Un reguero de pólvora
Acaso el mayor triunfo del premier israelí haya sido convencer a Donald Trump, en febrero pasado -y contra el consejo de sus principales asesores- de que EEUU debía involucrarse en un ataque conjunto contra Irán.
Por José Albarracín
Nadie se ve más beneficiado con el actual estado de cosas en Medio Oriente que el premier israelí Benjamin Netanyahu. Cuanto más ruido haya, más países se involucren y más muertos caigan en la guerra, menos se ocuparán los suyos de reclamarle sus múltiples casos de corrupción, su erosión de la democracia y la independencia judicial, y, por cierto, su causa pendiente en la Corte Penal Internacional por el genocidio en Gaza. Acaso el mayor triunfo de su carrera haya sido convencer a Donald Trump, en febrero pasado -y contra el consejo de sus principales asesores- de que EEUU debía involucrarse en un ataque conjunto contra Irán, que en contadas semanas derrocaría al gobierno y desmantelaría su plan nuclear. Cinco meses después, Washington se ve enfrascado en otra "guerra eterna" que no puede ganar -porque se quedó sin municiones- y que no puede concluir pese a haber hecho concesiones inéditas en las conversaciones de paz de junio pasado.
Sonrisas.
A "Bibi" se lo vio sonriente esta semana en la capital norteamericana, donde concurrió -junto a otro de su calaña, el ucraniano Volodimir Zelensky- a los funerales del senador republicano por Carolina del Norte, Lindsey Graham, uno de los responsables de la putrefacción del Partido Republicano. Hay que decir en su honor, que el alcalde neoyorkino Zohram Mamdani, sin facultades para hacerlo por sí, reclamó al gobierno federal que aprovechara la presencia de Netanyahu en EEUU para hacer cumplir la orden de la CPI y detenerlo. No tuvo suerte.
Pero menos suerte están teniendo los pueblos de cercano Oriente con una guerra que ya no reconoce fronteras. Cuando empezó, las partes beligerantes eran sólo EEUU e Israel contra Irán (aunque Tel Aviv aprovechó la volteada para profundizar sus ilegales ataques en suelo de El Líbano, provocando incontables muertes de civiles).
En respuesta a los ataques de marzo, y como todo hacía prever, Teherán respondió bombardeando no sólo a Israel, sino también a los objetivos de EEUU en la región, tanto bases militares como buques de guerra. Esto implicó, en los hechos, atacar en suelo de países limítrofes como Arabia Saudita, Iraq, Catar, Irak y Jordania. Y lo ha hecho con un éxito significativo, al punto que el Pentágono está aplicando la "contabilidad creativa" para ocultar el número real de bajas norteamericanas.
Vale decir, que al sufrimiento económico que causa - en el comercio, el turismo y las finanzas- el cierre del estrecho de Hormuz- se añade ahora que esos países aliados de Washington están sufriendo actos de guerra en su territorio.
Extensión.
Esta semana, la novedad es que estos ataques cruzados ya están comenzando a complejizarse, con otros países que participan -bien que con renuencia- como beligerantes. Es el caso de Arabia Saudita, que en estos días condujo un ataque en suelo iraquí, en contra de una milicia pro-iraní que había atacado objetivos sauditas en aquel país. Por cierto, estos grupos armados en Irak no habían tenido mayor protagonismo hasta ahora: los combatientes aliados conocidos de Irán eran Hamas en Palestina, Hezbolá en Líbano, y los Houtis en Yemen, además el derrocado gobierno de Siria.
Y desde luego, los Houtis también se han activado, anticipando que atacarán cualquier barco saudí que pretenda ingresar el Mar Rojo en camino al canal de Suez y el Mediterráneo: con ello se suma otro cuello de botella más al comercio mundial, creado exclusivamente por esta guerra irracional. Y como consecuencia, los saudíes también han respondido a ese frente de batalla en el sur.
Para completarla, acaba de producirse el primero episodio bélico en el continente africano, cuando drones de origen desconocido -pero con fuerte tufo iraní- atacaron dos barcos petroleros en un puerto egipcio sobre el Mediterráneo, causando daños cuantiosos: uno de ellos es propiedad de una compañía norteamericana.
A todo esto, en esta escalada -que recuerda inquietantemente a los comienzos de la Primera Guerra Mundial- la buena noticia había sido, hasta ahora, que con el debilitamiento de la OTAN y los continuos desaires sufridos de parte del presidente Trump, los países europeos no se habían involucrado en esta campaña militar, como sí lo habían hecho tradicionalmente, tanto en Irak, como en Afganistán, como en Libia.
Torpeza.
Esa buena noticia estuvo a punto de amargarse, también esta semana, cuando el gobierno de Ucrania cometió la infinita torpeza de bombardear un buque carguero iraní que navegaba el Mar Caspio. Inicialmente la reacción de Teherán, como era de esperarse, fue de alta indignación -el ataque produjo muertes en la tripulación- y una advertencia de que el episodio "no quedará sin una respuesta". Luego vinieron las disculpas y las charlas diplomáticas que aquietaron las aguas, por lo que el incidente no escaló. Pero es claro que Ucrania e Irán están en bandos opuestos, ya que Rusia emplea drones iraníes en sus incursiones contra Kiev. Y, por supuesto, nunca hay que subestimar la estulticia de personajes como Zelenzky.
Sería casi ridículo pronosticar la tercera guerra mundial desde La Pampa, pero la verdad es que, cuando se observa que los países involucrados están -casi sin excepción- gobernados por líderes autoritarios, antidemocráticos, corruptos, megalómanos y sin registro alguno por el bienestar de sus pueblos, resulta difícil ser optimista al respecto.
Y esto corre también para la estulticia que practica el presidente argentino, que no pierde ocasión de usar la primera persona del plural -involucrando a nuestro país- cuando habla del ataque de Washington y Tel Aviv contra Teherán. Casi siempre, para pronosticar un "triunfo" sin un dato serio que sustente su profecía. Como dicen los iraníes, estas torpezas "no quedan sin respuesta", y no sería la primera vez que nuestro país sufre actos de guerra por los desvaríos de un presidente patilludo.
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