B&B, dos extraños caballeros
Después de mucho tiempo de estar agotado, y de tantas dudas sobre si realmente volvería a ver la luz, acaba de publicarse la edición mejorada y ampliada de "Borges", los extractos de diarios de Adolfo Bioy Casares sobre sus interminables conversaciones e intercambios vitales con el gran escritor argentino, Jorge Luis Borges. Esta vez, la edición a cargo de Daniel Martino -amigo de Bioy, de encomiable tarea en la curación de estos textos- viene en dos tomos de casi mil cien páginas cada uno, un mamut que intimida, pero que resulta ser ameno como un cachorrito. Si hasta los editores españoles creyeron necesario presentar ambos tomos en una elegante caja, y hasta con la clásica cinta marcapáginas: lo que se dice una Biblia.
Tesón.
Qué maravillosa costumbre esa de llevar un diario. Lamentablemente parece algo que ya quedó en el pasado. Pero si no fuera por el tesón de Bioy Casares, y su disciplina de registrar diariamente sus pensamientos y vivencias, nunca hubiéramos tenido este retrato tan humano y conmovedor de ambos escritores, y la entrañable amistad que los unía.
Eso es lo primero que salta a la vista: el amor y la admiración que Bioy sentía por Borges, de quien afirma que era la persona más inteligente que jamás había conocido. Su preocupación por la salud del amigo, su seguimiento de su complicada vida sentimental, su búsqueda de la aprobación y sus inseguridades con la propia obra, hablan de unos sentimientos inusualmente profundos. Tanto, que si no se supiera el carácter donjuanesco del amigo Adolfo -muy bien documentado en "Descanso de caminantes", otro recorte de sus diarios- se diría que estaba enamorado del amigo Jorge Luis.
En esas conversaciones se cuela, por supuesto, la enorme erudición de estos dos intelectuales, siempre dispuestos a discutir algún párrafo de un oscuro escritor anglosajón del siglo XVI, pero al mismo tiempo, la cosa socarrona y muy argentina de divertirse con bromas chabacanas y hasta procaces.
Así nos enteramos de que aquella famosa rima que habla del amor entre un elefante y una hormiga -consumado "con paciencia y con saliva"- ya era conocida a comienzos de los años '50 del siglo pasado. Y que, no pudiendo con su genio, Borges había encontrado algún antecedente del mismo chiste en algún antiguo texto de la India.
Mirilla.
De pronto el lector se encuentra como en una cápsula viajando en el tiempo, con una mirilla privilegiada para observar la vida de estos personajes en la Buenos Aires de mediados del siglo pasado. Y lo que estos diarios nos muestran no es sólo una vida intelectual ubérrima -ambos escritores eran políglotas, y dominaban sin dificultad el inglés, el francés y el alemán- sino también una pintura de época social y política.
Desde luego, como los episodios comienzan en la época del primer peronismo, no es de extrañar que se cuelen, de vez en cuanto, manifestaciones de la acendrada oposición de estos dos conservadores, como cuando Bioy, en un raro acto de furia, termina una discusión echando de su casa a uno de los contertulios, sólo porque éste osó sugerir que la represión del gobierno en curso no distaba demasiado de la ejercida en los gobiernos conservadores de la década del '30.
Hay mucho chiste y mucha diversión con las señora de la alta sociedad con las que se codeaban, algunas alcohólicas, casi todas superfluas y con una alta -e injustificada- autoestima, como aquella que confundía el ocultismo con el oscurantismo. O como aquella otra que, según Borges tenía una visión "jurídica" del mundo, toda llena de premios y castigos, que a él le parecía de una gran pobreza. Y si a Dios se le adjudican esas actividades menores -reflexiona- qué otra cosa puede esperarse de los mortales.
Esta comidilla se extiende a las observaciones que hacen sobre otros colegas. Resulta notorio el desprecio con que consideraban, por ejemplo, a Ernesto Sábato, a quien consideraban un mediocre engreído. O a los negocios con la editorial Emecé, para la que trabajaban incansablemente armando colecciones, escribiendo prólogos y contratapas, para sufrir luego el maltrato y la tacañería de sus editores.
Amor.
Pero también hay momentos de una gran profundidad, como los debates sobre el amor y la amistad: por caso, cuando Bioy recuerda haberle confesado al amigo que no sabía si alguna vez se había enamorado, "lo que no es cierto, pero tal vez quise decir que nunca pude saber si lo que me pasaba era estar enamorado, porque siempre pude pensar en otras mujeres o reírme del objeto de mi amor o encontrarle defectos".
Aparentemente la muerte de la esposa de Borges, María Kodama, ha posibilitado que esta reedición ampliada vea la luz, e incluya detalles íntimos más completos y comprometedores. Tal parece -quien escribe todavía no se ha deleitado con las últimas páginas del tomo segundo, que aguarda con fruición- hay detalles sobre la relación Borges-Kodama que se prometen jugosos. Si hasta el propio Borges comentó en vida, risueño, cuando le preguntaban por su intimidad con su esposa, que "a veces hacemos algunas travesuras".
Ojalá fuera cierto lo de la máquina del tiempo: uno desea realmente ser convidado a esas cenas en lo de Bioy Casares y Silvina Ocampo. Uno termina queriendo entrañablemente a este par de atorrantes con estilo.
Y termina, también, sintiendo nostalgia por los tiempos en que la oligarquía argentina estaba integrada por gente ilustrada, refinada y con valores. No como los días que corren, en que, con tal de "llenarse los bolsillos de plata", están dispuestos a promover cualquier gobierno, incluso uno que desprecie la ciencia y la cultura, desconozca por completo la diplomacia y la buena educación, y se exprese con una procacidad vomitiva.
PETRONIO
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