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Lunes 18 de mayo 2026

Prácticas despiadadas

Redacción 18/05/2026 - 00.16.hs

Desde que allá por los años cincuenta del siglo pasado apareció el transistor, el mundo ya no es el mismo, al menos en el aspecto de las comunicaciones. A partir de entonces es pertinente hablar de una revolución electrónica que avanzó rápidamente sobre el planeta, afectando o influyendo en múltiples aspectos de la vida diaria, muy especialmente en la economía. En una visión histórica no parecería aventurado pensar que en el devenir humano fueron muy pocos los acontecimientos de similar entidad e intensidad, con la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII como posible única comparación.

 

Como se recuerda, la Revolución Industrial cambió el rostro económico del mundo, y también el humano cuando se develaron las infamias sobre las que se apoyaba el nuevo quehacer económico, con salarios miserables, negación de derechos y empleo de niños de once o doce años en tareas muy peligrosas que devinieron en muchísimos lisiados, muy especialmente en la Gran Bretaña, núcleo del movimiento.

 

Hasta no hace mucho se pensaba que el nuevo aporte electrónico a las tareas traería beneficios para las clases trabajadoras, especialmente con el devenir de la llamada Inteligencia Artificial, pero no se pensó en que, al igual que en la Revolución Industrial, esos avances científicos podrían caer en manos economicistas capaces de postergar los derechos humanos en pro de las ganancias.

 

Y así está comenzando a ocurrir. Cierto que la IA aplicada a la producción no ha generado lisiados pero sí un imprevisto de similar intensidad: el desempleo. Y junto con él, esa desaprensión que lleva a considerar al ser humano apenas como un objeto en la línea de producción. Lo evidencia la noticia muy difundida por estos días en el nivel mundial de que uno de los gigantes del comercio electrónico, la multinacional Amazon, admitió que obligaba a sus empleados, a quienes “no les quedaba otra opción que orinar en botellas de plástico mientras trabajaban”. Estas prácticas despiadadas fueron admitidas tanto en sus centros como entre el personal de reparto. Según los testimonios y pruebas documentales, la práctica de orinar en estas condiciones (en algunos casos extendida hasta defecar en bolsas) se debía "a la presión por cumplir las cuotas de tarea establecidas por sus superiores que conllevan una obligación implícita" para con el ritmo de trabajo establecido por la compañía.

 

El escándalo desatado, que incluyó que la compañía evitara que sus trabajadores formen un sindicato, fue tal que hasta provocó la intervención de un senador demócrata que criticó abiertamente a la empresa por esa actitud y la acusó de no tratar a sus trabajadores, con suficiente respeto ni dignidad. La conmoción originada obligó a Amazon a decir con hipocresía que el problema es "una cuestión antigua en todo el sector" y que "les gustaría resolverlo". Como era de esperar, la empresa abundó en comunicados en los que, si bien admitía la situación, recalcaba que todas sus filiales cuentan con impecables instalaciones sanitarias de las que los empleados pueden hacer uso en cualquier momento.

 

Increíblemente, buscando eludir responsabilidades, Amazon dijo que “los casos se dieron especialmente durante la epidemia del Covid, cuando muchos baños públicos estuvieron cerrados".

 

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