El eje EE.UU.-Israel exige rendición incondicional
Hay centenares de víctimas civiles en todo el territorio iraní. En una escuela arrasada por misiles hubo 80 niñas muertas. El líder religioso Alí Jamenei y su esposa fueron asesinados en uno de los bombardeos.
SERGIO SANTESTEBAN
Si algo iguala a los Estados Unidos y a Israel es que, en esencia, son dos países belicosos e invasores. Desde sus respectivos orígenes ambas naciones se lanzaron a conquistar territorios en países vecinos. EEUU declaró la guerra a México y le arrebató la mitad de su superficie, unos dos millones de kilómetros cuadrados. Israel, apenas surgió como Estado luego de la brutal partición de Palestina promovida por los británicos, apoyada por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial y rechazada por todos los países árabes, no hizo otra cosa que confrontar con sus vecinos y robar territorios en Cisjordania y Gaza, en Jerusalén este, en el sur de Siria y hasta en Egipto, aunque en este caso tuvo que devolverlo. La Nakba –la catástrofe, para lo palestinos— no es otra cosa que el resultado de una limpieza étnica, un robo flagrante de tierras cometido contra centenares de miles de pobladores originarios a punta de ametralladora.
El supremacismo y la ambición colonial son otros dos rasgos distintivos que emparentan a Washington con Tel Aviv. El poderoso lobby proisraelí, que juega muy fuerte en la política interior norteamericana, es una de las plataformas decisivas a la hora de buscar explicaciones a la fortaleza de esta alianza indestructible. Los enormes montos de dinero que aporta a las campañas electorales de candidatos, tanto republicanos como demócratas, es un fuerte disuasivo en un país donde el éxito o el fracaso de un dirigente político depende en buena medida de las bolsas que recaudan para tener presencia en los grandes medios de comunicación, los que también, a su vez, defienden abiertamente los intereses israelíes.
Otra vez la mentira.
Hace tiempo que el gobierno de Benjamín Netanyahu venía tratando de que su par estadounidense se involucrara directamente en una guerra abierta con Irán. El “carnicero de Gaza”, con su política agresiva y de control férreo de la región, siempre vio en Irán un rival a vencer. Al fin de cuentas es lo mismo que había promovido con éxito hacia Irak, primero, y Siria, después. Para el régimen sionista, no debe existir en Medio Oriente ningún país que pueda disputarle la supremacía absoluta. Siempre supo utilizar muy hábilmente la victimización para lograr sus objetivos estratégicos. Todo país que alcanzara algún nivel de desarrollo autónomo pasaba a ser, de hecho, un objetivo militar a destruir. Y el occidente europeo y norteamericano fue el aliado incondicional que puso manos a la obra en la tarea de demolición, utilizando para justificar las agresiones su gigantesco aparato de propaganda para demonizar, y posteriormente atacar, a los “rebeldes”.
Ahora, con Irán, la excusa para iniciar el ataque fue, como siempre, una mentira: “Irán está desarrollando y va a tener en breve armas nucleares”. Parecido libreto fue utilizado contra Saddam Hussein: las famosas e inexistentes “armas de destrucción masiva”; contra Nicolás Maduro: “Venezuela significa una amenaza para la seguridad de EEUU”; o décadas atrás contra Vietnam: un “ataque” fraguado a un buque estadounidense en aguas territoriales del país del sudeste asiático. En cualquier parte del planeta, en cualquier continente, la misma metodología: fabricar un “casus belli”, una excusa para atacar. La “era de la posverdad” le debe a los estrategas del imperio sus mejores (y más dramáticos) engendros.
Hegemonía absoluta.
El objetivo principal de esta agresión es derrocar al gobierno iraní, eliminar a los líderes religiosos, políticos y militares más influyentes, controlar el estratégico estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 por ciento del petróleo mundial y, de tal modo, domesticar a un país “díscolo”. Desde 1979, cuando la llamada “revolución de los ayatolas” derrocó al gobierno títere de Reza Pahlavi, Irán se afirmó como un país que ya no estaba dispuesto a someterse a las órdenes EEUU y Europa. Y tampoco a subordinarse frente a las pretensiones de Israel de erigirse como potencia excluyente en la región. El acercamiento con Rusia y China terminó por sellar la suerte de los persas, y hoy le están cobrando muy caras esas facturas. De ahí la brutalidad del ataque que, apenas dos días después de iniciado, se ha cobrado centenares de víctimas civiles. Entre ellas casi un centenar de alumnas de una escuela de niñas que, según el gobierno iraní, fueron asesinadas por misiles disparados desde Israel. Muchos analistas han señalado que este bombardeo masivo a Irán se parece mucho al que desató la OTAN sobre Yugoslavia en 1999, sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Aquel ataque brutal provocó muertes masivas y fue decisivo para terminar de desmembrar el país balcánico.
La reacción de la ONU fue, como siempre, decepcionante. Su secretario general deploró el uso de la fuerza por parte del eje EEUU-Israel como también de Irán, con lo cual adjudicó el mismo nivel de responsabilidad al agresor y al agredido, a quien ataca y a quien se defiende. La lógica colonial de las grandes potencias occidentales sigue enseñoreándose en el máximo foro político mundial.
España no se arrodilla.
En Europa, España, en una actitud que la dignifica, se distanció de Gran Bretaña, Francia y Alemania al no permitir que se usen las bases de la OTAN en su territorio para atacar a Irán. Los otros tres países, en cambio, se alinearon obedientemente con EEUU e Israel, apoyaron el ataque y se mostraron dispuestos a “colaborar” interviniendo directamente en el conflicto. El viejo colonialismo europeo dice siempre presente a la hora de respaldar a Washington en su cruzada “civilizatoria” contra los “bárbaros” asiáticos, y de apoyar incondicionalmente a Israel que, de este modo, vuelve a asumir activamente su rol de enclave militar occidental incrustado en Asia.
Lo peor para el resto del mundo que “lo mira por TV”, es, precisamente, el sesgo informativo marcadamente pro-occidental de las grandes cadenas mediáticas. No son muchos los medios que buscan informar por fuera de ese “cepo”. Incluso, algunos de ellos que presumen de sostener líneas editoriales independientes o progresistas terminan privilegiando las perspectivas de las fuentes israelíes, euro-occidentales e, incluso, norteamericanas.
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