Chicos en la moto NO
Hay verdades incómodas que una sociedad debe repetirse a sí misma hasta el cansancio, como un mantra doloroso pero urgente, para evitar que la realidad nos siga golpeando el rostro con la peor de las tragedias. Los chicos en la moto NO. Repitan con fuerza: los chicos en la moto NO. No es una consigna caprichosa, no es un lema de laboratorio de seguridad vial; es una advertencia de vida o muerte que esta semana volvió a corporizarse en el luto más desgarrador tras el fallecimiento de una nena de apenas 8 años. Una pequeña que no eligió subirse a ese vehículo, que no sabía de peligros, que simplemente confiaba en los adultos que la llevaban y que terminó perdiendo la vida en un siniestro que se pudo haber evitado.
Científicamente está comprobado que la percepción del riesgo es un proceso madurativo biológico que se termina de consolidar recién alrededor de los 24 años. No es una hipótesis: el cerebro humano no termina de dimensionar plenamente las consecuencias del peligro y la velocidad hasta promediar la tercera década de vida. Por esta exacta razón, las estadísticas mundiales y nacionales son implacables: la franja etaria que va desde los 15 hasta los 24 años es la que registra la mayor cantidad de muertes en siniestros viales. Si un joven de veinte años todavía tiene falencias para percibir el riesgo de manera integral, ¿qué podemos exigirle a una criatura de 8 años?
Queremos dejar algo firmemente en claro, porque desde esta columna editorial siempre lo hacemos y bajo ninguna circunstancia pretendemos criminalizar el dolor de los deudos: nadie duda del amor profundo que esos padres sentían por su hija. Subir a un hijo a una moto no es un acto de crueldad intencionada; es, casi siempre, un acto de amor cotidiano, de necesidad o de rutina en el que simplemente no se percibía el riesgo extremo al que se exponía a la menor. Hasta que pasa.
Hoy, los datos duros en la Argentina configuran una realidad alarmante y desoladora: la mayor causa de muerte de bebés de cero meses a niños de 14 años es el haber sido acompañantes en una motocicleta. Es una epidemia silenciosa que nos desangra ante los ojos de un Estado que muchas veces prefiere mirar para otro lado. Y es aquí donde debemos hacer un profundo mea culpa y una disección como sociedad.
El casco es innegociable, pero no cualquier casco: mínimo debe ser uno homologado y de su talle exacto. Ponerle a un chico un casco grande o flojo es casi tan peligroso como no ponerle nada, porque ante un impacto el casco suelto actúa como un contrapeso que desnuca al menor.
La vestimenta también es una armadura de supervivencia. Si se transporta a un niño, hay que vestirlo pensando en la contingencia de una caída. Debe llevar guantes adecuados para que si se cae, el instinto de apoyar las manos no le raspe y destroce sus manitos contra el pavimento. Los pantalones deben ser antidesgarro, se debe usar campera resistente y, en lo posible, sumar protecciones articuladas como las que se utilizan para los patines o los rollers. Asimismo, el menor debe cumplir con requisitos físicos mínimos: sus pies deben llegar cómodamente a los pedalines y debe contar con la madurez suficiente para entender cómo acompañar el cuerpo de quien conduce en cada curva.
Por último, quien conduce debe asumir un cambio de chip mental absoluto. Atrás no va una carga, atrás va lo más preciado de sus vidas; un tesoro que no se sustituye, que no tiene repuesto y que depende enteramente de su prudencia. Si podés evitar subir al chico a la moto, hacelo; buscá otra alternativa, caminá, usá transporte, combiná horarios. Y si realmente no te queda otra, pensá que afuera hay otros vehículos, que la calle es una selva y sé el triple de prudente. Manejás con un tesoro a la espalda. Protegelo. (Por Estrellas Amarillas)
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