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Martes 14 de abril 2026

Votar a la derecha nunca es gratis

Redacción 14/04/2026 - 00.15.hs

Hoy el gobierno de Milei, como ayer el de Macri, castiga con particular dureza a los sectores populares. Este doble tropiezo con la derecha, la prolija y la extrema, ¿habrá dejado alguna enseñanza?

 

SERGIO SANTESTEBAN

 

Mientras los casos de corrupción en el gobierno de Javier Milei no paran de multiplicarse con novedades que sacuden todas las semanas a los argentinos, las estadísticas de la economía y de la situación social muestran cuadros alarmantes. En menos de dos años y medio en la Casa Rosada el experimento libertario ha destruido el salario, la salud y la educación públicas, la industria nacional, las economías de las provincias y los municipios y hasta las ingenuas expectativas favorables de muchos de sus simpatizantes. Todas las encuestas de opinión, salvo las que publican los grandes medios porteños que siguen operando como guardaespaldas del gobierno, muestran una caída en picada de la imagen de Milei y de su gestión.

 

La misma M.

 

Con algunas diferencias, que son básicamente de forma y no de fondo, los argentinos viven por estas horas algo parecido a lo que vivieron durante los últimos tiempos del mandato de Mauricio Macri, cuando se le terminó el crédito de los prestamistas privados y tuvo que aferrarse a las polleras de Christine Lagarde, la entonces madama del FMI, rompiendo sus reiteradas promesas en contrario. Por esos meses, Macri también se daba cuenta de que bajar la inflación era más difícil en los hechos que en los dichos.

 

La apertura de la economía, en tanto, hacía lo que siempre hace: provocaba el cierre masivo de empresas y el crecimiento del desempleo, que se terminó duplicando con respecto al inicio de su gobierno. En síntesis: el malhumor social se llevó puesto su afán continuista y terminó perdiendo las elecciones generales de 2019. Quizás, a la distancia, podría decirse que no fue lo peor que le sucedió en la vida: a tres meses de asumido su sucesor, Alberto Fernández, se vino la epidemia de covid que ponía a prueba la capacidad operativa del Estado. El solo hecho de imaginarse a Macri gobernando el país bajo esa catastrófica contingencia sanitaria global provoca escalofríos. Basta con recordar su llamada telefónica para solicitarle al presidente que no ordenara el cierre de las empresas, es decir, que no impusiera la cuarentena preventiva. “Que mueran los que tengan que morir”, dijo entonces Alberto que le dijo Mauricio. Italia y otros países que procedieron según esa mirada empresarial tan “productivista” como indiferente por la salud pública, pagaron un altísimo costo en vidas y en padecimientos sociales.

 

El derrumbe.

 

Ayer se conoció en esta provincia el relevamiento que realiza periódicamente la Cámara de Comercio, Industria y Producción de La Pampa. Los datos que arrojó, y que se publican en otra página de esta edición, no pueden ser peores. El 60 por ciento de los comerciantes perdió ventas, algunos de magnitud calamitosa: hasta el 40 por ciento; la mitad no pudo cumplir con el pago a sus proveedores y más de la cuarta parte debió despedir empleados.

 

A nivel nacional las noticias no son mejores. Siguen cerrando fábricas; muchas de ellas pasan a dedicarse a importar en lugar de producir, con lo cual el ejército de desocupados no para de crecer. (A esta altura, es lo único que crece en esta Argentina arrasada por la motosierra de Milei). Las únicas actividades que prosperan son la minería y la explotación de hidrocarburos, además, desde luego, del sector bancario. Es decir, extractivismo y especulación financiera. Ese es el perfil que el inquilino de la Casa Rosada vino a imponer: una economía primarizada donde pocos pero poderosos sonríen y el resto, las mayorías que viven de su trabajo, deben resignarse a sobrevivir.

 

Por estas horas se conoció un nuevo documento del Centro de Economía Política de Argentina (CEPA) que alerta sobre el desmesurado nivel de ajuste que está aplicando el gobierno nacional en favor de lograr el cacareado “equilibrio fiscal”. ¿Acaso aumentar impuestos a los sectores más acaudalados? Vade retro; ya sabemos de sobra que no va por ahí la receta libertaria. La motosierra corta abajo, nunca arriba. Por eso se redujeron tributos progresivos, como Bienes Personales, Ganancias o Derechos a la Exportación (retenciones), mientras los salarios siguen con cepo en las negociaciones paritarias ante la disparada inflacionaria. Así los ingresos en los hogares se vienen derrumbando y los niveles de consumo alcanzan pisos históricos, hasta en artículos alimentarios tan básicos como la lecha, el pan o la carne.

 

La obra pública sigue frenada a pesar de que el gobierno aumentó el impuesto a los combustibles destinado a ese rubro y está recaudando a manos llenas. Este fin de semana se supo que los cuantiosos ingresos por ese tributo que no van a obras viales están siendo ilegalmente apropiados por el ministro Caputo para dibujar un “equilibrio fiscal” más falso que refucilo e’ teatro.

 

La calamitosa situación de PAMI está haciendo eclosión con el paro de los médicos prestadores en todo el país, a quienes les redujeron a la mitad sus percepciones. Farmacias, ópticas, odontólogos y clínicas y sanatorios han cortado o están por cortar sus servicios a un sector de la población, como los jubilados, que no se caracteriza por ostentar una vida de derroche.

 

Darse cuenta.

 

Este doloroso proceso que está atravesando la sociedad argentina, producto de haber votado mayoritariamente a Javier Milei, ¿redundará en un aprendizaje político? Es la pregunta del millón en una Argentina que hasta hace apenas una década nunca había elegido en las urnas a una expresión política de derecha. Más todavía, las fuerzas de esa orientación eran absolutamente minoritarias y fácilmente derrotadas por el peronismo o el radicalismo. Eso sí, la derecha mostró mucha habilidad para colarse adentro de esos partidos. Menem y De la Rúa fueron los ejemplos más evidentes.

 

A partir de 2015, con Macri, ya no necesitó hacerlo. Por razones imposibles de abordar aquí, hoy tiene su propio peso electoral y ha logrado seducir a buena parte de la sociedad, incluso a quienes, como trabajadores y jubilados, castiga con especial ferocidad con sus políticas.

 

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