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Domingo 22 de marzo 2026

Dibujos animados

Redacción 22/03/2026 - 00.16.hs

La escena clave de "El agente secreto" -película brasileña que el domingo pasado fue fuerte contendiente al Oscar de lengua no inglesa- transcurre en una universidad, más concretamente, la de Recife, al norte de Brasil. Es 1977, en plena dictadura militar, y Henrique Ghrirotti, un empresario muy vinculado al régimen -y también, veremos luego, a sus elementos paramilitares- llega a la universidad local para interesarse por las investigaciones en tecnología que se están desarrollando allí. Quien lo recibe, el profesor Armando, intenta ser hospitalario pero en seguida colisionan por la actitud discriminatoria de Ghirotti hacia su estilo de vida, su pelo largo y su trato igualitario para con su mujer, Fátima. En el fondo, en realidad, hay un interés económico por una patente industrial, fruto de las investigaciones de Marcelo. Y también, el consabido conflicto entre la derecha y las universidades, a las que desde siempre perciben como enemigas.

 

Ignorancia.

 

En un diálogo que suena muy cercano, Ghirotti critica que una universidad del nordeste brasileño se ocupe de investigar cosas tales como el diseño de los futuros autos eléctricos y baterías de litio. En su visión, los brasileños no tienen nada que hacer estudiando cosas que ya los canadienses -o cualquier país central, para el caso- han desarrollado por su cuenta.

 

Es una curiosidad del pensamiento reaccionario latinoamericano: por un lado se pregona nacionalista y hasta practica la xenofobia; pero por el otro, demuestra un constante complejo de inferioridad, desprecia la contribución del talento local, y se la pasa admirando todo lo que venga de Estados Unidos como si fuera le verdad revelada.

 

Entre nosotros, a este menú tóxico lo hemos padecido por décadas. Y vaya si no sufrieron estas actitudes las universidades argentinas, que aportaron buena parte de los exiliados y desaparecidos provocados por la dictadura infame iniciada en 1976, de cuya irrupción en el poder se cumplirá medio siglo esta semana.

 

Conicet.

 

Desde luego, el conflicto con las universidades y los saberes no desapareció en 1983 con la asunción del gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Ese discurso retrógrado pudo haber estado algo apocado durante las primeras décadas de la democracia -como también lo estuvo la reivindicación de los crímenes de la dictadura- pero ya a partir de 2015, con el pretexto de la austeridad presupuestaria, volvieron a la carga contra los científicos, en particular, los investigadores del Conicet, entidad a la cual por estos días están vaciando sin piedad.

 

Hay mucho odio en esto, pero también mucha ignorancia. Los militantes de derecha se solazaron en intentar ridiculizar los temarios de algunas investigaciones financiadas por ese ente científico estatal, que percibían como inútiles o estrafalarias. Acaso el campo más castigado fue el de las ciencias humanas que, como se sabe, son el mayor caldo de cultivo de actitudes contestatarias y cuestionamientos al orden establecido. Para no mencionar que la ciencia como actividad, con su constante cuestionamiento de los saberes establecidos, les resulta sumamente incómoda a quienes, como buenos fascistas, rechazan la complejidad y se contentan con una visión del mundo en blanco y negro.

 

Resulta memorable cómo intentaron estigmatizar algunas líneas de investigación, como por ejemplo, las del campo de la semiología. Una tesis doctoral sobre "comics" y personajes de dibujos animados fue particularmente estigmatizada. Si supieran estas bestias que el gran Umberto Eco se ocupó de este tipo de estudios en su "Apocalípticos e integrados", donde hizo una disección el mito de Superman. Para no mencionar, desde luego, al chileno Ariel Dorfman, quien con su "Para leer al Pato Donald" desnudó los mensajes pro imperialistas de la iconografía de Walt Disney.

 

Y encima quiso la suerte que el año pasado, una de las miniseries argentinas más originales y exitosas en todo el mundo estuviera basada en una historieta, "El Eternauta", cuyo autor se cuenta en la lista de los desaparecidos.

 

Lenguaje.

 

Es probable que parte del desconcierto en el momento actual, donde la derecha populista arrasa con todo, sea un problema de lenguaje. Por momento pareciera que quienes nos gobiernan hablan otro idioma. Y desde el progresismo, que hasta hace poco estaba obsesionado y paralizado con el debate del lenguaje inclusivo, no se ha articulado todavía una respuesta adecuada, en ese campo, al avance reaccionario.

 

Haría falta que vuelva la semiología, otrora tan popular, tan presente incluso en la prensa escrita. ¿Dónde está nuestro Roland Barthes, el que se encargue de deconstruir a Inodoro Pereyra, y lo presente como el nuevo gran poema nacional, reemplazando a Martín Fierro?

 

Hace falta desnudar el idioma libertario, mostrar hasta qué punto es una expresión patológica, un síntoma de la masculinidad en crisis, del celibato involuntario y de la niñez abusada. Hasta qué punto este discurso está inyectado por géneros bastardos como la pornografía y los video-juegos. Hasta dónde las redes sociales y sus algoritmos perversos se han encargado de generar la confusión, la fragmentación, el desconcierto, preparando a la sociedad para una nueva etapa en el proceso de dominación imperial y de concentración de la riqueza en manos de pocos.

 

Porque cuando se mira el mundo de los comics y los dibujos animados, y se advierte en ellos más seriedad que en la conducta de la dirigencia política, es porque ha llegado, al decir de Gramsci, la hora de los monstruos.

 

PETRONIO

 

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