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La lógica de la empanada

Redacción 04/10/2026 - 00.22.hs

Si nos atenemos a los versitos que nos enseñaban en la escuela primaria, las empanadas (calientes, para las viejas sin dientes) estaban ya presentes en aquel día 25 de mayo fundacional de la Argentina. Si hasta bien mirado, el mapa del país parecería semejar la forma de una empanada, con la Cordillera de Los Andes a modo de repulgue que concluye, con elegante botón inferior, en Tierra del Fuego. Lástima que la comparación se arruine con esa nariz respingada que proporciona la provincia de Misiones.

 

Identidad.

 

Si es cierto, como dicen los ingleses, que "somos lo que comemos", la empanada entre nosotros ya es más una cuestión de identidad que de nutrición. Y vaya si hay conflictos y rivalidades entre provincias por ver quién las hace mejores. Hay viejitas encantadoras dispuestas a iniciar una escena de pugilato si les discuten que el repulgue debe tener dieciséis vueltas. Gente que protesta si les ponen papas o pasas de uva al relleno. Gente que dice gustar de las empanadas pero no del comino, que es algo así como pretender reescribir la Biblia prescindiendo del personaje de Jehová.

 

Como lo demuestra el menú de cualquier fiesta de cumpleaños, sólo las empanadas se mantienen como bastión nacional ante el avance globalista de la pizza, que no deja de ser una empanada que muestra sus entrañas, porque los tanos se olvidaron de doblar la masa. Nobleza obliga, también existen las empanadas "capresse", que parecen una pizza rellena con repulgue. Pero la verdad, al fin del día, es que más allá de la popularidad del jamón y queso, si no tienen carne, y en lo posible cortada a cuchillo, no nos llegan al corazón.

 

Y es que, revisando un párrafo anterior, no se trata sólo de quién las hace más ricas, sino de quién tiene la empanada verdadera, la auténtica. La empanada es una categoría existencial, un arquetipo diría Borges. Aún cuando, por la variedad hereje de rellenos, pueda terminar siendo un significante vacío.

 

Carroza.

 

Luis Brandoni, el actor argentino que nos dejó recientemente, no pasará a la posteridad por sus posturas políticas, sino por ser el protagonista del chiste más recordado con la empanada como tema central. Fue en "Esperando la Carroza", cuando su personaje, Antonio Musicardi, va a visitar a una hermana pobre, y al volver a su auto lujoso comenta con aire lastimoso que en la casa tenían sólo tres empanadas para comer dos personas... el chiste es que él mismo sube al auto con una de las tres, y procede a deglutirla como si tal cosa.

 

No deja de ser gracioso que Brandoni se refiriera a ese personaje suyo como "entrañable", cuando en realidad Antonio era un nuevo rico con vínculos mafiosos, y que respondía por donde se lo mire al concepto de "mala persona" (quienes lo conocían de cerca afirman que el actor no debió esforzarse demasiado para dar ese perfil). Para él la pobreza no es un problema mientras sea "digna", y de última, "hay una sola cosa que se puede hacer por esa gente: no pensar".

 

Una comedia antológica, de la que hay cientos de personas que pueden citar varios extractos del guión sin dejar de reírse como la primera vez (¿qué duda cabeeee?), ha producido ese meme inmortal, el del bigotudo Brandoni con cara de ternero mal lamido, con una mano sosteniendo la empanada y la otra haciendo el número tres. Un verdadero ícono, que no va a tardar en generar un culto a su alrededor.

 

Vacío.

 

Otro actor famoso, Ricardo Darín, fue titular de todos los medios el año pasado, cuando durante un programa de TV, para graficar la gravedad de la crisis económica por la que (otra vez) atraviesa el país, reveló que en su barrio un kilo de empanadas se vendía a 48 mil pesos. Después se supo que, en realidad, el local donde él las compraba es algo así como una rotisería boutique, y que las empanadas en cuestión tenían un relleno de vacío (corte premium si los hay) y queso provolone. Tentadoras.

 

La noticia en realidad está desactualizada: hace poco se dio a conocer que esas mismas empanadas ahora se venden a la friolera suma de 75 mil pesos la docena, más o menos el mismo dinero con que algunos jubilados argentinos cuentan para comer un mes entero.

 

Cuesta un poco compadecerse del pobre Darín, que se entretiene en esos gustos gastronómicos caros y hace alarde de ellos. Un fenómeno que, desde luego, sólo puede darse en esa ciudad capital que, con las empanadas como con todo el resto de la riqueza cultural y natural del país, las toman del interior y las transforman en negocio propio.

 

La anécdota sirve, una vez más, para revelar la centralidad de la empanada en el imaginario popular argentino. Y no le extrañe al lector que ese episodio resulte ser, cuando se cuente la historia el día de mañana, el primer indicador del fracaso del actual gobierno nacional. Y es que, parafraseando a uno de sus funcionarios saltimbanquis, con la empanada no se jode.

 

PETRONIO

 

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