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Domingo 11 de enero 2026

El lujo es vulgaridad

Redacción 11/01/2026 - 00.15.hs

Este año se conmemora el 40 aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, en un mundo que -particularmente a partir de la irrupción de internet- se empecina en hacer realidad algunas de las ficciones más inquietantes del gran escritor argentino. Pero, aunque seguramente él se fascinaría con esa biblioteca universal y circular que conecta las computadoras -no necesariamente las mentes- del mundo, probablemente abominaría, en la cultura contemporánea de la vulgaridad, la violencia gratuita y la impudicia que se han vuelto norma. Precisamente por eso conviene volver a él, a través de su lectura, para recordar cuáles eran aquellas virtudes en las que nos gustaba reconocernos a los argentinos.

 

La feliz.

 

Afortunadamente, al canon clásico de su obra narrativa, poética y crítica, con los años se ha venido sumando una gran cantidad de publicaciones que, por mucho que pueda criticarse la voracidad de sus sucesores, en general han sido ediciones cuidadas y de calidad, que vienen a llenar una demanda de los lectores, y que arrojan nueva luz sobre la personalidad y el talento de este hombre singular.

 

Dentro de este corpus de registros del "Borges oral" acaba de salir a la venta la transcripción anotada de su curso de literatura inglesa y norteamericana, tal como lo dictara en la Universidad de Mar del Plata en 1966, hace exactamente sesenta años. Sólo pensar que entonces, con 67 años y la ceguera a cuestas, el escritor viajó quincenalmente en tren a la ciudad costera para dar clases a un ramillete de apenas diez alumnos, no puede menos que conmover.

 

No se dirá nada nuevo aludiendo a la erudición de Borges, quien con apenas un título secundario en su haber era capaz de trazar con maestría un panorama global de la literatura anglosajona, desde la oscura Edad Media hasta el siglo XX. Su original capacidad de lectura y comparación de las obras, sumado a su estilo y humor inconfundibles, hacen de este viaje literario una experiencia deliciosa.

 

Creativo.

 

Probablemente, la mejor definición de la creatividad es aquella que la vincula no a la invención de nuevos artefactos culturales, sino al descubrimiento de relaciones entre los ya existentes: relaciones que no habían sido advertidas antes, y que arrojan una nueva luz sobre todo el proceso. Este libro está plagado de momentos así.

 

Sólo baste mencionar que la historia comienza alrededor del año 1.000 de nuestra era, en momentos en que Inglaterra no era más que un rejunte de reinos primitivos, sin una idea de nación -los personajes no se declaran ingleses, lo que los define es su relación con el rey o el señor al que sirven- y para colmo con el constante asedio de los vikingos y su formidable capacidad para guerrear.

 

Es precisamente en 1066 cuando se produce la invasión normanda en Gran Bretaña, y con ella, se inaugura un dominio francés que se prolongó por más de tres siglos. Borges tiene el tino de recordar que los normandos eran en realidad vikingos que habían adoptado la cultura y el refinamiento francés. Y este período -destaca el conferencista- es crucial porque, mientras el clero y la gente culta hablaba latín, y en la corte se hablaba francés, el inglés del pueblo fue dejado a su suerte, evolucionando a los tumbos y sin academia que lo controle, hasta transformarse en el idioma conciso y elegante que hoy domina el mundo. Probablemente hoy, esta reivindicación de la lengua vernácula le valdría a Borges la acusación de populista.

 

Este dominio, esta fruición por el estudio de los idiomas y las etimologías, lo lleva a descubrimientos singulares, como por ejemplo, cuando postula que pese a su fuerza militar, los vikingos -y los celtas, podríamos agregar- nunca constituyeron un imperio, porque la idea del imperio era una cosa latina, no nórdica. Y lo justifica de un modo bastante convincente, desde la filología: en alemán, el emperador es el "kaiser", palabra que viene del latín ("césar"); así como en inglés, se le dice "emperor", que deriva directamente del "imperator" de los romanos.

 

Nostalgia.

 

Afortunadamente, algunos recordamos aquella época, cuatro décadas atrás, cuando Borges fue a morirse discretamente en Ginebra, Suiza, la ciudad de su adolescencia. En aquel entonces, la cultura y la ideología que él representaba ("soy conservador, porque es otra forma de ser escéptico") al menos podían esgrimir una elegancia, una aspiración a la excelencia.

 

En la década del '80, por ejemplo, se acudía al diario La Nación para darse un baño de prosa bien escrita, y no sólo en el suplemento cultural. Compárese cualquier edición de aquella época -por ejemplo, la del domingo 15 de junio de 1986, cuando se dio a conocer el fallecimiento de Borges- con el chismerío insoportable, los consejos de influencers, los títulos capciosos y las operaciones políticas groseras de nuestros días, y dan ganas de llorar contra el calefón.

 

Siempre hubo algo de vulgar en nuestra oligarquía, esa que, según Sarmiento, tenía olor a bosta de vaca. Y es que "el lujo es vulgaridad", como dice la frase que se suele atribuir al Indio Solari, pero en realidad fue acuñada por el propio Borges.

 

El problema es que hoy, en su búsqueda frenética del dinero a toda costa, y en su ya impúdico odio por el pueblo con el que conviven, han abandonado toda pretensión de refinamiento. Seguramente a Jorge Luis Borges, un hombre que hacía del pudor una cuestión de principios, le molestaría sobremanera convivir con esta caterva de reaccionarios de boca sucia y exhibicionismo obsceno.

 

PETRONIO

 

(Postdata: En el siglo XIX, el más célebre argentino residente en Bruselas fue José de San Martín. En el siglo XX, a no dudarlo, fue el joven Julio Cortázar. En este siglo, averigüe el lector quién es el embajador que acabamos de inferirle a los pobres belgas, y diga si eso no es la decadencia pura y dura).

 

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