Palabras como una advertencia
La megalomanía -explícita- del presidente Javier Milei, manifiesta desde los primeros tiempos cuando asumió la presidencia, alcanzó tal grado que llegó a ignorar y hasta despreciar las opiniones que no coincidían con la suya. Esa postura, alimentada en gran parte por los turiferarios que lo rodean (recuérdese que llegó a considerarse un posible acreedor del Premio Nobel de Economía...) lo ha llevado a hacer oídos sordos a una institución que, quieras que no, tiene un peso muy considerable en la Argentina: la Iglesia Católica. La persistencia de una egolatría a todas luces imprudente en quien tiene un alto cargo político, hizo que no advirtiera en absoluto los cuestionamientos –inicialmente moderados- que partían del sector, tanto de un nivel inferior, como el de los ‘Curas en opción por los pobres’, como el de los estratos más altos del episcopado olvidando, al parecer, sus tremendas opiniones previas a la elección, cuando se refirió al Papa como un representante del Diablo en la tierra.
Posiblemente no sean ajenas a esa postura preventiva de la Iglesia la explícita adhesión del mandatario al judaísmo, -en su pleno derecho pero insólito en los presidentes del país- y las torpes manifestaciones de acercamiento para con algunas iglesias protestantes, de sospechosa índole. Las opiniones católicas fueron creciendo en entidad, siempre sin ser tenidas en cuenta, hasta las recientes conmemoraciones de San Cayetano y sus grandes manifestaciones populares, cuando las palabras del arzobispo de Buenos Aires fueron una bofetada a las políticas presidenciales.
Dos de las máximas autoridades eclesiásticas del país fueron terminantes en sus alocuciones. Frente al concepto del mandatario, metido a honduras teleológicas, de que “La justicia social es un robo, porque significa sacarle a uno por la fuerza el fruto de su trabajo para dárselo a otro. Eso viola el derecho de propiedad y el precepto de ‘no robarás’ ”, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina dijo con absoluta claridad que el Estado “debe ocuparse de su gente, no desentenderse y suplir aquello a lo que las personas no pueden acceder”, mientras que el arzobispo de Mendoza, con una síntesis rotunda, expresó que “la fe se vive con un ‘oído en el Evangelio y otro en el pueblo” y recordó, de paso al mártir Enrique Angeleli, asesinado por la dictadura militar cincuenta años atrás.
Para un mandatario que, después de las recientes derrotas políticas en el Parlamento y con las encuestas a las que tanto atiende dándole cada vez más en baja, las palabras de los representantes de la Iglesia son como una bofetada y contribuyen a la crisis que, según las noticias, lo ha llevado a una fuerte depresión, recluyéndose en la residencia de Olivos y, de hecho, delegando el Poder Ejecutivo en quien el periodismo político ha comenzado a llamar con ironía “la hermanísima”.
Por cierto que Milei, amparado en su dudosa mayoría eleccionaria, nunca ha sido cuidadoso de sus palabras ni siquiera al considerar la Doctrina Social de la Iglesia, que despreció en su contendido. El Episcopado ha sido terminante al hablar de “este triste y grave fenómeno de desprestigio y desvalorización -por momentos descarado- de la justicia social, principio político y ético que, como sabemos, busca garantizar la igualdad de oportunidades, la equidad en la distribución de los bienes y el acceso pleno a los derechos humanos (…)”. Esas palabras suenan como una advertencia y un obstáculo no menor a la anunciada y próxima visita al país del Papa León XIV.
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