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Lunes 04 de mayo 2026

Una batalla tras otra

Redacción 04/05/2026 - 00.13.hs

La película ganadora de los premios Oscar de este año, "Una batalla tras otra", se centra en las peripecias de un grupo de sobrevivientes de un grupo radical de izquierda activo en los EEUU durante la década de los '60. Aunque con un nombre ficticio, el modelo parece ser "The Weathermen", quienes, como sus pares del activismo negro, "The Black Panthers", empleaban tácticas de guerrilla similares a las de los grupos de liberación del tercer mundo, incluyendo asesinatos selectivos, robo de bancos, secuestros extorsivos y atentados explosivos. Independientemente de los valores artísticos de la película, su aparición en el momento político actual no hace más que reactivar una pregunta latente: ¿Están los EEUU viviendo un regreso de la violencia política? Y, en tal caso, ¿cuánto se permea este fenómeno en el resto del mundo?

 

Días atrás se produjo el tercer intento de atentado contra la vida del presidente norteamericano en menos de dos años. Como en el anterior caso, el perpetrador estuvo muy lejos de tenerlo en la mira, a diferencia del primer tiroteo en New Hampshire, durante la campaña electoral, en que Donald Trump resultó herido por un disparo en una oreja.

 

Muy lejos están los tiempos en que, durante los años '60, estos atentados generaban verdaderas tormentas políticas. Ocurrió en 1963, con el asesinato del presidente demócrata John Kennedy, y cinco años más tarde, con el de su hermano Robert, candidato a la presidencia. Sin dejar de mencionar los líderes negros Malcom X y Martin Luther King, cuyos asesinatos tuvieron el mismo sesgo reaccionario que el de los dos anteriores.

 

Habría que remontarse a comienzos de los años '80 -hace 45 años- para encontrar un episodio parecido, en el fallido atentado contra Ronald Reagan. Desde entonces los intentos de magnicidio o fueron abortados tempranamente, o fallaron en el intento. Debe haber mejorado sensiblemente la seguridad e inteligencia que rodea a los presidentes, o acaso ha empeorado la puntería de los francotiradores.

 

Kirk.

 

Pero no en todos los casos. El año pasado EEUU se vio conmovido por el asesinato de Charlie Kirk, un joven activista de la ultraderecha religiosa, gran seguidor del actual presidente, y muy influyente en su franja etárea. Otro hombre armado acabó con la vida de Melissa Hortman, una diputada estadual demócrata de Minnesota. En otros actos terroristas de nota, un hombre atacó con una bomba incendiaria la residencia del gobernador de Pennsylvania, y otro penetró en la residencia de la líder demócrata Nancy Pelosi, hiriendo gravemente a su esposo con un martillo.

 

Desde luego, la violencia en los Estados Unidos no es nueva. De hecho, podría definirse a esa sociedad como violenta en su propia constitución, con su énfasis en el individualismo, la competencia y la agresividad, lo cual se agrava por el hecho de que la portación de armas está consagrada como un derecho constitucional, y se cobra miles de vidas por año.

 

Tampoco es nueva la violencia política. Como recuerda el historiador Sean Westwood, en el período que va de 1865 a 1901, tres de los nueve presidentes de la nación fueron asesinados. Un aterrador porcentaje del 33,3%, nada comparable al momento presente, en que el último episodio de este tipo ocurrió hace más de 60 años. Westwood se muestra optimista, en realidad, ya que en su opinión la violencia política no ha hecho sucumbir ni a la democracia ni a la república, ni siquiera ante hechos graves como el asesinato de un líder nacional.

 

Lobos.

 

Otro aspecto que señala es que los actuales candidatos a magnicidas, a diferencia de los grupos organizados de los años '60, carecen de pertenencia orgánica, de estructura, liderazgo, e incluso de solidez ideológica. Los define como "lobos solitarios": en su opinión son mayormente personas que padecen alguna enfermedad mental, hombres y jóvenes, que, con independencia de sus blancos de ataque, parecen estar tomándose venganza contra la sociedad de la que se sienten alienados.

 

Sin embargo, si se estudia el período 2020/2024, se contabilizan más de 9.000 crímenes religiosos, y más de 25.000 crímenes de odio. En estos casos -aunque Westwood no lo señala- muchas veces se observa la presencia de organizaciones de ultraderecha -muchas veces cultoras de supremacía blanca- como las que apoyan fervientemente al presidente Trump, y siempre reciben de él un cálido agradecimiento.

 

Muchos de ellos estaban presentes el 6 de enero de 2021 en el ataque al Capitolio en Washington, en lo que fue acaso el acto de subversión política más grande de la historia, con el agravante de que fue visto por todo el mundo en vivo y en directo. Ese día hubieron muertos, heridos y cuantiosos daños, y podría haber sido peor si los atacantes hubieran logrado llegar a los legisladores y al vicepresidente que intentaban certificar el triunfo demócrata en las elecciones de dos meses atrás.

 

Trump nunca llegó a ser juzgado por su participación crucial en esos hechos, y lo que es peor, el pueblo norteamericano pareció ignorarlos y volvió a elegirlo como presidente cuatro años después. Uno de sus primeros actos de gobierno fue indultar absolutamente a todos los condenados y procesados por aquellos hechos, muchos de los cuales -conforme un estudio reciente del New York Times- han vuelto a cometer delitos graves, y en forma reincidente.

 

¿Será que este mal ejemplo norteamericano se replicará fuera de esas fronteras? En Brasil, Jair Bolsonaro intentó un operativo muy similar cuando perdió las elecciones contra Lula en 2022, pero la valentía de los jueces brasileños lo puso en prisión por este crimen. Y, por las dudas, en Hungría, el autoritario Víktor Orban acaba de reconocer su derrota electoral sin chistar. Por el momento no está funcionando. Pero con esta gente no hay descanso: es "una batalla tras otra".

 

JOSÉ ALBARRACÍN

 

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