Soraya Cabral: “Siempre viví al filo”
Si bien la vida suele ponerse cuesta arriba, tarde o temprano devuelve una caricia. Deportista y solidaria, hoy Soraya disfruta la plenitud y paz que siempre anheló, aunque vive como siempre: a fondo.
MARIO VEGA
Podría decirse que está en su mejor momento. Este presente la encuentra plena, con ganas de “que el día tenga 72 horas” para vivirlas intensamente. En realidad, como ha vivido siempre… casi desde que tiene uso de razón.
La vida se nos puede presentar dura, cuesta arriba, complicada, pero a veces –en un momento cualquiera-- nos devuelve una caricia. Y un poco eso le está pasando a ella. Deportista múltiple, encuentra en este tiempo en un compañero el sosiego y la paz que anheló toda su vida. Solidaria como su esposo Carlos de Fonteynes, se levanta cada mañana para acercarse a la Iglesia Catedral y dar una mano en el desayunador que dispuso en un lugar contiguo el párroco Juan Carlos Cipolla. Pero, hay que decir, no es la única actividad solidaria que todo el tiempo los dos están llevando adelante.
Soraya, además hace, e hizo, muchas otras cosas. Ya se verá.
Es hija de una gloria del boxeo pampeano, Juan Roberto “Brujo” Cabral, y de María del Carmen Rodríguez, y es la mayor de los hermanos de la familia. Después vienen David y Aixa.
Hace tanto tiempo...
Conozco a Soraya desde que era una pibita. La recuerdo perfectamente cuando, acompañada por su amiga Gabriela De La Sota, llegó a la antigua cancha de Belgrano —cuando todavía tenía el “anillo embrujado” (la pista de speedway)-, para comenzar la práctica de sóftbol en un equipo donde había otras jovencitas como Verónica De La Sota, Mónica Iparraguirre, Sonia Bidegain, Marcela Chapalcaz, Dina Brunello, Lorena Regis —“yo la llevé a Lorena a jugar”, cuenta Soraya—, las hermanas Nora y Liliana Otermín y Flavia González. Y además el aporte de las ya reconocidas Rosa Mata y Mary Acevedo.
A ella el club le quedaba ahí nomás –tapial de por medio-, porque la casa de sus padres estaba a pocos metros, sobre la calle Larrea, en Villa Alonso.
Soraya, la locutora.
Gracias a su padre y al boxeo conoció a “Pecoso” Eyheramono, uno de los titulares de Canal 2, que se instalaba por entonces en Santa Rosa.
“Entré a trabajar en la parte administrativa, pero enseguida empecé con locución...”. Y lo cierto es que aquello no resultó para ella una improvisación. Hubo estudio metódico del ritmo, la respiración y la entonación. Su capacidad para conectar con la audiencia y transmitir emociones convirtió esa voz en una herramienta reconocible en transmisiones radiales, conducción de eventos protocolares y festivales provinciales.
Pasó después por distintos medios. En Canal 3 trabajó con Mario Ziaurriz en el Informativo, con el Ruso Christensen en Primer Plano y participó en el programa Entre Bielas y Pistones junto a Pedro Kruber. Además trabajó en Radio El Sol, en una programación compartida con varios periodistas —Carlos Mateu, Luis Díaz y el propio Ziaurriz—. Más tarde, todo aquel equipo pasó a Radio Nacional. En LU33 Soraya también hizo locución junto a Egle René Díaz y Miguel Ángel Loggia.
A la distancia, tiene un reconocimiento especial para “Barco” Guibelalde, uno de los dueños de Canal 2. “Fue quien me propuso ir a capacitarme con cursos en Buenos Aires y, además, me tocó tomar clases con Luis Rossini. Fueron muchos y muy lindos años”, recuerda.
Con Fátima Flórez.
La capacidad en el uso de la voz y el manejo del escenario también le abrió las puertas de la conducción. Viviendo en Río Turbio, Soraya tuvo una experiencia que recuerda especialmente.
“Pude trabajar con Fátima Flórez en una Fiesta Nacional del Carbón. Un evento hermoso y muy tradicional. Resulta que llamaron a un casting para hacer la locución cuando actuara Fátima y me eligieron. Fueron tres días de estar todo el tiempo con ella y puedo decir que es una persona muy sencilla, bien de barrio y enormemente talentosa. Me tocaba hacerle la segunda: ‘Aquí Moria Casán’, decía yo; o ‘La Su’... y así con cada personaje que imitaba”.
En esa misma fiesta trabajó con Marcela Baños, conductora de Pasión de Sábado. “Fue una experiencia muy linda. Y con Fátima cada tanto estoy en contacto”.
Cuando le pregunto por la relación de la artista con Milei, Soraya sólo sonríe…
Tiempo más tarde, cuando Fátima iba a hacer temporada en Villa Carlos Paz, la convocaron nuevamente. “Me llamaron porque pegamos onda... pero pasó algo que lo cambió todo”, dice, y una sonrisa le ilumina el rostro. “Hay veces que en la vida tenemos que elegir… y yo elegí en un momento de mi vida que es especial”, comenta. Y ya veremos más adelante de qué se trata.
Un hogar humilde.
Talentosa, inteligente, divertida, Soraya viene de un hogar muy humilde. La familia Cabral —los boxeadores— era de esa condición.
“Mi abuela Chana, conocida por sus dotes para ‘curar’ distintas dolencias, vivía en la calle Antártida Argentina, y mis padres, en una casita con piso de tierra ahí cerquita. Fue hasta que papá, por la insistencia de su amigo Raúl Sabetta, compró un terreno en la calle Larrea y, con lo que ganaba boxeando y un crédito del Banco Hipotecario, pudo construir lo que después fue nuestra casa”, se emociona Soraya.
El cambio quedó grabado en su memoria. “Era pasar del piso de tierra al de granito, de un lugar chiquito como era nuestra casita de Villa Tomás Mason a disfrutar del sol que entraba por los ventanales amplios de la Larrea... Nada
que ver con la casita donde vivíamos antes”.
Siempre el deporte.
Hizo la primaria en la Escuela 6 —“buena alumna, pero quilombera”, se define— y el secundario en el Comercial
¿Y cuándo llega el deporte? La respuesta es que desde siempre estuvo vinculada. Había empezado con natación en el Club All Boys, en tiempos de Flavia Facio, Adriana Barrancos, Andrea Losada y otras chicas que fueron destacadas nadadoras.
Después siguió con el patín artístico; con el cestoball, junto a Zoraida Parada en el club Belgrano; y con el sóftbol, al que llegó con aquellas chicas que jugaban cesto y se pasaron al deporte del bate.
Pero si algo se destaca en su historia deportiva es que fue una de las pioneras del roller en Santa Rosa e incluso impulsó la construcción de una pista. También supo de la adrenalina de correr en motocross, primero participando en pruebas en la provincia junto a los hombres, y luego en torneos nacionales de la categoría femenina.
Un modo de vivir.
Crecer en un hogar donde el deporte era mucho más que un pasatiempo marcó su forma de entender la vida. Ser hija de un boxeador destacado significó aprender, desde los primeros años, valores que difícilmente se encuentren escritos en los libros: la templanza frente a la adversidad, la serenidad en los momentos de mayor presión, el valor del entrenamiento y la convicción de que, después de cada caída, hay que volver a ponerse de pie.
El padre —el querido “Brujo”—, curtido en las batallas sobre el cuadrilátero, transmitió con su ejemplo que la verdadera victoria no está solamente en la ovación del público, sino también en el respeto hacia la propia disciplina y en la honestidad con la que se afronta cada desafío.
De allí heredó Soraya un coraje sereno y una fortaleza física y mental que luego llevaría a las más diversas disciplinas.
Sobre ruedas.
Su recorrido por el patín artístico había comenzado mucho antes de la llegada de los rollers. Fue una disciplina en la que el rigor técnico se combinaba con la gracia plástica y que demandaba horas en la pista, puliendo giros, saltos y figuras.
Pero su relación con los patines no terminó en las competencias tradicionales. Cuando llegaron y comenzaron a popularizarse los rollers, entendió enseguida que aquello no era solamente una moda pasajera, sino una nueva expresión deportiva y urbana. Se convirtió así en una de las grandes impulsoras de la actividad en Santa Rosa: organizó encuentros, clínicas de iniciación, travesías urbanas y contagió a chicos y chicas la pasión por los patines de ruedas en línea.
La pista de patinaje.
Detrás de aquella movida había además una convicción: Santa Rosa necesitaba una pista de patinaje y rollers adaptada a las nuevas exigencias; un espacio público y seguro donde jóvenes y familias pudieran practicar la disciplina sin los riesgos propios del tránsito.
Y fue tan a fondo con el tema que pidió una audiencia con el intendente de entonces. “Ningo” Jorge la escuchó, consideró que la idea era muy buena y avanzó con la construcción de la primera pista de esas características en Santa Rosa, frente a la CPE; una obra que hoy forma parte de su legado deportivo. “La verdad es que también le debo agradecer al profesor Raúl Quaranta, que era el director de Deportes de la Municipalidad”, recuerda la pionera de la disciplina.
La instructora.
Para la inauguración Soraya consiguió que llegara a Santa Rosa nada menos que Nora Vega, cinco veces campeona mundial, seis veces campeona panamericana y en otras diez oportunidades campeona sudamericana.
“Fue uno de los momentos más felices de mi paso por el deporte”, reconoce.
Su tarea como entrenadora fue metódica y algunos de sus pupilos llegaron lejos. Entre ellos Lucas Villar, quien integró el seleccionado nacional y compitió internacionalmente.
Y el vínculo nunca terminó. Todavía hoy, cuando dispone de tiempo, anuncia en las redes que irá a la pista y brindará capacitación gratuita a quienes quieran sumarse. Lo hace con frecuencia, casi todas las semanas.
A volar con una moto.
Pero Soraya no era precisamente una mujer destinada a quedarse quieta.
En algún momento se le ocurrió que también podía correr en motocross. Le fascinaba la idea de volar a siete u ocho metros de altura y volver a caer sobre la pista con seguridad. Acelerar a fondo y sentir que el corazón le latía más fuerte. ¿Una locura? Para quien –como yo-- jamás practicaría un deporte de riesgo, posiblemente sí.
Empecinada como es, se anotó en una prueba en Realicó y la primera experiencia fue tan insólita como divertida. “Cuando le pregunté al que tenía la bandera en la mano para dar la orden ‘¿cómo se larga?’, el
tipo pensó que lo cargaba. ‘¿Me preguntás en serio?’, me dijo. Entonces me dio algunas indicaciones y arranqué...”, recuerda entre carcajadas.
En otra oportunidad largó tan bien que, cuando vio que no había nadie a su lado, creyó que se había equivocado. “Pensé que había largado mal y di la vuelta... Me los encontré a todos los demás de frente. ¡Estaba primera y no me había dado cuenta! Por supuesto, con esa maniobra me pasaron, pero
me aplaudieron mucho”, cuenta sonriendo.
Amazona moderna.
Aquella primera competencia terminó de convencerla: el motocross iba a ocupar un lugar importante en su vida. Quiso aprender más y comenzó a tomar clases en Macachín con Omar “El Ruso” Seibel.
Después se anotó en pruebas de la zona y también en otras provincias.
En más de una oportunidad subió al podio en competencias nacionales reservadas para la categoría femenina.
Ya podía considerársela una verdadera amazona moderna. Había adquirido una solvencia envidiable sobre la máquina.
Y también conoció los golpes. “Nunca me caí... bah, sí. Una vez en realidad me voltearon… cayeron cinco motos encima mío. Me dolía todo. Veía que sacaban ruedas de motos de encima y pilotos en mal estado... ¿Y yo? Como una lady... apenas algún raspón”, relata.
Aparece Carlos.
Fue precisamente en ese mundo de las motos donde su camino se cruzó con una historia que parece extraída de una novela.
“Llegó en un momento de la vida en que yo lo había pedido. Estaba muy mal, venía con muchos golpes... Le pedí a Dios que, por favor, me mandara una persona que me valore, que se diera cuenta de quién era realmente yo... y que me quisiera. No importaba la edad que tuviera, pero necesitaba una persona que me respetara y me cuidara. Porque yo sabía que le iba a
devolver lo mismo. Porque me conozco...”.
Por primera vez durante la charla, Soraya se pone verdaderamente seria.
¿Y qué pasó? “Yo publicaba en Facebook mis andanzas con la moto y Carlos me contactó para que le diera clases para manejar en la tierra. Tenía un viaje a Chile por camino de ripio y no se animaba”, relata.
Él ya había viajado con amigos, pero la experiencia no había sido buena: estaba acostumbrado al asfalto.
Y dio las clases.
Cuando Carlos de Fonteynes, citado por Soraya en los médanos de Toay, llegó con su moto, ella casi no podía creerlo. “Esperaba verlo aparecer en una 125, una 250... ¿Y con qué llegó? ¡Una Ducati 1.200 cc! Nunca había andado con algo así en mi vida, pero no podía echarme atrás. Y me dije: si puedo manejar una 250 acelerando en una loma, ¿cómo no voy a poder con esta 1.200?”.
Fueron varios días de enseñanza. Carlos, primero sorprendido por el manejo de la instructora y después aprendiendo él mismo a conducir con seguridad.
Soraya todavía se emociona cuando cuenta lo que ocurrió al final.
Una caricia de la vida.
Soraya es sincera, habla sin tapujos. Y entonces explica aquello de que hay momentos en la vida en que uno tiene que elegir.
“Cuando terminamos las clases Carlitos me miró a los ojos y me agradeció… y fue ahí que me enamoré de él porque le pude ver el alma...”, confiesa sin pudor.
Empezaron a salir –hace siete años de eso--, y la posibilidad de volver a trabajar con Fátima pasó a un segundo plano. Soraya finalmente eligió, porque es lo que estaba esperando para su vida: “Tener una familia y vivir en paz”.
Su plegaria con el pedido de respeto, valoración y cariño encontró respuesta en medio de los médanos de Toay... a bordo de una imponente Ducati de 1.200 cc.
Hubo mucho recorrido hasta este presente, que sinceramente me alegra. Porque la veo una mujer plena, feliz, divertida —que siempre lo fue— y con ganas de hacer y disfrutar.
Sí, Soraya. Creo que bien podés decir, como el Nano Serrat: “De vez en cuando la vida toma conmigo café”. Claro que sí.
La saxofonista que no fue.
Siempre le recuerdo a Soraya –y ella lo toma con humor-- que algún “raye” tiene. Porque por ahí hace cosas que asombran.
Siendo muy jovencita, trabajando en Canal 2, había logrado reunir una buena suma. Pensó qué podía hacer con ese dinero y decidió: comprar un saxofón para comenzar una carrera musical.
Soraya explicó que su interés por el instrumento estaba ligado a una imagen que había construido en su imaginación. No había estudiado saxofón, ni música… pero igual se veía sobre un escenario. “Me imaginaba sentada en un taburete, con una luz tenue desde arriba, tomándome con el pelo cayendo sobre mis hombros y tocando un saxo dorado y deslumbrante… Sí, como una diosa”, se ríe.
Con esa fantasía viajó a Buenos Aires. Entró en una casa de música y cuando le preguntaron qué tipo de saxofón buscaba, respondió que quería el mejor y el más caro. “¿Tenés un taburete?”, le dijo al vendedor. “Sí, arriba”, contestó el joven. “Bueno, por favor traelo”, siguió Soraya.
Se sentó, tomó el saxo y cuando puso la boquilla del instrumento en su boca recordó que no tenía ni idea… “¿Cómo se toca?”, le dijo al comerciante. El muchacho asombrado le explicó: “Tenés que tomar aire, inflar las mejillas y largarlo despacito”.
La descripción despertó una preocupación inesperada en ella: temió que esa práctica pudiera modificar su rostro y volvió a preguntar. “Ahí el vendedor me dijo que eso podía pasar… y bueno. ¡No compré nada!”, completa.
Pero tenía el dinero en el bolsillo y estaba dispuesta a gastarlo. En una casa de deportes vio unos rollers que le llamaron la atención. Se los probó y los trajo. Sí, fue a comprar un saxo, pero terminó trayendo unos rollers. Insólito.
Una vida a fondo.
Con Fátima.
Soraya presentó a la artista e imitadora Fátima Flórez en un festival en Río Turbio. “Pegamos onda”, dice Soraya, que finalmente no aceptó acompañarla en Carlos Paz.
Motociclista.
Las motos fueron una de sus grandes pasiones. Disputó pruebas de motocross, incluso con hombres, y se volvió una experta en el manejo. Una deportista cabal.
Conductora.
Soraya Cabral junto a Marcela Baños, la conductora televisiva de “Pasión de Sábado”. La locutora pampeana tuvo una extensa carrera y trabajó en diversos medios en Santa Rosa.
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