¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Martes 24 de febrero 2026

Confesiones del viento

Redacción 24/02/2026 - 00.16.hs

Tras el huracán que se descargó impiadoso sobre la ciudad, manos solidarias se multiplicaron para emprender la ardua tarea de la reparación. En tiempos de feroz individualismo resisten las energías colectivas.

 

SERGIO SANTESTEBAN

 

Es harto posible que no exista un solo poeta pampeano que no haya dedicado alguna oda al viento; no es poco decir en una provincia que tiene una densidad de vates por metro cuadrado difícil de empardar. No se trata de pereza, pues aunque en el mundillo literario suele decirse que el viento es una tentación para las metáforas facilongas, muy transitadas por escritores holgazanes o escasos de talento, ahí están, para desmentir la maledicencia, los nombres más destacados de la poesía de nuestra región.

 

En estos poetas el viento no solo aparece bajo su aspecto de dios –o de fantasma, al decir de Roberto Yacomuzzi, quien inspiró el título de esta nota— temible y destructor, sino también como el mensajero de las voces ancestrales galopando por la llanura infinita, el que esculpe el rostro severo de nuestros paisanos, o el que silba en las ramas del caldenal y en las lonas del pobrerío: “Bate el viento la puerta de bolsa, señor, y canto”, nos estremece Bustriazo; “Si usté no ha estao por aquí, no sabe lo que es el viento”, sentencia Nervi; mientras que Morisoli titula a su segundo libro nada menos que “Solar del viento”.

 

El sonido y la furia.

 

El ciclón, huracán o lo que haya sido que nos castigó tan fiero la semana pasada dejó a Santa Rosa con heridas de consideración; como para terapia intensiva. Las imágenes que pudimos ver, en vivo y en directo o en las fotografías de los medios locales, nos golpearon las dos mejillas tanto como las ráfagas del meteoro. Los barrios golpeados con más fuerza parecían escenarios de una película apocalíptica. Pero no era ficción, era realidad pura y dura. Los testimonios de muchos vecinos nos conectaron con el horror. Los que presenciaron los techos volando, las paredes viniéndose abajo o los árboles cayendo y aplastando vehículos o quebrando columnas de hormigón como si fueran palitos de comer sushi, no van a librarse ni rápida ni fácilmente de la conmoción que padecieron en esos minutos aterradores e interminables.

 

La lluvia torrencial, para no quedarse atrás, también hizo lo suyo, y lo hizo a fondo. Convirtió calles en ríos, viviendas y edificios en lagunas y una clínica de la Villa Santillán en un caos de agua cayendo en cascadas sobre los aterrorizados pacientes y trabajadores.

 

El “castigo del cielo” fue breve pero feroz. Es muy difícil, si no imposible, encontrar en la memoria de los más veteranos un caso parecido. No hay conversación –inevitable por otra parte— que no lo mencione. Y eso que esta es tierra bajo el imperio del Pampero, señor entre los señores de los vientos sudamericanos.

 

Sur, ventarrón y después.

 

Apenas amainó un poco la tormenta, cuando la lluvia y el viento no terminaban de despedirse y amenazaban seguir con el sucundum, hizo su aparición la voluntad de resistencia. Vecinos y vecinas, trabajadores y trabajadoras del municipio, de la cooperativa eléctrica, de la Provincia, de las comunas cercanas a Santa Rosa protagonizaron una coreografía colectiva que también perdurará en la memoria como contracara o bálsamo ante el caos y la destrucción.

 

Hasta el penetrante sonido de las motosierras dejó por un momento de ser una metáfora de la política de la crueldad para traernos una esperanza de salvación; pero salvación basada en hechos concretos de trabajo y compromiso y no en performance marketinera para inocular odio al prójimo.

 

Las horas y días que siguieron aportaron la mejor medicina para curar las heridas –materiales y emocionales— provocadas. Los habitantes de la ciudad pudimos presenciar cómo el trabajo hormiga de centenares, o miles, de personas anónimas se sumaba en el intento de reparar, acompañar, consolar. Se suele decir que lo mejor de un pueblo aparece en los momentos difíciles. Es una frase que, desconectada de la realidad concreta, puede sonar a demagogia, a adulación de político oportunista. Pero en este caso es legítimo creer que hay mucho de verdad en esa frase a partir de lo que todos pudimos ver cuando pasó el temporal.

 

Justicia poética.

 

En estos días de descreimiento, de desilusiones al por mayor, de sueños colectivos que cotizan a la baja frente a una narrativa hegemónica que exalta el individualismo, el sálvese quien pueda, y todo exacerbado por una maquinaria cultural dominante que tiene el poder de hipnotizar y convertir a una gran porción de la ciudadanía en ganado, los esfuerzos invertidos en mostrar otro camino no deberían ser ignorados o despreciados. Los que apostamos a un mundo más solidario y equitativo no estamos en condiciones de derrochar combustible político en arranques de cinismo.

 

Tal vez sin saberlo, los santarroseños estemos escribiendo un poema profético, una suerte de metáfora oracular a través de esta tarea colectiva de reconstrucción, en tiempos en que poderosos vientos reaccionarios están arrasando todo el país. Cuando pase este temporal político, tanto o más destructor que el climático, también deberá venir una etapa de reparación, y con las mismas herramientas que hoy se pusieron en marcha en este rincón argentino: solidaridad, trabajo y compromiso con el bienestar general por encima del particular.

 

Quizás no esté del todo mal empezar a creer en la justicia poética.

 

'
'