Incalificable acto
Hace 44 años, el 2 de mayo de 1982, en una tarde de aguas turbulentas propias de esas latitudes, un torpedo disparado por el submarino inglés Conqueror hundía al crucero argentino General Belgrano, con un saldo catastrófico de 363 vidas humanas. De acuerdo a los documentos, la nave estaba fuera de la llamada “Zona de Exclusión” determinada por los ingleses; la presencia del barco en esas aguas marcaba un error más de los militares argentinos (embarcados en una guerra para la que no estaban preparados ni remotamente e impelidos por la estupidez de un “majestuoso general”), que hacían gala de una ingenuidad impropia de su profesión al creer que nada menos que Gran Bretaña respetaría sus propias condiciones. (Al respecto, se puede leer el Informe Rattenbach).
Como es de suponer, este luctuoso aniversario fue conmemorado en todo el país. Pero no es a la memoria del hecho en sí mismo a la que apunta este comentario, sino a la ofensa patriótica que al respecto concretara el actual titular del Poder Ejecutivo Nacional, porque sobre la misma fecha del hundimiento del General Belgrano el Presidente de la República accedió a visitar el portaaviones norteamericano de propulsión nuclear Nimitz, de maniobras -consentidas- cerca de las costas argentinas. La invitación había corrido por cuenta del embajador norteamericano, el mismo que declaró que visitaría cada una de las provincias argentinas para defender los intereses de los EEUU.
El gesto de Milei, refrendando su alineamiento incondicional con el país del norte estuvo avalado por un Decreto de Necesidad y Urgencia, una insólita medida cuando la gestión libertaria se desenvuelve en medio de escándalos de corrupción que llegan hasta el nivel presidencial.
Así, ni más ni menos, en un acto muy parecido a la pleitesía, el Presidente de la Argentina visitó una nave de guerra con la bandera del principal aliado de Inglaterra que, en la Guerra de las Malvinas suministró datos estratégicos a los ingleses, obtenidos –principalmente- de su formidable red de satélites artificiales. La visita presidencial mostró a un Milei exultante, acompañado de algunos de sus ministros.
Sin embargo, lo incalificable de este acto tampoco debería sorprender. Su protagonista es el mismo que –según información nunca desmentida- tenía y/o tiene en su despacho un retrato de Margaret Thatcher, la primera ministra inglesa que dio la orden de hundir al Belgrano. También es la misma persona que negó el acceso a un acto público a los veteranos sobrevivientes de Malvinas y que avala que sean los propios isleños los que determinen por propia voluntad la pertenencia a uno de los dos países.
Es el desquiciado funcionario que no ha vacilado en desguarnecer la Patagonia Sur del poblamiento que garantiza nuestra soberanía, expulsando gente al eliminar fuentes de trabajo, al tiempo que no parece objetar la pesca o la búsqueda de petróleo en aguas territoriales argentinas. Por si fuera poco, obedeciendo a las objeciones inglesas, aprobó la compra de chatarra voladora destinada a nuestra Fuerza Aérea y sugirió un próximo viaje a las Islas Británicas para, entre otras cosas, conversar sobre la posible compra de material bélico. Todo esto cuando, simultáneamente, su admirado Donald Trump recibía al Rey de Inglaterra en la Casa Blanca y le otorgaba significativas mejoras económicas, claramente demostrativas de hacia dónde apuntan sus favores políticos.
El lector puede argüir que se trata también de la misma persona que resultó avalada en las elecciones del pasado octubre y, lamentablemente, tendrá razón.
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