Fantasma de la ultraderecha recorre América Latina
Las nuevas derechas latinoamericanas, impulsadas por la asunción de Donald Trump en EE.UU, son mucho más radicales. Y Milei está a la vanguardia de ese proceso.
Eduardo Lucita*
Las ultraderechas han llegado al gobierno en numerosos países de la región. Están ligadas al trumpismo, resistirse a ellas requiere de la más amplia coordinación de esas resistencias tanto a nivel local como regional.
A fines del 2022 publiqué en esta misma columna una nota bajo el título: “América latina: La ultraderecha ya está entre nosotros”. Hoy el hecho es insoslayable. Si se toma el período 2023-2026 los triunfos ultraderechistas se verifican en 13 de las 16 elecciones presidenciales realizadas en ese tiempo. Pero es desde la asunción de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU., hace ya 18 meses, que ese cambio político se ha acentuado triunfando los candidatos de extrema derecha en las últimas siete elecciones presidenciales de la región.
Sea por la simultaneidad de los procesos o por la profundidad de las reformas regresivas y los cambios estructurales que proponen puede pensarse que es un fenómeno político de nuevo tipo y que tal vez no resulte meramente episódico. En todo caso sus efectos serán duraderos.
Estas nuevas derechas son mucho más radicales y profundas en los cambios estructurales que prometen, en la destrucción de los consensos democráticos alcanzados en el período anterior y mucho más conservadoras. Promueven la más amplia desregulación del movimiento de capitales, el cercenamiento, cuando no la eliminación, de derechos sociales y políticos (desprotección de los trabajadores, de las mujeres, de los campesinos, de los habitantes originarios, de los bienes comunes y la naturaleza, el vaciamiento de las políticas de educación y salud, la expropiación de los pueblos originarios y sus identidades, la utilización de las deudas públicas como justificación de las políticas de ajuste permanente). Y mucho más mercado-intensivas. Es un ataque en toda la línea contra el pueblo trabajador y a favor del capital que busca instalar una relación de fuerzas regresiva de larga duración.
Socios menores.
Se trata de un conjunto de dirigentes que han alcanzado el poder político de sus países por la vía de la democracia liberal capitalizando las frustraciones populares de períodos y gobiernos anteriores. Todos han asumido como propio, aún con sus diferencias y heterogeneidades, el estilo, la retórica y la agenda del trumpismo (autoritarismo, racismo, sexismo, homofobia, antiecologismo, reconstrucción del patriarcado, odio como forma de hacer política).
Este giro al extremismo derechista es absolutamente funcional a la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU. (noviembre 2025), que viene desplegando una política imperial mucho más agresiva, inaugurada con la excusa del narcotráfico y el bombardeo indiscriminado, sin pruebas y sin respetar acuerdos internacionales, a pequeñas naves en el Caribe. La invasión militar a Venezuela y el secuestro del presidente y su esposa (diputada nacional) el 3 de enero de este año, fueron la continuidad de esa ofensiva. En paralelo amenazó con anexar Groenlandia hasta conseguir la instalación de tres bases militares en la isla y con cambiar la denominación del Golfo de México por el de las Américas. Logró que Panamá expulsara empresas asiáticas del canal, obligó a Chile a suspender el proyecto de un cable submarino de fibra óptica de Concón a Hong Kong mientras que Argentina suspendió el convenio para construir un radiotelescopio en la provincia de San Juan…
Trump ha comprendido que la unilateralidad en el mundo ha concluido y con ella el rol de potencia hegemónica de EEUU. Busca entonces rediseñar el trazado global reorganizándolo en áreas de influencia y seguridad dominadas por las grandes potencias (EE.UU, China, Rusia) mientras se repliega sobre el hemisferio occidental (desde el Ártico hasta la Antártida). Con este repliegue busca cubrir aspectos que considera estratégicos: bloquear el acceso de China a la región, garantizar gobernabilidad política a sus aliados (subordinados e incondicionales) y tener libre acceso a los recursos naturales de la región necesarios para sus cadenas de valor y la transición energética.
Pero este repliegue no implica desentenderse de sus intereses en otras regiones del mundo. Por el contrario busca reforzar el control sobre su “patio trasero” para desde allí desplegar una política que contemple su debilidad estratégica frente a una potencia emergente como China.
El gobierno Milei, bajo la total subordinación a EE.UU, está a la vanguardia de este proceso y aspira a liderar un bloque regional de países identificados con las políticas del trumpismo. La actual crisis diplomática con Brasil es una expresión de esta intención, al mismo tiempo que forma parte del conflicto global China-EEUU,
El futuro en disputa.
La mayoría de esos triunfos electorales se resolvieron en segundas vueltas y por muy poca diferencia, por lo que los gobiernos asumen en sociedades totalmente polarizadas, lo que pone en duda la gobernabilidad futura. Hasta ahora han puesto más esfuerzos en desarmar los logros del período anterior, y en modificar el rol del Estado, que en proyectar algún futuro.
Es que el ultraliberalismo extremo que profesan encuentra serias dificultades para relanzar el proceso de acumulación y reproducción de capitales, dependen cada vez más de las inversiones externas que exigen más y más prebendas impositivas, garantías jurídicas y de movimientos de capitales que vulneran la soberanía de pueblos y naciones.
Así los proyectos quedan atrapados por las contradicciones de la coyuntura, con la particularidad que la década larga progresista dejó un piso de derechos sociales y democráticos que los trabajadores y los sectores populares no parecen estar dispuestos a ceder sin pelea (Bolivia, Chile y Argentina son ejemplos de estas resistencias). Sin embargo las luchas obreras y populares contra estas extremas derechas y la dominación imperialista son fragmentarias y dispersas. No solo a nivel de cada país sino también en escala internacional. Lo que coloca en primer lugar la solidaridad y la combinación de las resistencias antifascistas y antiimperialistas con la defensa de la soberanía nacional y de los pueblos.
Una perspectiva.
A fines de marzo pasado miles de personas provenientes de más de 30 países, convocados “…para combatir las agresiones imperialistas y coloniales y coordinar las luchas de los pueblos que se resisten a ellas” se dieron cita Porto Alegre, Brasil, dando lugar a la 1º Conferencia Internacional Antifascista, Antiimperialista y por la Soberanía de los Pueblos, buscaban compartir análisis, estrechar lazos y acordar acciones concretas.
La tarea será continuada por la Conferencia Regional Antiimperialista y Antifascista de América Latina, a realizarse en Buenos Aires, los días 17, 18 y 19 de diciembre de este año, y luego otra en México posiblemente en marzo del 2027.
El camino está trazado, será de difícil realización pero no imposible.
* Integrante de EDI –Economistas de Izquierda-
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