Análisis de una fuga
Tras el resonante triunfo de Lula todos los observadores políticos convenían en algo: no le sería tan fácil gobernar a ese inmenso país con una legislatura mayoritariamente opositora y prácticamente la mitad de los votantes en contra; a ello sumarle el abierto apoyo de los Estados Unidos para con Bolsonaro y su claramente manifiesta oposición a quien va a ser presidente de Brasil por cuarta vez.
Sin embargo todas esas nubes opositoras, concretas y cercanas, desaparecieron en poco más de un día. La causa: la inesperada y podría decirse vergonzosa huida del candidato liberal, que en poco más de 24 horas y junto con su familia, había embarcado en un avión expresamente fletado con rumbo a los Estados Unidos. Y por más que sus colaboradores inmediatos pretendieron justificar esa disparada lo cierto es que detrás de ella la Justicia brasileña tenía avanzadas varias causas por malversación de dinero que, resulta evidente, ameritaban una detención.
El daño político para la credibilidad de sus partidarios ha sido enorme, especialmente porque ante una situación similar de años atrás Lula se quedó en Brasil y afrontó el juicio amañado que lo envió a la cárcel por varios meses, hasta que se probó su inocencia, y también porque en la fuga del candidato derrotado estuvo la confesa ayuda de Donald Trump.
Así, cuando parecía que el fin de ciclo se cernía sobre el Partido de los Trabajadores y la izquierda brasileña, la reelección de Lula da Silva para un nuevo mandato presidencial frenó a la ultraderecha en Sudamérica, con el plus nada desdeñable de la fuga de su líder, defraudando a millones de partidarios.
Pero hay otro aspecto de la defección bolsonarista, y no es menor: el abierto y ya reconocido apoyo del gobierno argentino a la fuga hacia Estados Unidos, en una valoración negativa que abarca desde el presidente Milei, como principal responsable hasta el canciller, pasando por una cantidad de funcionarios intermedios quienes, violando abiertamente Leyes y Tratados, al permitirle (facilitarle sería el término más apropiado) la entrada al país con el apoyo de agentes de seguridad argentinos que lo escoltaron. Para completar el bochorno, el ingreso al aeropuerto de Puerto Iguazú en un vehículo con patente diplomática nacional. Por cierto que la operación de fuga huele a la Central de Inteligencia norteamericana, más allá del abierto apoyo de las autoridades argentinas,
También resulta sugestivo que el moderno avión en que viajó la familia Bolsonaro (y que estuvo aguardándolos en el aeropuerto de Iguazú durante varias horas) resulte propiedad de un grupo encabezado por personajes dudosos, acusados en Argentina de lavado de dinero y estrechamente relacionados con funcionarios políticos de segundo nivel, sospechados de narcotráfico. El vuelo no parece haber sido barato ya que se lo estima en un gasto del orden de los 200 mil pesos.
A la transgresión se le puede agregar el súbito cambio en la información oficial que, después de haber negado en forma absoluta el ingreso de Bolsonaro y familia, cambió al reconocimiento burocrático pleno que facilitó la fuga hacia Estados Unidos. En ese país la brújula política del brasileño también cambió de dirección: en su primer comunicado político pasó de autocalificarse como “presidente electo” a “líder”, acaso porque su amigo Trump, que le dio visado de entrada al país sin establecer todavía en qué condición, le exigió moderación a sus pretensiones post disparada.
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