Un camino de 12 mil kilómetros en bici
En algunos días habrán de culminar un viaje que iniciaron el 20 de enero de 2024. Algunos pocos amigos estaban ese día soleado y tórrido en Choele Choel, cuando Camila Gasparini y Julián Rolé se montaron en sus bicicletas para iniciar una aventura que los llevaría a andar caminos de la Argentina.
Dicen los que dicen saber que fue el inglés Thomas Stevens quien, entre 1884 y 1886, concretaría la hazaña de completar un giro alrededor del mundo en bicicleta. Recorrería entonces –en uno de esos rodados de enorme rueda delantera-, algo así como 29 mil km., actividad que le demandó dos años.
Se lo considera el pionero del cicloturismo de alforjas. Esto es andar en bicicleta recorriendo rutas y caminos intrincados visitando sitios de montaña, o con lagos y ríos, y conociendo las características de la gente que vive en esos lugares.
Las bicicletas se hicieron muy populares allá por 1890, y tuvieron nuevo auge en los años ‘50 y 70 del siglo XX. Hoy son de uso diario en algunas ciudades, sobre todo porque es una forma de ahorro, más allá de las bondades para el cuerpo de pedalear un poco todos los días.
Los que salen a la ruta son una suerte de biciviajeros que van por allí con sus rodados y pocas cosas más, como bolsas de dormir, elementos para cocinar, y en sus casos algunas artesanías que Camila hace para ir vendiendo y tener algún dinero para cuestiones elementales.
Pareja.
Julián (31), profesor de Geografía, y su novia Camila (30) Terapista Ocupacional, se conocieron en Santa Fe, donde habían llegado para estudiar en la Universidad Nacional del Litoral. Él es oriundo de Vera, en la misma provincia, y ella Río Colorado (Río Negro), cerca de La Adela, y sus padres son Viviana y Daniel. Son cuatro hermanas mujeres, porque además de Catalina están Noelia, Anabella y Daiana.
Si bien la relación con Julián continuó, Catalina al finalizar los estudios y después de un tiempito más en Santa Fe, fue a trabajar en su profesión a Viedma (Río Negro). Julián, quien ya había hecho alguna experiencia en eso de largarse a la ruta pedaleando –yendo desde su pueblo hasta La Rioja- apareció en su bicicleta y se instaló para comenzar a dar clases en la misma ciudad.
Lo charlaron bastante y un día se decidieron. Jóvenes, entusiastas, era el momento de concretar lo que venían planeando, aunque al principio los papás no estuvieran tan conformes.
“Los convencimos que no era peligroso –cuenta ella-, y armamos todo para empezar esta experiencia… hacer cicloturismo para escapar a la rutina, olvidar un poco todo este sistema que nos obliga todo el tiempo. Vivir arriba de la bici de un modo menos convencional digamos...”.
Inicia el viaje.
Y es Julián el que precisa: “El 19 de febrero conseguimos que un camión nos llevara desde Río Colorado (allí residen los padres de Camila) hasta Choele Choel donde íbamos a iniciar el viaje. Nos despidieron obviamente los familiares y algunos amigos”.
El 20 se subieron a las bicis y arrancaron. “Recuerdo que hacía mucho calor, que es una de las cosas más bravas cuando se está en la ruta, pero ya estábamos haciendo lo que queríamos”, agregó.
El moroso y monótono pedaleo los iba a llevar por la ruta 22 a Neuquén capital. Empezaba el peregrinaje que continuaría por todo el Valle del Río Negro, luego Junín de los Andes, San Martín, Esquel; hasta llegar -lo más al sur que estuvieron- a Teka, donde ya empezaba a hacerse sentir el frío y hasta donde vieron alguna nevada. Luego cruzaron toda la meseta hasta playa Unión en Rawson y luego la ruta 3 hasta Viedma.
Más adelante tomaron camino para La Pampa, ingresando por La Adela y yendo por General San Martín, Macachín, tomaron para el lado de General Pico e Hilario Lagos, desde donde ingresarían a la provincia de Córdoba. “Llegamos hasta Río Tercero porque no quisimos ir hasta la capital”.
Con León Gieco.
Tuvieron “una linda sorpresa cuando en fueron para el lado de Santa Fe. “Es que pasamos por Cañada Rosquín y en la calle, nos encontramos con León Gieco que justo andaba también en bici. Pudimos charlar un ratito con él que fue muy amable y nos hizo algunas preguntas”, dicen con alegría.
Fueron por Resistencia (Chaco), y en su paso por Corrientes (Julián tiene allí una hermana) les robaron una bicicleta con parte del equipaje. “Fue feo, pero hubo una suerte de colecta y colaboración de la gente y pudimos seguir”, señalan.
El recorrido incluyó Misiones, Cataratas, Asunción donde estuvieron dos semanas, luego el regreso por Formosa, la llegada a Salta, una incursión por Bolivia para regresar por La Quiaca y conocer la Quebrada de Humauaca. En algunos lugares eran invitados por vecinos, en otros vendían artesanías, y también hicieron “un voluntariado en un hostel de Salta”, y lo mismo habían hecho cuando estuvieron en Iguazú.
Después empezaron a bajar: Tucumán, Catamarca, La Rioja. “Ahí pasamos la Navidad con unos amigos con los que habíamos compartido parte del viaje para el lado de la cordillera, casi al inicio. Y en Usno, un pueblo de San Juan, pasamos el primer día de este año, invitados por un hombre que se nos acercó en la calle”.
Dicen que es habitual que haya gente que los invite. “Pasa todo el tiempo…”.
La Pampa.
Ingresaron a nuestra provincia por Victorica, y fueron hasta Winifreda donde hicieron noche en el camping municipal. “El problema que teníamos en La Pampa eran las rosetas que nos provocaban pinchaduras, pero le echamos un líquido a las cubiertas que por ahora funciona muy bien”, señalan.
“Cuando llegamos el domingo casi de noche aquí a Santa Rosa hubo por lo menos tres autos que se nos acercaron y nos ofrecieron lugar para quedarnos. Es muy linda esa solidaridad de la gente”, reconocen.
Sobre algunas peripecias del viaje puntualizan que “uno de los peores enemigos es el viento en contra, porque cuando llueve esperamos que pase o nos quedamos en algún lugar. Y también el calor se torna insufrible”, acotan.
“¿Si se siente algún miedo? En general no, el 99 por ciento de la gente que se nos acerca es buena, nos indica para dónde nos conviene ir, y andamos por lugares seguros. Además hay una red de cicloviajeros que siempre están ofreciendo ayuda. ¿Qué comemos? El menú es más o menos siempre el mismo: arroz, fideos con algo, verduras, legumbres, polenta… tratamos de consumir carbohidratos (harinas) que se encuentran en todos lados y los necesitamos”, explica Julián.
Y completa Camila: “Carne también, sobre todo cuando por ahí nos invitan a algunos cumpleaños, que nos ha sucedido”.
El celular.
En estos tiempos de conectividad, el celular es el vehículo para estar todos los días comunicados con las familias, y también para usarlo como GPS. “Pero igual se extraña”, admiten.
Se quedarán “un par de días” por aquí, para conocer, y luego vendrá el esfuerzo final de “esta primera etapa. Vamos a volver a trabajar cada uno en lo suyo un tiempito y luego a seguir, porque todavía nos faltan recorrer cinco provincias: Entre Ríos, Buenos Aires, Santiago del Estero, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Es nuestra meta y la vamos a concretar”, se juramentan.
El valor de las cosas simples.
Julián y Camila se hacen espacio para leer libros que llevan, u otros que les regalan a su paso. Les gusta reflexionar sobre el valor de “las cosas simples de la vida. Darse cuenta que no se necesita mucho para estar bien. En lugares urbanizados no nos damos cuenta de lo que tenemos, aunque sea tan simple como tener gas para una cocina; o abrir una canilla y disponer del agua… Eso se valora cuando falta, cuando nos apartamos del ritmo de vida de la sociedad en general. Y es posible darse cuenta que somos recontraconsumistas y es el sistema el que nos tiene en esa vuelta”, reflexionan a dúo.
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