El ocaso y las vísperas
Ing. Javier Mariano García Guerrero*
El ocaso de la alianza con Trump y Bolsonaro y la víspera de la gran reconfiguración austral están poniendo en cuestión la estrategia patagónica argentina. Es tiempo de descubrir si el Estrecho Magallanes es la puerta de la ampliación de la soberanía argentina hacia la Antártida y Malvinas o la última estación de servicio del imperio imaginario de un megalómano caduco.
Hay una ironía glacial en la forma en que el mundo decide modernizarse. Mientras en los salones alfombrados de Silicon Valley los sacerdotes del algoritmo celebran el advenimiento de la Inteligencia Artificial entre cócteles de inversión, en los confines helados del hemisferio sur la realidad —esa criatura vulgar, obstinada y física— se cobra sus cuentas pendientes.
Nos han vendido la quimera de que el futuro es una nube etérea, un vapor de códigos sin peso. Mentira. La Inteligencia Artificial es una bestia carnívora y sedienta. La capacidad instalada global de los centros de datos se disparará hasta los 341 gigavatios (GW) para 2035, duplicando la capacidad actual, impulsada por cargas de trabajo que devoran megavatios por segundo. Requiere silicio, miles de toneladas de litio (Argentina despachó 113.000 toneladas de LCE en 2025) y ríos de energía no digital, sino fósil e hídrica. La burbuja tecnológica no flota en el éter: descansa sobre la espalda de la tierra.
Inercia criolla.
En esta fase de reestructuración hacia el sexto ciclo: el invierno de los ciclos de Kondratiev, la Argentina ofrece una paradoja trágica. Posee en sus entrañas los insumos del nuevo paradigma, pero habita una fragilidad institucional tal que parece dispuesta a rematar sus recursos a cambio de divisas frescas. En nombre del rigor fiscal, el Estado desmantela sus laboratorios, expulsa a sus científicos y ahoga a sus universidades, olvidando aquella famosa advertencia de Ahmed Zaki Yamani, exministro del Petróleo de Arabia Saudita: “La era de la piedra no terminó por falta de piedras, y la era del petróleo terminará mucho antes de que nos quedemos sin petróleo”. La modernización tecnológica no espera a los países extractivos; los vuelve obsoletos mientras aún conservan el suelo lleno de riquezas.
La ilusión del alineamiento.
Esta debilidad estructural se vuelve letal cuando la diplomacia confunde la geopolítica con la fe personal. La ilusión de un alineamiento automático con la Casa Blanca se topa con la inminente pérdida de control parlamentario y la configuración de un Trump transformado en lame duck (pato rengo), que carece de capacidad para habilitar salvatajes financieros o tratos preferenciales a la medida de Buenos Aires, explica en parte el crecimiento del 150% del riesgo país argentino desde Julio.
El retorno del Poder Naval
Es en los océanos donde la comedia se vuelve drama militar. Las arterias por las que fluía la sangre del comercio mundial sufren embolias severas. El Estrecho de Ormuz permanece bajo amenaza bélica constante, mientras el Canal de Panamá se asfixia por severas sequías. Es la resurrección violenta de la doctrina geopolítica de A.T. Mahan de que el dominio comercial y militar de las naciones no depende de tratados abstractos, sino del control físico e incontestable de los cuellos de botella marítimos (chokepoints) y las rutas de navegación.
Como consecuencia directa de esta parálisis en los pasos septentrionales, el tránsito por el Estrecho de Magallanes se disparó más de un 70% en meses recientes. Al cerrarse las vías del norte, el paso bioceánico austral recupera su condición de cerrojo neurálgico del comercio interoceánico.
La Patagonia deja de ser una postal de mesetas áridas para convertirse en el pasillo logístico y estratégico más codiciado del hemisferio sur. Este pivote marítimo se cruza con una cuenca hidrocarburífera récord: Vaca Muerta alcanza producciones históricas de 973.000 barriles de petróleo diarios y más de 140 millones de metros cúbicos de gas por día. La geografía y el mar vuelven a imponer su ley.
El banquete geopolítico.
La escena guarda la elegancia turbia de un ajuste de cuentas diplomático. Washington —aun bajo la parálisis de su política interna— y Beijing miran la meseta austral con avidez mahaniana. No buscan paisajes; buscan puertos de aguas profundas, control de la proyección antártica, el paso bioceánico y el gas patagónico para sostener sus transiciones.
La pregunta en las cancillerías no es si la Patagonia será explotada, sino quién escribirá la factura. Para la conducción política local, desprovista del auxilio directo de un Washington maniatado, la tentación de ceder soberanía sobre estos corredores marítimos a cambio de un alivio financiero es casi irresistible. Es la vieja historia de la entrega colonial, vestida con el lenguaje moderno de las inversiones estratégicas. En las provincias del sur, en tanto, se respira un rencor silencioso: sus habitantes saben que cuando las corporaciones se retiran, en el territorio solo quedan pasivos ambientales y promesas rotas.
El espectáculo final desde la banquina.
Hay algo profundamente trágico en el choque entre la geopolítica planetaria y la pequeñez de la política doméstica. Mientras las potencias aplican las viejas lecciones de Mahan sobre las rutas navales y los centros de datos exigen más gigavatios, en Buenos Aires los titulares siguen atrapados en peleas de palacio, desorientados ante un Washington que ya no responde las llamadas con la soltura prometida.
La Argentina no puede seguir mirando el futuro desde la banquina. Las ondas de la historia y el control de los mares no perdonan la pereza de las naciones. Si el país insiste en liquidar su inteligencia técnica y tratar su suelo y sus aguas estratégicas como una cantera para el postor más rápido, terminará convertida en lo que siempre temió: una estación de servicio oscura en la ruta helada del comercio imperial, mientras sus hijos observan cómo las luces del futuro se alejan definitivamente en el mar.
“Dios creó la guerra para que los estadounidenses aprendieran geografía”. Mark Twain.
* Asesor Técnico y Formador de Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (AENA). España.
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