Un final inesperado
La guerra a la que tan livianamente se dejó arrastrar el presidente de los Estados Unidos, con el acicate de Israel, ha tenido un final de lo más inesperado en el que han habido serios roces entre ambos aliados. Ha debilitado en mucho el apoyo político al Presidente y causado desconcierto en buena parte del planeta. Así, aquel hombre que había prometido ocupar Irán en una semana o poco más y que, posteriormente, amenazó con hacer “que desapareciera una civilización en una jornada” se ha visto obligado a un acuerdo que se parece mucho a una capitulación, ya que cede a las fundamentales condiciones iraníes (estrecho de Ormuz, reparaciones de guerra, discutibles inspecciones en cuanto al desarrollo nuclear) y fuertes roces con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, denigrado por todo el planeta por el genocidio que lleva adelante en Palestina. Además, no todos los integrantes de la OTAN, caso de España, accedieron a ceder sus territorios para acciones de guerra, lo que provocó las iras trumpistas a las que, como le es habitual, se agregó el agravio en términos francamente ofensivos.
Lo de la capitulación no es una opinión cualquiera; arranca nada menos que del New York Times, que no dudó en calificar el acuerdo alcanzado con Irán como una derrota. Esa apreciación provocó las los enojos de Trump, repudiado por amplios sectores de su país desde que un misil norteamericano impactó en un colegio de Teherán y mató a casi dos centenares de niñas. Ese acto fue calificado por el Presidente diciendo algo así como que “son cosas que pasan", restando importancia a un acto de guerra hasta hoy sin justificación alguna.
Es que las apreciaciones del ejército estadounidense en cuanto al poderío bélico iraní estuvieron lejos de ser correctas y ni siquiera tuvieron en cuenta que se trataba de una nación que hacía al menos dos décadas que se preparaba para un eventual enfrentamiento. Ahora -dicen los politólogos- “Irán es mucho más fuerte hoy que hace solo 40 días y su resiliencia frente a la guerra lanzada en su contra por Estados Unidos e Israel está cambiando el equilibrio del poder global y lo está convirtiendo en una potencia mundial ubicada al lado de China y Rusia” y con una ubicación estratégica en la geopolítica mundial.
Lo evidente es que el hombre que había prometido “hacer nuevamente grande a los Estados Unidos”, según promovía en su campaña electoral, que amenazaba con anexar Canadá e Islandia y hasta el mismo México y que llegó hasta un ridículo cambio de la toponimia geográfica, se enfrenta ahora con un significativo (para los Estados Unidos) crecimiento de la inflación, con posible aumento de las tasas de interés y marcada disminución en las encuestas sobre su persona. Además, las bolsas del mundo, comenzando por Wall Street, también le han hecho sentir su desconfianza.
Los vaivenes sobre el cierre del Estrecho de Ormuz -esencial al paso del petróleo para buena parte del mundo- han hecho tambalear los precios en varios aspectos y hasta los pertinentes organismos de las Naciones Unidas (una institución que Trump desprecia y de la que ha retirado algunos de los integrantes de su país) han advertido de la posibilidad de una crisis alimentaria mundial causada por el efecto dominó del incremento de los precios del petróleo. De hecho, las pólizas y fletes marítimos han tenido incrementos cercanos al mil por ciento.
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