Jueves 13 de junio 2024

¿Interesa la democracia?

Redacción 26/05/2023 - 00.38.hs

Las elecciones del presente año forman parte de una práctica cívica ininterrumpida durante cuatro décadas, sin precedentes en el país, que debemos apreciar en sus fortalezas y debilidades prestando debida atención a los fenómenos que hoy afectan la vida democrática.

 

ALVARO RUIZ

 

El presente año ofrece muchas cuestiones de relevancia, en lo institucional y que abarca a la sociedad en su conjunto se distingue el nutrido calendario electoral.

 

A nivel nacional, provincial y municipal se elegirán los miembros de Ejecutivos y Legislaturas, que ejercerán la representación popular en sus respectivas áreas de competencia. Hasta aquí no pareciera un dato resaltante, sino el “natural” curso y desarrollo de una democracia representativa y republicana.

 

Sin embargo, esa naturalización instalada tras 40 años consecutivos de una práctica cívica sin precedentes en nuestro país, es justamente lo que es preciso resaltar. Un largo ciclo institucional no exento de conflictos, por el contrario, en que se registraron una gran cantidad -algunos de suma gravedad- y que como sociedad supimos resolver para impedir aventuras disruptivas.

 

De eso se trata entonces, por un lado, celebrar esa continuidad con todo lo que representa, por otro, estar advertidos de ciertos fenómenos que opacan la vida democrática y, en consecuencia, valorar debidamente tanto las fortalezas como las debilidades que exhibe la democracia actual.

 

Proclamas falaces.

 

El abuso discursivo sin verdadera convicción en orden a términos como “libertad”, “república”, “seguridad jurídica”, “federalismo” y otros de esa índole, resulta -o debería resultar- evidente cuando se los pronuncian reiteradamente sin una práctica consecuente de quien los expresa.

 

Es más, cuando se actúa en abierta contradicción con esos postulados o se los vacía de todo contenido con consignismos que no resisten el menor análisis. Quizás sea esto último lo preocupante, confiar en que basta con elevar el tono de voz para pronunciarlos, en que no hace falta explicar con fundamentos serios el sentido que se les atribuye.

 

Máxime cuando se elude el debate de ideas, se menosprecia la inteligencia de los destinatarios de esas prédicas, se transgreden reglas básicas de convivencia democrática y con todo ello se degrada la política. Mal puede invocarse la libertad, ciñéndola a lo individual y sin atarla a la igualdad; ni “fe republicana”, bloqueando el funcionamiento del Congreso y alentando la sujeción de los Poderes del Estado surgidos del voto ciudadano a los manejos de un Poder Judicial endogámico que no responde al interés general; ni “seguridad jurídica”, cuando se respalda el crecimiento exponencial del rol de la Corte Suprema conformada por cuatro personas que lejos están de honrar y ceñirse a su misión específica; o de un “federalismo”, que cuando se viola no genera rechazos elementales.

 

¿Cuál es la alternativa?

 

El avance a nivel nacional que le asignan a Milei encuestas y consultoras que no se han destacado por sus aciertos, no se corresponde con los resultados obtenidos por fuerzas propias, asociadas o referenciadas a su Partido en las elecciones llevadas a cabo en varias provincias.

 

De todos modos, sería necio negar que su figura se ha instalado en diversos segmentos de la población, en particular en la franja juvenil.

 

Una rebeldía más virulenta contra el status quo es propia de la juventud tradicionalmente, aunque no deja de configurar un dato singular que esos cuestionamientos más extremos se asienten en “ideas” tan antiguas como conservadoras, con propuestas que atrasan claramente en materia de libertades y derechos sociales.

 

Esa virulencia, además, se manifiesta en violencias explícitas que promueven otras muchas con discursos cargados de odio y estigmatizaciones abiertamente antidemocráticas.

 

Desprovisto de cuadros ni contando con una estructura partidaria para conformar un gobierno nacional, como tampoco -por lo visto hasta ahora- de terminales propias consolidadas en las provincias, cuesta creer que una eventual victoria electoral pudiera garantizar la implementación de las políticas que propone y, por consiguiente, quedaría claramente sometido por lo que llama “la casta política” en la versión más afín a su ideario.

 

En ese contexto, sea por compromisos preelectorales o por derivación inexorable, sería el conglomerado reunido dentro o alrededor de Juntos por el Cambio con quien se termine fundiendo un Milei triunfante, mostrando una vez más la inconsistencia de sus diatribas y sus pensamientos fundamentalistas.

 

La síntesis de la alternativa ofrecida en este ciclo electoral podría formularse, como “más mercado y menos Estado”, cuyas consecuencias exceden largamente esa antinomia, en tanto suponen una concentración elitista afincada en la privatización de lo público y en una deconstrucción institucional en desmedro de una democracia social y participativa, con ostensible menoscabo de valores republicanos.

 

Una conclusión que no es meramente dogmática o retórica, sino fruto de una comprobación de los resultados históricamente verificados en nuestro país, tanto como de las conductas que asume la dirigencia opositora en la actualidad y los anuncios que realizan en sus campañas electorales acerca de lo que conciben como presupuestos de una Argentina con “orden y progreso”.

 

Explicaciones que no convencen.

 

Atribuir aquel declamado encantamiento juvenil al hecho de no haber vivido etapas emblemáticas, como la de los años ‘90 o las del estallido del año 2001 que fue su consecuencia, o la de los gobiernos de Néstor y Cristina en contraposición a esas políticas neoliberales, constituye una simplificación de cuestiones de mayor complejidad.

 

Por una parte, es insostenible que sólo las vivencias personales determinen las subjetividades y percepciones políticas, pues sería tanto como pensar que la formación de conciencia y convicciones ciudadanas en este campo resulten, exclusivamente, de las propias experiencias. Lo que llevaría a una imposibilidad de evaluar la Historia en sus diferentes períodos, que lógicamente no las puede abarcar el tiempo de vida de cada uno de nosotros.

 

Por otra parte, importaría una homogenización de tales adhesiones y una generalización de ese grupo etario, que tampoco se corresponde con la realidad.

 

Además, se dejaría fuera un aspecto trascendente, como es el paulatino alejamiento de la dirigencia política de la ciudadanía, en la que la juventud es un emergente notorio, que produce cada vez un mayor distanciamiento e interés por la política.

 

Las preocupaciones y demandas de la población no encuentran un cauce en la práctica política, en donde los internismos no traducen -en general- enfoques divergentes para la resolución de aquéllas sino la sola puja entre dirigentes.

 

La virtualidad favorecida por las redes y las nuevas formas remotas de interactuación personal poco ayudan a un acercamiento indispensable, que permita analizar el nivel de compromiso existencial que supone la constante pérdida de densidad institucional y el avance sin precedentes sobre los Poderes del Estado emergentes del voto popular.

 

Un futuro incierto.

 

El mercado es un espacio siempre gobernado por reglas, que pueden atender a intereses particulares o generales según a quien se confíe su regulación. Propender a un total abstencionismo del Estado en ese ámbito implica dejarlo sometido a la sola voluntad de los más poderosos, con la consiguiente prevalencia de sus negocios por encima de cualquier otra cuestión.

 

Desde esa perspectiva valores tales como equidad, redistribución de la riqueza, justicia social no están comprendidos entre lo prevalente, ni tampoco le atañen otros como desarrollo soberano e institucionalidad democrática y republicana.

 

De allí deviene la importancia de dirimir qué alternativa se condice con el sostenimiento de la democracia, para cuya vigencia es imprescindible un Estado fortalecido en lo institucional, apto para representar los intereses superiores de la Nación y del Pueblo en su conjunto, que cuente con el compromiso y respaldo de la ciudadanía.

 

En esa disyuntiva no puede prescindirse de la existencia de una ostensible puja y disputa de poder, en la cual no cabe neutralidad ni indiferencia porque el futuro de una Argentina democrática es el que está en juego. (Extractado de El Destape)

 

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