Total normalidad
El vacío existencial, decía Viktor Frankl, el neurólogo y siquiatra sobreviviente del Holocausto, suele estar en el origen de la violencia. Los actos violentos, decía quien padeció cuatro campos de concentración y vio morir allí a toda su familia incluida su mujer y su hijo, emergen como una conducta neurótica que busca llenar ese vacío.
Algo de esa sustitución del vacío con violencia, creyeron vivir no pocos argentinos el lunes al presenciar el penoso espectáculo de un presidente que intentó llenar la vacuidad de su discurso con una especie de neurosis violenta de la que hizo gala.
Ante la carencia de siquiera un anuncio que mitigue la zozobra y la precariedad económica que avanza cada vez más sobre amplios sectores del país, de la destrucción de empresas centenarias, del aumento de la mortalidad infantil y de una economía que solo da señales de vida en los sectores extractivos y financieros, protagonizó un vergonzoso show de violencia verbal hacia la oposición a la que provocó una y otra vez para justificar sus exabruptos.
No fue un arrebato. La inusitada violencia verbal fue a todas luces una estudiada forma de darle a sus partidarios, si no anuncios que mitiguen los padecimientos económicos, sí algo de show que necesitan para seguir creyendo en que vale la pena seguir por este camino.
El odio fue una herramienta de cohesión de los suyos ante la ausencia de siquiera un logro que permita a los no fanáticos seguir creyendo que hay detrás de la reforma laboral, de la entrega de la riqueza, de la destrucción del empleo y de la multiplicación de los planes (en su gestión aumento treinta veces los que dejó CFK, pasaron de 280 mil a 6,4 millones), algo que avizore un futuro mejor.
Pero no fue solo la sustitución del vacío de medidas a favor de la gente con el odio como herramienta de cohesión política lo que fue evidente en la pieza oratoria.
Fue mucho más lejos, aunque los medios luego se hicieron los que no escucharon esa parte. Porque en el paroxismo de su actuación, el presidente no dudó en pararse ante el congreso con aires de dictador y anticipar, sin vergüenza, que la líder de la oposición será condenada y seguirá presa en las mediáticas causas armadas denominadas “Cuadernos” y la más insólita del “Memorándum con Irán”.
Lo hizo ante los tres miembros de la Corte (se los pudo ver complacidos con la narcodiputada libertaria que se acercó a saludarlos) que presenciaban al presidente arrogarse funciones judiciales como si no se tratara de una violación flagrante del texto constitucional.
No hay antecedentes que haya sucedido algo parecido en ninguna de las veces que los presidentes inauguraron los períodos de sesiones del Congreso de la Nación desde la recuperación democrática, ni aún antes.
Ni siquiera los gobernantes de facto se animaron a expresar su discurso de la forma en que se vivió este lunes.
Todo bajo la indulgente y cómplice cobertura de los llamados medios grandes, que naturalizaron la conducta del presidente y la presentaron a sus lectores, televidentes y likeadores, como un rasgo pintoresco, camuflando la gravedad institucional que encierra.
Solo faltó que titularan “Total normalidad en el discurso presidencial”.
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