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Sumisión y complicidad

Redacción 08/07/2026 - 00.42.hs

Fútbol, pasión de multitudes, es un lugar común que se viene empleando en el periodismo desde hace muchos años, impuesto acaso por la recordada revista El Gráfico, de obligada consulta por entonces. Pero, ya se sabe, que donde hay multitudes hay negocios y así ha ocurrido en forma creciente con los campeonatos mundiales de ese deporte, especialmente desde el advenimiento de la televisión y los jugosos derechos que paga a la Federación Internacional de Fútbol. Claro que también donde hay negocios no tarda en aparecer la política, especialmente cuando está dirigida por una concepción capitalista cuyo principal –o único— norte es la ganancia.

 

Lo anterior vale por una observación neutral del certamen organizado por los tres países de la América del Norte, Canadá, Estados Unidos y México, ya más cercano a su finalización y con una notable decepción de esos países al ser eliminados más o menos tempranamente, muy especialmente México, motivado por la curiosa actuación de un periodismo nada neutral en sus comentarios. El certamen tuvo mucho del show del que tanto gusta la cultura moderna, incluidas actuaciones estelares en sus inicios y una particularidad que ha sido muy discutida: la interrupción de los encuentros, una en cada tiempo, para que los jugadores puedan rehidratarse. Dada la ubicación en el tiempo de juego y dados los altísimos costos en dólares que implican los avisos publicitarios en esa ubicación, los desconfiados de siempre se preguntan si no se tratará más bien de una hidratación de las arcas de la FIFA.

 

La cabeza de todo el sistema empresario en que se ha trasformado el fútbol mundial está ahora a cargo de Gianni Infantino, un suizo-italiano lúcido, previsor y poco escrupuloso en lo suyo, antiguo conocido de los argentinos desde cuando, finalizado el mandato presidencial, le dio a Mauricio Macri uno de esos cargos misteriosos que también tienen un sueldo.

 

Ahora el quehacer deportivo y empresarial de Infantino ha tocado cumbres de sumisión y quehacer acomodaticio. Para ello ha contado, cómo no, con la abierta complicidad –presión más bien— del presidente Donald Trump quien, contraviniendo precisos reglamentos de la FIFA que prescriben negativamente cualquier participación política, influyó abiertamente para que se anulara la penalización que impone la tarjeta roja --expulsión-- al goleador del equipo estadounidense. Al comunicado en el sitio oficial de Internet por parte de la Casa Blanca, se agregó una muy desatinada imagen entre Trump e Infantino en la que el titular de la FIFA asiente con sonrisa complacida a la abierta intromisión presidencial que se permite desechar la tarjeta roja, tirándola sobre un escritorio en forma despectiva. Complementaria a su acción, expresa haber sido un buen atleta y conocer sobradamente del tema como para justificar su descalificación. En definitiva: que por la abierta influencia del Presidente el goleador estadounidense sancionado pudo jugar en el partido que su seleccionado perdió por goleada ante Bélgica.

 

Es fácil advertir la megalomanía trumpista y su autoadjudicación de dueño del mundo (pese a sus recientes derrotas políticas) junto con el cipayismo complaciente de Infantino. También que, por varias causas distintas pero

 

coincidentes en el fondo, se va desgastando aquella “pasión de multitudes” aludida.

 

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