Un ejemplo para imitar
Imposible soslayar periodísticamente el mundial de fútbol. Entre nosotros, los argentinos, tanto por la destacadísima actuación de nuestro equipo (reconocida por todo el mundo) como por la evidente necesidad de nuestro pueblo de tener una alegría colectiva, fundada en un sentimiento popular compartido e inspirado en el que le dio cohesión a la “Scaloneta”. Y no hay exageración en este concepto que muestra a un pueblo harto de mentiras y proponiéndose una meta avanzada. Tanto que el arzobispo de Buenos Aires no pudo sustraerse a poner esa cohesión futbolística como ejemplo a imitar por las necesidades del país.
Como contrapartida, al repasar los comentarios de la prensa mundial sobre la actuación del equipo argentino sorprende, y hasta se diría que asombra, la tirria que demuestra una parte del periodismo mexicano, empeñado en denostar la actuación de nuestro equipo. También para con los sudamericanos, como estimándose separados del subcontinente, con quien lo une la historia, la cultura y el idioma. Quizás motivados por la rabia que les ofrece una estadística francamente desfavorable, llegan a usar la palabra “odio”, un término muy fuerte e inapropiado.
Como era de esperar la reacción del oficialismo en sus más altos niveles ha ido desde lo inapropiado a lo francamente grosero; desde la ministra de Seguridad que restó importancia “al mapita de Malvinas” y se identificó con la prohibición de FIFA (cuando el silencio hubiera sido lo más prudente) hasta el Presidente, que finalizó su comunicación en las redes sociales con las claras e identificables letras iniciales de un insulto, incomprensible por parte de su magistratura. Esas posturas recuerdan a las del gobierno macrista luciendo un mapa sin las islas, la de Bullrich ofreciendo cambiar las islas por vacunas durante la epidemia de Covid, y las del propio Milei apoyando la decisión de los kelpers o prohibiendo la entrada a un acto oficial a los veteranos de la Guerra de Malvinas.
Puede que sea discutible la resolución de la FIFA de no permitir la exhibición de emblemas de índole política en los estadios, aunque es imposible dejar de lado la propia actitud de la institución al aceptar la intromisión del presidente Trump para anular la sanción impuesta a un jugador norteamericano.
Por otra parte, los memes, esas manifestaciones del humor que se han popularizado a través de la red (y que a menudo son intrascendentes), en ocasión del partido tuvieron manifestaciones que van de lo francamente gracioso a lo conmovedor, ayudados ahora por la inteligencia artificial. Messi –el jugador más grande de la historia, según califica la mayoría de la prensa mundial- es el protagonista de varios de ellos, tales los que lo muestran paseando en cochecito de bebé a las demás estrellas extranjeras, en el que aparece bailando un tango con una femeninamente codificada Copa Mundial de Fútbol y -el más conmovedor- donde aparece junto a Diego Maradona, quien le entrega un estuche en cuyo fondo está una depurada imagen de las Islas Malvinas.
También las crónicas de los últimos días registran una curiosidad: se multiplican en todos los medios del país las informaciones sobre otros enfrentamientos entre las selecciones futbolísticas de Argentina e Inglaterra. Sin embargo nadie parece recordar aquella de 1953, cuando Ernesto Grillo, por entonces acaso un escalón por debajo de Maradona o Messi, le convirtió a los ingleses el llamado “gol imposible”.
Por lo dicho aparece como una actitud francamente elogiable -heroica si se quiere- la de los jugadores argentinos al reivindicar en carteles visibles con inscripciones a todas luces la condición argentina de las Islas Malvinas. Esa actitud crece en su ponderación si se considera que los protagonistas, todos profesionales con altas remuneraciones, la adoptaron per se, desafiando a la FIFA y motivados por algo que se conoce como patriotismo, algo que pocos gobernantes pueden lucir.
Pero si hay algo que asombra francamente con el quehacer y triunfo futbolístico argentino es la identificación de los habitantes de Bangladesh. En ese país ubicado en el sur de Asia, la pasión por la camiseta albiceleste desafía cualquier lógica de fronteras, transformando cada partido en una verdadera fiesta nacional. Las imágenes de los festejos populares si no se sabe de dónde provienen, se diría que corresponden a nuestro país, y sin embargo ocurren a más de 15.000 kilómetros de distancia, en lo que durante más de trescientos años fuera una colonia inglesa, una dominación que dejó sus rasgos, y por cierto que nada positivos. Y no se trata de una nación pequeña, con similitudes con la cultura nacional: Bangladesh cuenta con una historia milenaria y 176 millones de habitantes, el cuádruple de la población argentina. Al decir de una de las crónicas que glosaban esas manifestaciones, “el fútbol tiene misterios que la geografía no puede explicar, pero la historia sí”.
También genera sorpresa la singularidad de lo subido por el presidente Milei a las redes sociales. En esos sitios de internet hizo saber que si el equipo nacional llegaba a ganar el campeonato del mundo “les cedería la Casa Rosada” para el festejo quedándose, es de suponer, en la residencia de Olivos. Parece evidente que Milei abre el paraguas ante la posibilidad de una manifestación netamente contraria a su gobierno y a su persona ante una posible multitud. Seguramente alguien debe haberle contado de la monumental silbatina que se llevó Videla -por entonces presidente de facto- cuando se disputó el mundial de 1978, en el estadio de River Plate.
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