El nuevo Ravier, canchero y sobrador ¿así debe comunicar un gobierno?
Apegado al manual de la estrategia libertaria en redes sociales, el vocero presidencial, Adrián Ravier, vuelve a elegir la burla y el desprecio como respuesta frente a una situación de por sí preocupante.
Nuevamente se mofa de los periodistas acreditados en Casa Rosada, que esta vez, denunciaron un acto de vandalismo en la sala de prensa. El objetivo es provocar, generar indignación y exacerbar a los propios. Y, en parte, lo consigue.
Lo que desconoce es que también produce vergüenza ajena por el mal gusto e irritación de quienes están padeciendo la crisis generada por su propio gobierno. Nunca la burla es buena consejera y menos en una instancia gubernamental, pero desconocer esto, además de penoso, es grave. El horno no está para bollos y la realidad que llevó a MIlei a la presidencia 2023 no es la misma que la de este 2026.
¿En qué consiste la mal llamada “batalla cultural”?
1. El clip como unidad de comunicación.
Se toma una frase, un gesto o un fragmento de una intervención y se lo separa de su contexto. El objetivo es producir una pieza breve, fácilmente consumible y compartible. No importa tanto explicar qué se dijo, sino encontrar ese segundo capaz de generar reacción.
2. La provocación como atributo político.
El dirigente aparece como alguien que rompe las formas, desafía al establishment y se enfrenta al “statu quo”. El contenido, las reglas de cortesía y la institucionalidad pasan a un segundo plano. Lo identitario ocupa el centro y la supuesta “incorrección” se vuelve un atributo de marca.
3. La indignación moral que viraliza.
Ese clípeo de la provocación está diseñado para generar una reacción emocional inmediata: bronca, rechazo, indignación. No importa que esa reacción sea negativa sino que genere circulación, comentarios, reproducciones y visibilidad. La viralización es el anabólico que el libertario necesita sin importar como y que diga.
4. Exacerbar a los propios.
Al mismo tiempo que provoca, el mensaje funciona como una señal hacia la propia tribu: “ellos se escandalizan porque nosotros estamos haciendo algo que incomoda”, “somos los vivos”, “los anti sistema”. La reacción del otro se convierte en combustible para reforzar la identidad del grupo. En muchos casos trolls o focas que aplauden su propia guillotina.
5. La política como espectáculo permanente.
Cada intervención puede transformarse en contenido. La provocación, el meme, el gesto o el “canchereo” adquieren más relevancia que la explicación de una política concreta.
La política deja de ser gestión, discusión de ideas o resultados y pasa a ser un espectáculo permanente de provocaciones, banalidad y recortes virales.
6. Desplazar el eje de la discusión.
Mientras se discute la dimensión moral de la indignación o el lenguaje inapropiado -que de por sí es grave y es importante señalarlo-, el hecho produce un efecto de doble gravedad: la polémica por las formas termina anulando la discusión sobre el contenido de los hechos de gobierno.
Si la discusión queda solamente en el plano de las formas, nadie se pregunta: ¿Las políticas que están implementando son verdaderamente anti establishment? ¿Me favorecen? ¿Mejoran mi vida? ¿O a quiénes benefician? O simplemente ¿en qué consisten?
7. La construcción del adversario como objeto de burla y desprecio.
El “nosotros contra ellos” no lo inventaron Ravier ni Santiago Caputo. Es una lógica propia de la política y existe desde hace muchísimo tiempo. Pero desde la estrategia libertaria se la lleva a un extremo. No solamente por la violencia de algunos discursos, sino también por la pobreza de contenido.
Ya no alcanza con tener un adversario político. Hay que convertirlo en alguien ridículo, despreciable, indignante. Y si se lo puede humillar, mejor.
8. Gobernar solo para los propios.
Todo esto esconde un verdadero problema y una novedad para la comunicación gubernamental argentina y es que se gobierna solo para un sector. Ese otro al cual el libertarismo desprecia y se burla, sea periodista, el político opositor, el trabajador que reclama, el especialista que cuestiona o simplemente cualquiera que no forme parte del núcleo ideológico, no solo no merece respeto sino tampoco la atención como ciudadano.
En fin.
Como un disclaimer, vale decir que a Ravier encima le sale mal porque no es ese el perfil que lo identifica, fuerza el estilo y queda en ridículo, no es creíble. Pero sí, su accionar invita a hacerse algunas preguntas aplicadas al terruño pampeano:
¿Hasta cuándo vamos a naturalizar esto? ¿Es divertido este espectáculo en medio de cierre de empresas, pymes, despidos masivos y números records de familias endeudadas? ¿Se debatirá esto en la Convención Radical del sábado? ¿Qué dirá el PRO, que supo ser cultor de las formas republicanas y del respeto institucional?, ¿Van a avalar también esta forma de hacer política? ¿Así piensan construir la comunicación y el vínculo con la sociedad desde el Frente Libertario?
*Por Héctor J. Pampa
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