poco más que un pibe. Habla, gesticula pero sin dejar su trabajo. Es que tiene que terminar esa misma mañana la pelota de fútbol que está arreglando, porque los muchachos de un humilde club de barrio “la están necesitando” para el entrenamiento de la tarde.
Bienvenido al fútbol.
Podría decirse que el “Negro” Stork es “familiar político” del fútbol. ¿Cómo es eso? Sí, sucede que –aunque ha jugado, y aún lo hace, como aficionado- está emparentado con gente que ha tenido la pelota y el juego como centro de sus vidas. Los González, estos a los que me voy a referir, son fútbol en estado puro: José Edgardo (“El Topo” el más reconocido), Walter Enrique (Tato), Ricardo (Chichín), Néstor (por años intendente de Relmo, y el más habilidoso) y Orlando (Hongo, el más seriecito de la troupe de ese apellido) son sus cuñados desde hace varios años. Y de allí su parentesco político con el fútbol…
Viviendo en el Salitral.
Cuando pibe vivió en el antiguo Salitral, y supo de carencias y vicisitudes. Su familia la conformaban Ester Giménez y Jorge Stork, y son varios hermanos. “En realidad a mí me crió mi abuela Bernarda Giménez… que hacía, igual que mi madre, de todo… lavar y planchar para afuera, limpiar, y lo que venga. Había que parar la olla” resume Horacio aquel tiempo. “Yo fui a la Escuela 38 (hoy Escuela Hogar) en Avenida San Martín (antes Roca); y secundario hice hasta segundo año en el nocturno Ayax Guiñazú… tenía algunos compañeritos muy conocidos, como ‘Facha’ Cantero, entre otros”, menciona especialmente con una sonrisa.
Tiempos duros.
“Claro que eran tiempos difíciles… En el Salitral, en hogares muy humildes como los nuestros, más de una vez había familias en las que se tomaba mate cocido a la tarde... a veces sin pan, y a dormir. Mi padre hizo también de todo, porque fue hachero, trabajó después en el Molino Werner, y terminó como parquero en Canal 3”, precisa.
El “Negro” Stork –los que no son de la familia lo mencionan de esa manera, y no hay ninguna intención de menosprecio o discriminación, sino más bien afecto bien ganado- es una persona intuitiva. De esa clase de gente que cuenta con una natural inteligencia existencial, con capacidad para desarrollarse y comprender cómo se tiene que actuar en determinadas circunstancias.
Llegada a Mariani Sport.
Y él lo tuvo claro desde muy pibe. “Yo me daba cuenta que en casa las cosas estaban muy difíciles… y que era necesario que a mi manera tenía que dar una mano. Así que un día le dije a mi madre que iba a buscar algo para hacer y colaborar, y empecé a vender por las tardes el diario La Reforma (salía vespertino). Ese fue mi primer trabajo”. Más tarde lo hizo en un vivero que era del ingeniero Eduardo González, que lo había puesto en sociedad con Rurico (Fito) Figueroa.
Un día el inefable Fito le ofreció trabajar en Mariani Sport, reconocida casa de deportes que estuvo en distintas direcciones –en Hilario Lagos (frente al Distrito Militar), luego en la esquina de 25 de Mayo e Yrigoyen, y finalmente enfrente en esta misma calle donde ahora hay una casa de venta de ropa para niños.
Ida y vuelta.
Trabajó en Mariani Sport primero por 15 años, luego se fue un tiempo hasta que regresó para completar otro período de más de 12 años. En el impasse trabajó manejando un camión de la Distribuidora Sancor de Oscar Del Canto.
Le gustaba lo que hacía, pero sucedió algo: “Un día venía de Buenos Aires, y cuando llegué a Uriburu no pude más… me dolía toda la espalda y casi no podía moverme ni respirar bien. Me mató que afuera hacía más de 30 grados de calor y yo venía con el aire acondicionado del camión… me agarré una neumonía que me tuvo mal. Ahí me di cuenta que si el camión no se movía yo no ganaba porque estaba a comisión, así que le pedí al dueño que me baje la comisión pero me pague un sueldo fijo. Pero la empresa no permitía eso y entonces salí a buscar trabajo… Ahí fue que me contacta otra vez Figueroa y volví con él unos años más”.
Horacio, el tenista.
Fue hasta que Carlos Nemesio –Horacio era afiliado al Centro Empleados de Comercio y lo conocía- le propuso hacerse cargo de la administración de las canchas de tenis que se habían armado en el Recreo Mercantil. “Acepté y realmente fue bueno para mí… lo hice con muchas ganas y sí, ¡hasta empecé a jugar tenis!”. Se ríe con ganas Horacio, seguramente porque en su momento era el “deporte blanco”, y una mirada prejuiciosa lo hacía como reservado para un determinado sector social. Fue a partir de Guillermo Vilas que ese concepto cambió, y se volvió tan popular que todo el mundo pudo practicarlo.
Encargado del Recreo Mercantil.
Al final quedó como encargado de todo el lindo y moderno complejo que el CEC tiene en la ciudad. Fueron varios años hasta que otra vez Nemesio le dijo que era necesario que se incorporara a la comisión directiva del gremio. Al principio dudó Horacio, porque lo suyo estaba vinculado a desempeñarse en el terreno, haciendo lo que se necesitara, pero al sol y el aire libre… Encerrarse en una oficina no le parecía. Pero terminó aceptando y por varios años se desempeñó en otra área, donde adquirió conocimientos acerca de qué era trabajar en un sindicato. “La verdad es que trabajábamos muchísimo con la conducción de Carlos (Nemesio) y con Felipe Rivas. Nos tocaba participar en congresos y reuniones, y muchas veces estuvimos en las asambleas que se hacían en Parque Norte que es del Sindicato de Empleados de Comercio de Capital Federal… es un predio deportivo y recreativo de más de 30 hectáreas en plena ciudad”, cuenta.
La jubilación.
Fueron días intensos, de mucha actividad, y Horacio no deja de valorar especialmente la tarea de Carlos Nemesio, y también celebra que “de alguna manera” le tocó participar de la puesta en marcha de Amusim, la mutual del Centro Empleados de Comercio.
Un día llegó el momento, y con 30 años de aportes se pudo jubilar. ¿Y en esa situación qué hacer mirando hacia adelante? Porque se sabe, no a todos les resulta fácil la adaptación a una vida de ocio y de placer, máxime si es alguien que supo lo que es trabajar desde muy chico. Y este era el caso del Negro Stork.
La familia.
El fútbol ha sido siempre una pasión para él -como para tantos chicos-, y al “caer” en una familia como la de los González (ya expliqué antes quiénes son) era imposible que eso no se retroalimentara. Se puso de novio con una de las hermanas de los futbolistas (son varias, porque es una familia numerosa de 14 hijos), y empezó a jugar con ellos en diversos partidos barriales. Y así es que Coty (se llama Agripina) es, desde hace 50 años, su esposa y la madre de sus hijos Paola, Gisela, Facundo y Damián. Muestra orgulloso Horacio los tatuajes con sus nombres. Y cinco nietos les dieron sus retoños: Valentina, Catalina, Micaela, Ambar y Naitán.
Una idea le rondaba.
Bueno… ¿y entonces? Ya se le ocurriría algo como para seguir activo. Un día, cortando el césped en los jardines del hotel Unit comenzó a hablar con cierta asiduidad con un hombre con el que entabló una cierta amistad. Era Severo Freijanes, propietario de varios locales en la ciudad, y Horacio se permitió decirle si no le alquilaba uno, porque tenía una idea para concretar.
En los tiempos de Mariani Sport había aprendido de Ernesto Lang a arreglar pelotas de fútbol, tarea que por aquí nadie realizaba comercialmente. Una verdadera tarea de artesano.
Freijanes contestó que podría ser, pero no obstante Horacio dudaba porque “el alquiler… No sé si me va a dar para pagarlo”, reflexionó en ese instante palabras más o menos.
Quedó sorprendido por la respuesta del propietario: “¿Y quién te dijo que vas a pagar un alquiler? Vamos a hacer un comodato”. Obviamente tiene por Freijanes (fallecido) un agradecimiento eterno.
Y así, con esa ayuda invalorable, se instaló en Hilario Lagos 720 con su negocio de “El Master”. Y vaya si le fue bien. Empezó a llegarle trabajo de todas partes para arreglar pelotas de diversos deportes. “Me traen de las escuelas, de los clubes, de las canchas de fútbol 5… Pelotas de fútbol en cantidad, pero también de rugby, vóley y hasta la pelota con manija que se utiliza en el pato”, enumera.
Con infinita paciencia, con destreza, usando elementos muy sencillos como hilo de cáñamo, una lezna, una tijera y un bisturí, el “doctor” de las pelotas les va quitando sus males… Tanto puede cambiar una cámara, como reemplazar un casco que se ve desgajado, hasta que la pelota recobre vida.
La pelota, ese juguete.
¡La pelota! El más preciado de los juguetes, el que puede hacer feliz a un niño que lo tiene todo, y que iguala en ese sentido al que vive en un hogar donde faltan muchas cosas. Hay alegría cuando una pelota pica en un potrero -¡qué poquitos hay-, o en una cancha reglamentaria con césped impecable y las líneas bien marcadas... o en cualquier sitio donde un grupo de chicos y chicas disputen un partido de básquet o de vóley…
Es el preciado juguete que alegra la vida de tantos… Pero a veces se rompen, se pinchan o su cuero se deteriora. Y entonces sí, se hace necesaria la intervención de un “cirujano” como Horacio.
“El Master” no sólo ofrece el arreglo de pelotas, sino que además pone a la venta trofeos, canilleras, infladores de balón, y algunos otros elementos para la práctica del fútbol.
El trabajo es salud.
“Ya llevo 30 años en esto… Pero querés creer que aunque parezca una tarea que no te debiera ocasionar problemas tiene sus cositas. En lo personal estar tanto tiempo semi agachado para coser una pelota me produjo problemas de cervicales, que la semana anterior me complicaron un poquito (hasta estuvo internado un par de días)… Además el médico me dijo que se me está armando como una pequeña joroba… ¡Todo por trabajar! Y después dicen que el trabajo es salud”, y larga la carcajada Horacio. Es que siempre se lo verá con una sonrisa asomando detrás de esos bigotones que ahora van entre el oscuro y el plateado.
La habilidad del artesano.
Mientras con el fotógrafo observamos la habilidad conque maneja la aguja y el hilo para coser una pelota, el hombre sigue hablando… Porque tiene eso: el don de la conversación, y la disposición para abordar el tema que le propongan. Y lo disfruta… Sí, claro que lo disfruta. “¿Si soy feliz? Y de qué me voy a quejar yo… sí puedo decir que trabajé mucho, que tengo una familia hermosa… ¡Y que soy hincha de Boca!” (¿??), agrega por si hiciera falta.
El “doctor” de las pelotas.
Al ratito nomás termina la tarea. Inflador en mano bombea aire hasta que la pelota aparece otra vez redondita y reluciente… La hace picar en el piso, como probando que todo está bien, y nos la muestra. Sí, una pelota más salvada por el Negro Stork.
Por eso, si tiene que arreglar un balón –aunque le parezca que está muy deteriorado- no lo dude, llévelo a “El Master”… Se encontrará con un buen tipo, un laburante y un verdadero maestro en eso de devolverle la lozanía al juguete más lindo del mundo. Sí, es el cirujano de las pelotas…
Un preciado tesoro.
Hay hermosas anécdotas que tienen que ver con una pelota. Quienes practicamos algunos deportes con balón, recordamos los buenos viejos tiempos y con claridad la primera pelota de fútbol y de cuero que llegó a nuestras manos. La que cuidábamos como un tesoro.
No era cuestión de pegarle fuerte y para arriba para que fuera a las ramas de un árbol cercano y se pudiera romper… al que incurría en ese sacrilegio se lo miraba de costado. Después, cuando llegábamos a casa tomábamos un trozo de hígado de vaca que habíamos comprado para la ocasión y la acariciábamos tratando que el “jugo” fuera absorbido por el cuero y la pelota quedara reluciente… hasta el día siguiente que la ceremonia se iba a repetir.
La pelota de Corsini.
Corsini Rincón fue un conocido protagonista de nuestro fútbol, muchos años jugador de All Boys (luego fue entrenador de General Belgrano). Recordó Horacio Stork: “Un día cayó en el negocio y traía una vieja pelota de cuero… Estaba un poco deteriorada, pero se la podía reacondicionar”.
Se trataba de una verdadera reliquia que Corsini quería ceder al club donde disputó tantos partidos y varias veces fue campeón. “¿Querés creer que era una pelota de muchas décadas atrás, de un día que All Boys se consagró campeón?”, agrega Horacio.
Aquella vieja pelota.
¿Cómo llegó a manos de Rincón? Al parecer se trató de una picardía de ese momento cuando vestía los colores alboyenses. Le contó a Stork que casi terminaba el partido y All Boys estaba a un paso de la consagración… en un momento Corsini le pegó fuerte para que la pelota cayera fuera de la cancha… ¡Y nunca más volvió! Al parecer un amigo la estaba esperando y más tarde se la alcanzó a Corsini que se hizo de un singular trofeo que atesoró por años.
“Me la trajo, la arreglé y quedó muy linda… creo que All Boys la tiene en exhibición en la cantina del club”, cerró Horacio.
La carta de un amigo.
Los versos que hoy escribo se los voy a dedicar a un personaje pampeano, que no es famoso ni popular, pero hizo alegrar a muchos con la agilidad de sus manos.
De joven le gustó el deporte, el fútbol es su pasión… jugarlo, verlo, charlarlo. Hincha de Boca, de corazón. De perfil bajo, honesto, responsable y cumplidor. ¡Quién no conoce al negrito ‘Charol’!, Horacio Stork.
En la casa Mariani Sport comenzó su oficio, ese de arreglar pelotas que llegaban a sus manos en muy mala condición. De básquet, vóley, hándbol, rugby, cesto, fútbol… Clubes, personas, escuelas, les traían para arreglar. Una cámara, un parche, una válvula, unos gajos… Pegarlas, coserlas, inflarlas. Controlarlas era su misión. Un par de agujas, una lezna, líquido, hilo, un pico y un inflador eran todas sus herramientas.
A su labor le ponía su impronta... la radio su compañera. Sentado en un rincón le daba a las pelotas tiempo, cariño y dedicación. Con sus manos callosas, y su vista ya cansada, en su regazo reposan las pelotas dañadas, pinchadas por las espinas, rajadas por los alambres, peladas por las paredes, despegadas y ovaladas… él será el responsable de darles vida otra vez. Y devolverá la alegría a un niño por no tener que tirarla.
Siguen pasando los años y él firme en su actividad. El tiempo dirá hasta cuando su oficio se sostendrá. Sí, el cirujano de pelotas existe. Es de Santa Rosa, La Pampa. La historia lo recordará.
Firma: Orlando “Hongo” González
Una vida en tres imágenes.
En el local.
Algunas de las pelotas que tiene para vender. Pero lo suyo es sobre todo reacondicionar aquellas que se pinchan, que se desgajan o tienen determinados problemas. Un verdadero artesano.
En familia.
Horacio Stork y Coty González en una fiesta junto a sus cuatro hijos. Familiero, laburador es un espejo en que sus retoños se pueden mirar con orgullo.
En un torneo.
Horacio vestido de jugador de fútbol. En uno de los tantos torneos de veteranos en los que estuvo presente, y donde tantos amigos ha cosechado.
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