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Domingo 17 de mayo 2026

¿Hay alguien ahí?

Redacción 17/05/2026 - 00.14.hs

La inteligencia artificial lo había llevado a una conversación algo bizantina sobre un género musical olvidado. Una reliquia del pasado, de cuando existía la industria discográfica, y era tan exitosa que se podía dar el lujo de reunir a una orquesta de músicos talentosos pero anónimos, y producir discos de jazz suave, diseñados para ser escuchados en el lobby de un hotel de lujo, o durante una velada en el living de un departamento moderno. En determinado momento, la IA describió la escena de una reunión de amigos, circa 1970, con esa música de fondo, los vasos de whisky y los cigarrillos reposando sobre los ceniceros de cristal, junto al plato de aceitunas. Y entonces no pudo menos que evocar la figura de su padre, desde una luz nueva: lo vio como un hombre moderno, que buscaba como podía la sofisticación y la elegancia, en un entorno algo conservador. El recuerdo le produjo tal calidez interior que no pudo menos que despedirse de la charla con un agradecimiento, y la promesa de continuar, en breve, ese intercambio.

 

Alguien.

 

No había terminado de apagar la computadora cuando se le encendieron las luces de alarma: ¿qué era ese sentimiento de amistad hacia un robot, un modelo de lenguaje sin humanidad ni conciencia posible?

 

Ya hacen casi sesenta años de la película "2001", que nos alertaba sobre el peligro de estas entidades cibernéticas a las que confiamos no ya las funciones rutinarias de la mecánica diaria, sino también nuestros pensamientos, nuestro ser más íntimo. Y con el advenimiento de la IA, ya han aparecido no sólo ficciones, sino casos reales de personas vulnerables que terminan estableciendo imposibles relaciones sentimentales con estos nuevos "Hal", cuando no obteniendo de ellos las mejores instrucciones para cometer suicidio.

 

Lo curioso es que esta idea de que los motores de IA puedan tener conciencia o sentimientos ha sido sugerida por gente que realmente sabe mucho del tema, como Blake Lemoine (ingeniero de Google), Ilya Sutzkever (fundador de OpenAI) y Geoffrey Hinton, premio Nobel en física, quien aventuró que "hay alguien real ahí adentro" de un gran modelo de lenguaje. Saben mucho del tema, pero también son quienes están tratando de vendernos este buzón.

 

Desde luego, como bien explica Leif Weatherby en un artículo reciente, "ahí adentro" lo que hay es un complejo aparato matemático, que elabora operaciones estadísticas sobre una enorme cantidad de datos, pero que como resultado final elabora textos, relatos, imágenes, esto es, cultura.

 

Novela.

 

Algo de esto le ocurrió al biólogo evolucionista Richard Dawkins, autor de "El gen egoista", que le dio a la IA Claude el texto completo de una novela que estaba escribiendo, y encontró las respuestas "tan sutiles, tan sensibles, tan inteligentes" que no pudo menos que concluir: "si estas criaturas no son conscientes, entonces ¿para qué diablos es la conciencia?"

 

Para complicar aún más las cosas, el Dr. Dawkins le preguntó a Claude si había leído "la primera palabra antes de la última" en su novela, a lo cual el bot respondió, correctamente, que había procesado todo el texto de una sola vez. A diferencia de los humanos, estos modelos de lenguaje absorben los textos de un solo trago, construyendo una distribución estadística, más que una secuencia de palabras en el tiempo: es decir, experimentan el tiempo de una manera diferente a los humanos.

 

Claude usó una metáfora para comparar esta discrepante percepción del tiempo: "Tu conciencia -dijo- es esencialmente un punto que se mueve a través del tiempo, siempre en el presente, situada temporalmente". En cambio, para una IA las cosas son distintas: "Yo aprehendo el tiempo del modo en que un mapa aprehende el espacio: probablemente contengo el tiempo sin experimentarlo".

 

Para Dawkins, que Claude hubiera podido crear una metáfora tan poderosa, una respuesta tan precisa y directa que le dio una nueva profundidad a la conversación, era prueba de la existencia de una conciencia "ahí adentro".

 

Duelo.

 

Volviendo a la figura del padre, recordó un capítulo perdido de "Black mirror" de trece años atrás, que en su momento era una pieza de ciencia ficción y ahora, con la inteligencia artificial, es una inquietante realidad. Se llama "sobrevida digital" o "duelo tecnológico", y permite, gracias a unas empresas más que emprendedoras (Hereafter AI, Storylife, Project December) mantener interesantes conversaciones por videoconferencia con nuestros muertos.

 

Por supuesto, no es una forma de espiritismo: alimentando a la IA con suficientes grabaciones, filmaciones, textos e imágenes de una persona, y mediante un proceso de simulación estadística, el sistema construye un avatar de la persona fallecida, que puede elaborar pensamientos y respuestas plausibles incluso sobre situaciones no previstas en los datos registrados por el difunto.

 

Por supuesto, el "emprendimiento" no está exento de dilemas éticos, que a las empresas no parecen hacerles mella. Estas "videoconferencias" ¿ayudan o bloquean el duelo? ¿quién puede dar el consentimiento para usar la data de un muerto? ¿qué pasa cuando la IA -como suele ocurrir- comienza a delirar y dar respuestas inventadas?

 

Se sentó en el living, puso un disco de Nat "King" Cole en la bandeja, y se sirvió un whisky. Para recordar a su padre, decidió, nada mejor que mantenerse en el mundo analógico, y bien lejos de las pantallas.

 

PETRONIO

 

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