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Imperialismo semiótico

Redacción 27/09/2026 - 00.14.hs

Unos meses antes de ser sometida al vergonzoso juicio que la recluyó, Cristina Kirchner había expresado un interesante concepto: la moneda propia debe ser defendida porque también es un símbolo nacional, por más que algunos políticos hayan llevado el peso a su pobre condición de hoy.

 

Lo mismo puede decirse del idioma castellano y su variante argentina, sobre el que avanza desmedidamente el inglés. No se trata de objetar vanamente el idioma anglosajón, al que por sus logros políticos y técnicos no puede dejarse de reconocerle su actual condición de “idioma universal”, como en sus momentos fueran el español o el francés.

 

Planificado por los Estados Unidos una especie de imperialismo semiótico se extiende hoy sobre la Argentina, inundando el idioma con intoxicación informativa. La batalla cultural, que tan frecuentemente llena la boca de nuestros políticos es, “una colonización del pensamiento que puede operar por distintas vías –la apelación a las emociones una de ellas– y es un complemento de las “guerras híbridas, matanzas sistemáticas provocadas con la precisión de la inteligencia artificial y disputas por el sentido para cambiar o consolidar patrones de comportamiento”, algo tan propio de nuestro siglo”.

 

Un ejemplo bien podría ser el progresivo uso por parte de los medios impresos de La U, como abreviatura de “under” (por debajo, en inglés) en lugar de “sub”. Y una evidencia irónica que corrobora lo dicho: en los recientes juegos deportivos sudamericanos –y se subraya esta última palabra—todos los epígrafes de las imágenes televisadas aparecían escritos en inglés, elemental si se quiere pero teniendo exactos equivalentes en castellano.

 

Mal que nos pese es una prueba de un “imperiaslimo semiótico”, la imposición desde el habla cotidiana de un lenguaje ajeno. Es parte de una antigua política, según la cual los pueblos dominadores, imponían su idioma sobre los dominados.

 

Como una forma de premonición ya a principios del siglo pasado el poeta Rubén Darío se preguntaba en un verso: “¿tantos millones de hombres hablaremos inglés?”

 

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