Sabado 02 de julio 2022

La guerra que no osa decir su nombre

Redacción 23/06/2022 - 13.49.hs

Lejanos están los tiempos caballerosos en los que los gobiernos se tomaban la molestia de declarar guerras mucho antes de movilizar sus tropas o disparar un sólo tiro.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Esta semana las fuerzas armadas rusas comunicaron la captura, en territorio ucraniano, de tres combatientes de nacionalidad norteamericana. Como técnicamente Rusia no está en guerra con EEUU, los capturados serán considerados combatientes irregulares, a los cuales -conforme la interpretación de Moscú- no les resultan aplicables las convenciones internacionales sobre el trato debido a los prisioneros de guerra. Qué consecuencias prácticas tendrá esta declaración resulta difícil de determinar en este momento. Lo que no está en duda es que los cerebros del Pentágono en Washington deben estar tramando alguna operación tipo Rambo para rescatar a esos camaradas caídos en desgracia.

 

Negativa.

 

Lo que no puede negarse es la coherencia de la postura rusa: si algo ha declarado el gobierno norteamericano desde el inicio del conflicto en Ucrania -más de tres meses atrás- es que ni EEUU ni la OTAN están en guerra con Rusia. Ésta, por su parte, tampoco le ha declarado la guerra a Ucrania, y califica a esa invasión como una "operación especial". Mientras tanto, más de cinco millones de ucranianos han partido al exilio, y los muertos en el conflicto superan los 14 mil. Si eso no es una guerra, se le parece bastante.

 

Lejanos están los tiempos caballerosos en los que los gobiernos se tomaban la molestia de declarar guerras mucho antes de movilizar sus tropas o disparar un sólo tiro. Hoy no sólo ha desaparecido la caballerosidad, sino que, además, el manejo de la palabra (y la información que ésta transmite) constituye una de las armas primordiales.

 

Cuando el presidente Biden manifestó, visitando Europa, que Putin "no puede permanecer en el poder", rápidamente debió recular y aclarar que no estaba proponiendo un cambio en el gobierno ruso. Pero con el correr de las semanas, la retórica se fue haciendo cada vez más agresiva, al punto que el secretario de Defensa Lloyd Austin confesó que el objetivo norteamericano en este conflicto era "debilitar" y hasta "desangrar" a Rusia.

 

Hechos.

 

De todos modos, no son las palabras, sino los hechos, los que determinan la existencia de conflictos bélicos. Y EEUU tiene una larga tradición de presidentes que, jurando respetar la paz en campaña electoral, fueron a la guerra ni bien tomaron el poder (Woodrow Wilson en 1916, Lyndon Johnson en 1965).

 

Según la periodista Bonnie Kristian, experta en relaciones internacionales, el problema es que en nuestros días la línea entre la paz y la guerra se ha vuelto cuanto menos confusa. A lo cual contribuye, por supuesto, la tecnología: hoy los drones y los ciberataques permiten cometer verdaderos actos de guerra sin necesidad de invadir el país atacado. "Desde los ataques del 11/9 nos encontramos en un estado de guerra perpetuo, con límites ambiguos tanto en la cronología, como en la geografía, y en los objetivos".

 

Como los límites son difusos, se permiten los disimulos. EEUU lleva décadas atacando objetivos de Al Kaeda y de los Talibanes en Pakistan, una potencia nuclear. De hecho, cuando el asesinato de Osama Bin Laden, en mayo de 2011, un verdadero operativo comando norteamericano invadió territorio soberano pakistaní desde Afganistán, matando decenas de personas. Otro tanto ocurre en Somalía, con los ataques al grupo fundamentalista Al Shabab, que llevan más de una década. O en Yemen, donde EEUU asiste efectivamente con logística y armamento a la coalición liderada por Arabia Saudita, que ha matado miles de civiles.

 

Ucrania.

 

Lo de Yemen se parece mucho a lo que está ocurriendo en Ucrania. Los propios funcionarios de EEUU reconocieron el mes pasado que su país ayudó a las tropas ucranianas a matar generales, y a atacar naves de guerra rusas, ayuda que consistió tanto en inteligencia satelital, como en logística, como en armamento sofisticado, como drones y artillería de última generación. Lo mismos que hizo Washington, cuarenta años atrás, para favorecer a su aliada Gran Bretaña en la Guerra de Malvinas, sin que se hable demasiado hoy aquellos verdaderos actos de guerra en contra de Argentina.

 

Si consideramos que el mes pasado el Congreso aprobó una ayuda de 40 mil millones de dólares para Ucrania, la mayor parte de lo cual irá a armamentos, y que se suma al armamento que ya había proporcionado antes, directamente o a través de la OTAN, resulta difícil negar la existencia de un conflicto directo.

 

Para completarla, la administración de Biden acaba de anunciar el envío de sistemas de misiles que teóricamente podrían servir para atacar a los rusos en su propio territorio, como los ucranianos ya han intentado en el curso de esta guerra.

 

Si la situación fuera en reversa, y los rusos estuvieran ayudando al asesinato de militares norteamericanos, o la destrucción de sus naves de guerra, no hay mayor duda de cómo se interpretaría esto desde Washington. Aunque, claro está, si fuera cierto que los hackers rusos que trabajaron abiertamente en favor de la elección de Trump en 2016 actuaban bajo la ejida del Kremlin, los rusos no se han quedado atrás, y le han asestado a su némesis un golpe mortal en las entrañas.

 

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