El poder de los más ricos corrompe la democracia
La hiperconcentración económica es también la hiperconcentración de capital político. ¿Seguimos viviendo en una “democracia” o ya corresponde llamarla “plutocracia”, es decir, el gobierno de los ricos?
SERGIO SANTESTEBAN
Mientras todas las cámaras y los micrófonos apuntaban a las figuras estelares en el reciente Foro Económico Mundial de Davos, el último informe de Oxfam abría la puerta a la realidad entre tanto derroche de dinero y glamour. La organización no gubernamental que tiene representación en 70 países y se propone combatir la pobreza y la desigualdad tituló su trabajo: “Contra el imperio de los más ricos: defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios”. Los datos son contundentes y expresan que el mundo ha cruzado un umbral donde la riqueza extrema ya no es solo un subproducto del sistema, sino una fuerza que amenaza con desmantelar los cimientos de la llamada democracia moderna.
El informe de 2026 revela una aceleración sin precedentes en la concentración de capital. La riqueza conjunta de los milmillonarios del planeta alcanzó la cifra récord de 18,3 billones de dólares al cierre de 2025, un aumento del 16 por ciento en tan solo doce meses. Este ritmo de crecimiento es tres veces superior a la media de los últimos cinco años. Para ponerlo en perspectiva: mientras la economía global lucha por mantenerse a flote, la fortuna de los súper ricos ha crecido a una velocidad vertiginosa, impulsada en gran medida por el auge del sector tecnológico y la desregulación financiera.
Uno de los datos más escalofriantes presentados por Oxfam es la comparación con la base de la pirámide social. Los 12 hombres más ricos del mundo poseen hoy más riqueza que los 4.100 millones de personas que conforman la mitad más pobre de la humanidad; entre ellos el 28 por ciento se encuentra en situación de inseguridad alimentaria, lo que en Argentina se conoce como indigencia.
Oligarquía política.
La novedad del informe de este año no es solo la mención a la acumulación de dinero, sino cómo ese dinero se traduce en un control sobre el poder político. Oxfam denuncia que el mundo se encamina hacia una “oligarquía global”. Según la organización, un milmillonario tiene cuatro mil veces más probabilidades de ocupar un cargo político que un ciudadano corriente. Esta “captura del Estado” se manifiesta a través de tres mecanismos principales:
*Financiación de campañas: en las elecciones de muchos de los países del primer mundo una proporción abrumadora de los fondos provino de un puñado de familias ultrarricas –propietarias de grandes corporaciones-, garantizando que las políticas posteriores, especialmente las fiscales, jueguen a su favor.
*Control de la información: la mayoría de las grandes empresas de medios de comunicación y el 90 por ciento del mercado de la inteligencia artificial generativa están bajo el control o la influencia directa de milmillonarios. Quien posee la tecnología y los medios, posee la narrativa.
*Lobby agresivo: la presión para recortar impuestos a las corporaciones y frenar las leyes antimonopolio ha permitido que el 60 por ciento de la riqueza de los milmillonarios provenga hoy de herencias, monopolios o conexiones políticas, en lugar de las inversiones de riesgo o el trabajo real.
Laboratorio argentino.
Para la región latinoamericana el panorama es aún más sombrío. El informe destaca que la riqueza de los milmillonarios en América Latina y el Caribe creció un 39 por ciento solo en el último año, una tasa 16 veces superior al crecimiento en conjunto del PBI regional. En países como Argentina, el informe califica la situación de “laboratorio global” de la desigualdad, donde la pobreza se ha disparado por encima del 52 por ciento mientras los sectores concentrados de la economía reportan beneficios extraordinarios.
En Colombia, la disparidad es tal que un multimillonario promedio tarda solo dos minutos en ganar lo que un trabajador con salario mínimo tarda un año entero en percibir. Estas cifras no son meras curiosidades estadísticas, son el combustible de una indiferencia política que, según Oxfam, está erosionando la confianza en las instituciones y alimentando discursos autoritarios.
Amitabh Behar, director ejecutivo de Oxfam Internacional, fue tajante durante la presentación: “La riqueza extrema es un síntoma de un sistema económico enfermo. Pero el uso de esa riqueza para comprar la política es un ataque directo a nuestras libertades”. El informe estima que el incremento de la riqueza de los milmillonarios solo en el último año (2,5 billones de dólares) sería suficiente para erradicar la pobreza extrema en el mundo ¡26 veces!
Sin embargo, en lugar de inversión en servicios públicos o en acciones para afrontar el cambio climático, el capital fluye hacia las guaridas fiscales o se utiliza para consolidar monopolios digitales. Oxfam subraya que la concentración de poder en el sector de la IA es especialmente peligrosa, ya que permite que un grupo minúsculo decida el futuro del trabajo y la privacidad de miles de millones de personas.
Impuestos progresivos.
Ante este escenario de “capitalismo de herederos”, ya advertido por Tomas Pickety en su extraordinario libro “El capital en el siglo XXI”, Oxfam propone algunas medidas para que no se termine de hundir lo que, todavía, se llama democracia:
1. Impuestos a la riqueza extrema: implementar tributos permanentes a las grandes fortunas y ganancias extraordinarias para financiar la salud y la educación.
2. Regulación de los monopolios: desmantelar los oligopolios tecnológicos y mediáticos para devolver la soberanía de la información a la ciudadanía.
3. Cortafuegos democráticos: prohibir la influencia corporativa desproporcionada en la financiación de partidos políticos y fortalecer los sindicatos y movimientos sociales.
El Foro de Davos 2026 termina con una advertencia: la desigualdad, además de una cuestión de justicia social, es una cuestión de supervivencia democrática. Si las reglas del juego siguen siendo escritas por quienes tienen el capital para comprarlas, el concepto de “un ciudadano, un voto” será definitivamente cosa del pasado. El imperio de los más ricos está aquí, y el tiempo para que no termine de sucumbir la llamada democracia se está agotando.
La hiperconcentración económica es también la hiperconcentración de capital político, por lo tanto el concepto de democracia queda completamente desnaturalizado y correspondería denominarla más apropiadamente como “plutocracia” o gobierno de los ricos.
Jean-Jacques Rousseau fue muy claro al respecto cuando escribió, en el siglo XVIII, su famoso libro El contrato social: “Que ningún ciudadano sea lo suficientemente opulento como para poder comprar a otro, ni ninguno lo bastante pobre como para verse obligado a venderse”.
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