Sabado 28 de mayo 2022

Un destino sudamericano

Redacción 15/05/2022 - 00.13.hs

Justo cuando parecía que no podía caer más bajo, el visitante frecuente Mario Vargas Llosa acaba de despacharse con una declaración de esas que provocan escalofríos, si no directamente vergüenza ajena. Preguntado por el "periodismo" local, el hombre manifestó que, en la próxima contienda electoral brasileña, él prefiere a Bolsonaro, antes que a Lula. Vale decir, antes que apoyar al humanista, al filántropo que sacó a 20 millones de brasileños de la pobreza, el Premio Nobel prefiere bancar al fascista acusado de genocidio por su criminal manejo de la pandemia, y por su política de exterminio de los pueblos originarios en el Amazonas. Para él, esos crímenes son "payasadas".

 

Biografía.

 

Cuando alguien se decida a escribir una biografía bien hecha de este personaje -como, por ejemplo, la que hizo Anthony Burgess sobre Ernest Hemingway- habrá que anotarse en fila para leerla, ya que se trata, sin lugar a dudas, de uno de los personajes más complejos de nuestro tiempo.

 

Muchos comentaristas se maravillan de que, con sus posturas políticas, VL escriba tan bien. En realidad, aunque la buena escritura es un oficio raro en nuestros días, como lo es el encantamiento de serpientes, ambas habilidades pueden ser adquiridas, incluso dominadas, con disciplina y dedicación.

 

Lo que extraña en este escritor peruano no es su solvencia con la prosa: es su extraordinaria profundidad para adentrarse en el alma humana. La proeza de Don Mario ha sido la de simular toda su vida ser un humanista, alguien para quien nada de lo humano es ajeno. Y está claro que es una simulación: cuando revela su verdadero ideario, esto es, un conservadurismo lindante con el fascismo, está claro que lo suyo no es el amor por la raza humana. Porque esos idearios derechosos sólo pueden provenir del miedo y del odio al otro (sentimientos que los griegos sintetizaron en la maravillosa palabra "fobia").

 

Ppretender.

 

Esa falsedad del simulador no puede sino estar presente en casi toda su vida pública. Por ejemplo, cuando el escribidor peruano dice defender a la democracia, en realidad está defecando sobre ella. Así fue como en las elecciones norteamericanas del año 2000 él aplaudió que la Corte Suprema convalidara el fraude masivo registrado en el estado de Florida, que llevó a la presidencia al George Bush II, con las desastrosas consecuencias que ello tuvo para la humanidad.

 

En el caso de Brasil, mientras sirva para desalojar del poder a cualquier candidato más o menos rojillo, no le importa apoyar a un fascista declarado, que no sólo reivindica la sangrienta dictadura militar que enlutó a su país entre 1964 y 1985: hasta reivindica la tortura. Es más: cuando votó por la destitución de Dilma Roussef, sus fundamentos consistieron en homenajear al militar que la torturó en su detención clandestina. ¿Se puede ser más canalla?

 

Y no es que Vargas Llosa ignore la historia política brasileña. De hecho, acaso su mejor obra, "La guerra del fin del mundo", transcurre en el Norteste brasileño, durante la llamada "Guerra de Canudos". En esa monumental novela, el autor se entretiene ridiculizando a las fuerzas oscurantistas católicas, que promovieron una verdadera guerra en Brasil contra la adopción del sistema métrico decimal. Una irracionalidad muy cercana a la del milico frustrado de Bolsonaro.

 

Trauma.

 

¿Cómo fue que este escritor brillante abandonó los ideales socialistas de su juventud, para prestar su prosa a la más abyecta derecha internacional? Muchos dicen que fue por dinero, y a no dudarlo, cada uno de esos editoriales en El País, cada una de esas apariciones con Mauricio Macri, se deben reflejar en acreditaciones bancarias.

 

Pero lo más probable es que la cuestión sea más profunda. Hay algún trauma en esta historia de vida, que nos arruinó al caballero limeño de fina estampa. ¿Habrá sido en aquel liceo militar? ¿Habrá sido aquel primer amor incestuoso con una tía? ¿O habrá sido, como muchos malician, algo relativo a la relación de Gabriel García Marquez con la esposa de VL, que terminó en una proverbial escena de pugilato (anche divorcio ideológico) entre los dos futuros Premio Nobel en Literatura?

 

Quizá el interés por el amor que develan sus novelas, no sea tan simulado (dicho sea de paso, a medida que pasan los años, el peruano se interesa cada vez más por el sexo).

 

A lo mejor el problema es que Mario Vargas Llosa no se siente amado, y por eso se pone malito. Como cuando el pueblo peruano, al que le había hecho el favor de postularse como presidente, desdeñó su doble apellido y terminó optando por el japonés Fujimori, otro genocida. Ese fue el más sonoro puntapié en el poto que se haya escuchado por estos lares: el íntimo cuchillo que le señaló a Don Mario su destino sudamericano.

 

Y sí. Debe ser. Aquel episodio serviría también para explicar el desprecio (real, no declamado) que nuestro personaje siente por la democracia.

 

PETRONIO

 

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