El obispo villero que Francisco nos legó
En 2017, el papa Francisco nombró al primer obispo villero de la Argentina, Gustavo Oscar Carrara y en 2024 lo designó como arzobispo de La Plata. Casualidad o no, esos nombramientos del llamado obispo villero se produjeron en tiempos en los que gobernaba el país la derecha empobrecedora.
Hasta donde es posible inferir que ambos nombramientos fueran, de alguna manera, respuestas que la Iglesia del papa argentino daba para contrapesar las políticas de marginación ligadas siempre a los programas de esos partidos, y hacerlo nombrando obispo por primera vez a una figura formada y comprometida en la llamada “Opción por los pobres”, es algo que no podremos determinar con certeza.
Pero si lo fuera, sería fiel al estilo que Jorge Bergoglio le imprimió a su ministerio, dando señales más allá de las palabras, con gestos y actitudes que decían mucho más que sus discursos.
Así, sea o no casualidad, lo cierto es que Carrara surge en esos años, de la mano de Francisco, como una de las figuras que más fielmente representaban el legado y la prédica del papado de Jorge Bergoglio.
Por eso tal vez es que los medios de comunicación, así como intentaron desprestigiar y limar la autoridad de Francisco, hacen hoy lo propio con Carrara. Pocas veces su palabra o su acción son reflejadas como una voz autorizada de advertencia por el camino que, una vez más, ha tomado la derecha empobrecedora argentina.
Uno de las excepciones es el diario Perfil, que ha tomado en estos tiempos la bandera de un periodismo necesariamente crítico ante el experimento de sumersión social y marginalidad que encarna el gobierno libertario.
En un reciente reportaje en ese diario, Carrara ha lanzado cifras de la realidad social que deberían advertir a los hoy llamados “argentinos de bien” del escándalo social que se abate sobre los menos favorecidos de la pirámide social y económica de la Argentina.
Ha dicho Carrara que en el país cinco millones de personas malviven en seis mil villas diseminadas por todo el país. Esa cifra, que incluye más de dos millones de niños, debería horrorizar por sí sola, toma dimensiones de espanto al denunciar el arzobispo que el gobierno libertario, en una muestra de su crueldad con los más desfavorecidos, ha desfinanciado el mermado presupuesto destinado a la urbanización de esos asentamientos.
Esos fondos servían para dotar de electricidad, agua, calles, plazas, escuelas, salas de salud, para reestructurar viviendas precarias, en fin, darle una pátina de dignidad a la indignidad nacional de convivir los argentinos con una realidad tal.
El gobierno de Milei ha resuelto disminuir esos fondos, precisó Carrara, al 3% de lo poco que ya se destinaba poniendo en acto las palabras de su mentor y antecesor en gobernar insensiblemente el país, Mauricio Macri, que lanzó sin vergüenza su afirmación que los pobres de hoy viven mejor que los reyes de hace cien años.
El obispo villero fue más allá en sus consideraciones sobre las soluciones posibles al hacinamiento de los llamados barrios populares y propuso que haya en el país un debate que incluya una solución al despoblamiento de vastas regiones nacionales, con el hacinamiento que se vive en las villas.
Como Francisco, Carrara parece estar, como suele decirse, adelantado a su tiempo y cuando habla, en realidad le está hablando no a la actual, sino a una futura generación de argentinos que en verdad sienta vergüenza de la pobreza de sus compatriotas y busque soluciones políticas inclusivas y no, como es hoy, que se vota a los voceros del sálvese quien pueda.
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